John Stuart Mill

John Stuart Mill

El domingo pasado, José Córdoba publicó un artículo en el periódico Reforma, “Contra el Proporcionalismo” en el que afirma:

Primero, contrariamente al postulado del proporcionalismo, ninguno de los dos principios es en sí mismo superior al otro [el de proporcionalidad o el de mayoría]. El principio de mayoría otorga al partido más grande un porcentaje de escaños superior a su porcentaje de votos. Al revés, el principio de proporcionalidad fragmenta la representación partidaria y otorga a las minorías un poder excesivo.

Esta afirmación no está mediada por una evaluación de los dos principios de representación, sino por una de las consecuencias posibles que identifica Córdoba: el número de partidos en el órgano representativo. Por ello parece, que primero, sí es importante evaluar los dos principios a partir de los principios básicos de la democracia liberal, no sólo a partir de sus consecuencias en la distribución del poder dentro del Congreso.

En 1860 el filósofo liberal (e integrante del parlamento biritánico) John Stuart Mill escribió el libro Consideraciones sobre el Gobierno Representativo (aquí en inglés). El séptimo capítulo se llama: “De la democracia falsa y de la verdadera; de la representación de todos y de la representación tan sólo de la mayoría”, en el que trata el tema de las mayorías y la proporcionalidad de la representación. Mill promovía los sistemas de representación proporcional como parte fundamental del sistema democrático, por lo que afirma en el texto:

Sólo un habito y una asociacion de ideas inmemoriales pueden reconciliar a un ser racional con una injusticia inútil. En una democracia realmente igual, todo partido, cualquiera que sea, deberá estar representado en una proporcion, no superior, sino idéntica, al número de sus individuos. La mayoría de representantes ha de corresponder a la mayoría de electores; pero por la misma razon toda minoría de electores debe tener una minoría de representantes. Hombre por hombre, la minoría debe hallarse tan completamente representada como la mayoría. Sin esto, no hay igualdad en el Gobierno, sino desigualdad y privilegio: una fraccion del pueblo gobierna a todo el resto: hay una porción a la que se niega la parte de influencia que le corresponde de derecho en la representacion, violando los principios de justicia social, y sobre todo, el de la democracia, que proclama la igualdad, como su raíz misma y fundamento.

Es decir, por lo menos para algunas personas sí hay razones vinculadas a una concepción particular de la democracia deseable, por las cuales el principio de proporcionalidad es superior al principio de mayoría (y claro no por una supuesta confusión intelectual como dice Córdoba).

En la conclusión de su texto, Córdoba dice:

Pero hay una manera obvia de enderezar ese aparente artilugio: el reparto plurinominal debiera simplemente asegurar que conserva la mayoría absoluta de escaños en la Cámara el partido que, en su caso, alcance la mayoría absoluta de diputados de mayoría. En toda lógica, eso es lo que debiera ocurrir en México.

Sin embargo, en ningun momento justifica por qué es deseable que un partido tenga la mayoría absoluta de escaños en la Cámara de diputados. Esto es importante a la luz de un artículo publicado ayer en El Universal por Ricardo Becerra en donde cita un estudio hecho recientemente en Inglaterra sobre los gobiernos que construyen coaliciones para sostener mayorías legislativas (no es del todo sorprendente que en Inglaterra los partidos de izquierdas están promoviendo una reforma electoral para aplicar cierta proporcionalidad, propuesta a la que el partido Conservador se opone). Becerra cita el texto argumentando que justamente los cambios más importantes en un país se dan cuando hay gobiernos de coalición, no cuando un sólo partido controla la mayoría:

Vuelvo al informe británico: por definición “un gobierno de minoría debe hacerse de una red de apoyos y de intereses más amplia que su base electoral de origen. Y esa construcción política, es la que produce una responsabilidad compartida por sectores más amplios de la sociedad. Por lo tanto, es capaz de enfrentar y asumir decisiones más valientes” (p.2).

Quienes no queden convencidos por estos argumentos, dirán que la analogía con el caso mexicano no es posible, porque hay una diferencia sustancial entre los sistemas parlamentarios, que analiza el estudio al que se hace referencia, y los sistemas presidenciales. Una respuesta posible está en el presidencialismo combinado con el multipartidismo que hace los gobiernos de coalición la norma y no la excepción. Sin embargo, en su texto Córdoba los descalifica:

Invocan las tesis del profesor Cheibub: basta leer su artículo de referencia para constatar que, si demostró algo, no es lo que afirman. Citan el ejemplo de Brasil. ¿Cómo logra el Presidente impulsar una agenda congruente ante un Congreso con más de 10 partidos? Influyen sin duda rasgos institucionales: voto simultáneo por el partido y el candidato, reelección legislativa, ausencia de financiamiento público, legitimidad de un presidente electo con mayoría absoluta. Pero lo esencial parece ser algo aparentemente paradójico: la extrema fragmentación partidista facilita la negociación entre el Presidente y la clase política en un sistema con muy poca rigidez ideológica, porosidad de las fronteras entre partidos y una larga tradición clientelar. Además el acuerdo para el cambio se ha logrado con dos presidentes fuera de serie. Es difícil pensar que la excepción carioca pueda ser un modelo para México.

El libro de José Antonio Cheibub Presidencialismo, Parlamentarismo y Democracia, es interesante, entre otras cosas, porque no basa sus conclusiones en casos excepcionales sino en generalizaciones sobre los sistemas parlamentarios y presidenciales. Uno de los argumentos de Cheibub es que la capacidad para formar coaliciones no está determinada por el régimen de gobierno (no es ni el primero ni el único en decir algo así, es cosa de revisar el libro Instituciones Políticas de Josep Colomer). Es decir, en los regímenes parlamentarios hay tantas posibilidades de formar coaliciones legislativas como en los regímenes presidenciales:

Nuestro análisis…sugirió…que: los gobiernos de coalición no son poco comunes en las democracias presidenciales; hay condiciones en los sistemas presidenciales que llevan a la emergencia de gobiernos de coalición o  gobiernos de minoría apoyados por una mayoría legislativa; y estas condiciones son idénticas en los sistemas presidenciales o parlamentarios, lo que quiere decir que los gobiernos minoritarios en sistemas presidenciales-al igual que en los sistemas parlamentarios-no significan un desastre.

En la conclusión del libro, Cheibub hace referencia indirecta a la discusión que existe en México entre sistemas de mayoría y sistemas proporcionales, pues es una discusión que no sólo existe en México y que continúa en muchos países:

El pensamiento actual sobre el presidencialismo…es que se debe de evitar un alto nivel de fragmentación partidista en la asamblea. La manera más fácil (se cree) y la más sencilla para limitar el número de partidos políticos es diseñando un sistema electoral restrictivo…Lo que resulta en un sistema de partidos y lo que se cree un gobierno más estable -en otras palabras, un gobierno apoyado por una mayoría (compuesta por uno o pocos partidos) que es capaz de aprovar su legislación en la asamblea.

…los hechos que subyacen este razonamiento son cuestionables. La relación entre el riesgo de colapso democŕatico y fragmentación legislativa no es lineal en las democracias presidenciales…no hay apoyo empírico para la noción de que es más difícil para los presidentes formar coaliciones cuando la fragmentación partidista es alta.

En consecuencia parece que las democracias presidenciales que adoptan sistemas electorales permisivos, como aquellos basados en representación proporcional, no pagan realmente un precio en términos de la habilidad del gobierno para gobernar. Pueden mantener reglas electorales con un alto nivel del representatividad sin incrementar la probabilidad de un colapso democrático.

La pista del origen del razonamiento de quienes apoyan los argumentos “mayoritistas”, está en una de las líneas finales del libro de Cheibub. La frustración de una agenda particular:

Estas precupaciones surgen del miedo de que  nuevas democracias enfrentan la complicada tarea de reestructurar sus economías…Se cree que estas dificultades se conjuntan al punto de la parálisis, o peor, cuando los ejecutivos tienen que navegar las complicaciones del control dividido del gobierno…

Tal vez el paso del cambio no ha sido satisfactorio para algunos, generando frustración y un sentido de que no se ha hecho suficiente. Pero el hecho sigue siendo que las democracias presidenciales recientes han logrado bastante…No hay razón–por lo menos razón intrínseca a la naturaleza de la forma de gbierno- por la cual no continúen logrando tanto.

Para concluir, uno de los argumentos de Córdoba para descalificar el caso brasileño es decir que ha tenido la suerte de “dos presidentes fuera de serie”, que, se entiende, han podido gobernar pese a sus minorías en el sistema político. Como analogía vale la pena recordar que los primeros tres años de gobierno en el Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador gobernó con una minoría de su propio partido en la Asamblea del DF, pero construyendo coaliciones legislativas. ¿Eso lo hace un gobernante “fuera de serie” o simplemente un gobernante que tenía que construir coaliciones?

Andrés Lajous.

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