Foto: Imolcho

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Este post es un segundo experimento. En el Blog de la Redacción de Nexos estamos buscando las crónicas y reflexiones de testigos efectivos de lo que se vive en nuestro país. Periodistas ciudadanos que viven y escriben lo que sucede a ras de tierra.

Aporreada que fue la piñata, los niños hicieron botín no sólo de los dulces que emanaron, sino también de los despojos del monigote de papel periódico y maché. Los que se llevaron la pierna la dejaron en el escritorio de su maestra, con una nota exigiendo ochos para todos. Del cuerpo no se supo nada sino hasta dos días más tarde, cuando apareció entambado en Campobello, colonia al norte de la ciudad.

Así de macabros son los chistes ahora en Chihuahua, donde las conversaciones cotidianas incluyen casi siempre menciones a hechos violentos. ¿Será acaso que tras tal exposición de los chihuahuenses a la violencia han sido estos finalmente insensibilizados al respecto? Asegurar tal cosa sobre una comunidad cuya totalidad de miembros ha sido lacerada por los crímenes —el organizado y el desorganizado— resulta, francamente, ofensivo. Ya sea en su persona o en la de alguien cercano, cada chihuahuense ha sufrido un robo de automóvil, una extorsión, un secuestro y/o una ejecución. Imposible estar insensibilizados al respecto. De hecho, no podría haber tema más sensible en estos momentos en el estadote al norte de la República.

Hoy día lo impactante se vuelve cotidiano; pero lo cotidiano no siempre se vuelve costumbre, y de cualquier modo la costumbre no siempre es tolerada por el solo hecho de estar siempre ahí. Nuestros periódicos anuncian en sus titulares las cifras de los muertos de cada día, casi hasta con orgullo y como si fuesen los marcadores de algún partido de béisbol. Las colonias se amurallan, poniendo barandales en sus calles de acceso o levantando muros alrededor de las casas. Las llamadas telefónicas no son atendidas a menos que se reconozca el número que muestra el identificador. Se compran autos nuevos que luego pasan más tiempo en las cocheras, pensando que así no será uno objeto de un asalto violento en cualquier semáforo a cualquier hora del día.

Lo malo de la realidad es que es, pleonásmicamente, real; muy diferente a lo que usualmente vemos en la televisión, que se ha convertido en lo que pensamos que es la realidad. En la televisión los cuerpos muertos quedan dócilmente acomodados en posiciones como de dormidos, con su ropa bien acomodada y con balazos que parecen motas decorativas en color rojo. Ya todos en Chihuahua sabemos que los ejecutados en la realidad no se ven así. Sus cuerpos se contorsionan de maneras obscenas, su ropa pierde todo pudor y exhibe lonjas y ropas interiores y los balazos tiñen de casi negro todos los textiles cercanos, inclusive con texturas añadidas por restos de órganos. A su favor, la realidad posee también autoridades policiacas más comprensivas. Cuando miramos en televisión esas adrenalínicas persecuciones por calles de ciudad, nunca pensamos en los pobres ciudadanos cuyos autos son chocados o explotados por los perseguidores y los perseguidos. Y nunca pensamos en los damnificados porque a los policías de la televisión no les importa. Ahora bien, en la realidad, pude ver como la camioneta que encabezaba un convoy a toda velocidad por la Av. Juárez golpeaba a un incauto Chevy que subía por la Av. Venustiano Carranza. Diligente, la camioneta se detuvo una cuadra adelante y el judicial se dirigió a atender su asunto de vialidad, mientras el resto del contingente seguía su camino.

Y el humor se adapta. Cuando los amigos se reúnen y uno no llega, se comenta “de seguro ya lo ejecutaron”; los juniors piensan que sería naquísimo que tu cuerpo apareciera tirado en una colonia de esas al sur de la ciudad y en Twitter se festeja en grande el error de dedo en una publicación electrónica que, al reseñar el asesinato de un abogado en su oficina, cierra un párrafo diciendo “… por una persona que le disparó al menso en dos ocasiones”. Y la vida se adapta. El grupo de párvulos que visita los edificios históricos del centro saluda con entusiasmo a los encapuchados verdes, negros o azules que resguardan las dependencias. Los turistas se emocionan y sacan fotografías al contingente de federales, municipales y militares que encapuchados y ametrallatados atraviezan las avenidas. Y es que así como uno va a África a fotografiar a los leones y a las cebras, no hay hoy algo más característico y fotografiable de Chihuahua que estos convoys.

¿Insensiblizado? El pueblo chihuahuense no había estado jamás tan sensible. ¿Preferirían que se hicieran bromas sobre leones y cebras? Múdenos a África. ¿Humor negro? ¿Mal gusto? No. Simplemente, no hay mucho más sobre qué hablar.

Gustavo Macedo Pérez.

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