Por otro lado, las autoridades de los órganos de cultura tienen un deber adicional con la ciudadanía: proteger a los débiles, a los lectores que miran con respeto a la autoridad moral y social que se desprende de la autoría, defenderlos de la posibilidad del engaño, de las faltas al pacto de confianza entre autor y lector, defender a una persona de la apropiación injusta de ideas que originalmente pertenecían a otro ciudadano.
La crítica ha hecho su trabajo en esto, ha establecido márgenes de tolerancia cero a las conductas de plagio, las cuales habrá que extender a otras prácticas inaceptables, como la de contratar “ghost writers”, colaboradores pagados que escriben o investigan, sin crédito, lo que otros firman.
La discusión pública sobre el tema ha sido rica, y distintos puntos de vista se han expresado en varios medios impresos e internet. No son muchos los textos publicados defendiendo al entrega del premio a Bryce Echenique, pero sí los hay y centran su argumentación en la distinción entre la obra literaria de un autor y su obra periodística.
Son muchas las lecciones que se pueden extraer de lo acontecido hasta hoy con el Premio FIL 2012. En primer lugar, las autoridades correspondientes y la comunidad cultural mexicana deben emprender lo antes posible el camino que lleve a terminar de una vez por todas con las anomalías que caracterizan la integración de los jurados literarios en nuestro país.
Ahora, de espaldas al medio cultural –cuyo malestar encuentran, sin embargo, “respetable”–, el jurado y los organizadores adoptan la decisión de adelantar la entrega del premio: de entregarle a Bryce el galardón a escondidas, en su propia casa, para evitar que el día de inauguración de la feria pudiera convertirse en una fecha que hiciera visibles las protestas.
Ante asuntos tan significativos que involucran las esferas de la creación, la ética profesional y las políticas culturales es bienvenido el debate abierto y la diversidad de puntos de vista. Desgraciadamente, las teorías de la conspiración y las simplificaciones que predominan en esta carta ayudan poco a la riqueza de la discusión.
Todo lo anterior me lleva al título de estas líneas. No se necesita ser un “inquisidor”, un “verdugo” o un “cruzado moral” para darse cuenta que el Premio FIL 2012 debe ser reconsiderado. Ni yo, ni los otros once colegas firmantes, nos rasgamos las vestiduras, ni nada parecido. Simple y sencillamente pensamos que como académicos y como ciudadanos nos atañe que se pretendan pasar por alto valores que no sólo nos parecen importantes, sino imprescindibles para el buen funcionamiento, no solamente de una universidad, sino de la sociedad en su conjunto
En conclusión, reiteramos la petición que hicimos a los siete miembros del jurado que otorgaron el premio en cuestión de reconsiderar su decisión. En un comunicado fechado el 4 de octubre, ellos aceptan que sabían de las acusaciones de plagio en contra de Bryce Echenique, pero aducen que éstas “competen al ámbito penal”