Imagen: Bottelho

Imagen: Bottelho

De acuerdo con el llamado orden natural de las cosas,

haber llegado al tope del estante significa que la suerte ya se cansó,

que no habrá mucho más camino para andar.

Todos los Nombres, José Saramago

Don José pasó todo el fin de semana juntando recortes del hombre muerto en Lanzarote el 18 de junio de 2010, por fallo multiorgánico derivado de una leucemia crónica. Contaba con el registro completo del nombre de los padres; el ahora conocido error ministerial por el que su apellido no fue Sousa; el nombre de los padrinos. En total, los 16 registros adicionales que toda ficha de nacimiento completa debe contener, de acuerdo al Reglamento de la Conservaduría General del Registro Civil. Pensó que este expediente era especial, merecedor de una nueva categoría cuidadosamente definida en su colección de personas famosas y un método distinto, más minucioso, para ordenar y clasificar el contenido del voluminoso expediente, ya que “algunos de los que nacen entran en la enciclopedias, en las historias, en las biografías, en los manuales, en las colecciones de recortes…”

Se trataba del primer Nobel de literatura en lengua portuguesa, del último comunista vivo de Europa; antisemita, stalinista y, por supuesto, enemigo de la Iglesia, quizá el segundo o uno de los primeros diez, ya es difícil llevar cuenta. Pensó por un momento si ser el primero, no el segundo, el quinto o el último revestía suficiente importancia para ameritar un nuevo nombre en el universo de su colección. Se planteó la pregunta con gravedad. Sobre todo, porque implicaba utilizar una de las pocas fichas en blanco que quedaban de la decena que había sustraído de la Conservaduría en la penúltima noche de insomnio y hambre. Miró la abundante pila de recortes de prensa y tuvo la certeza de que el expediente sería el más extenso de su colección, intuyó con acierto el sinfín de homenajes, análisis, reimpresiones, relecturas y reinterpretaciones que la muerte del hombre de Azinhaga, nacido en 1922, desataría en el mundo de sus lectores, de quienes comenzarían a leerlo movidos por la noticia de su muerte, de quienes jamás lo harían, y de quienes darían la mayor muestra de respeto que es “llorar a una persona que no se ha conocido.”

Según un recuento, su adiós se asemejó a un tribunal de Estado. Una representante del gobierno español lo definió como alguien que “soñó con un mundo en que los fuertes eran más justos, y los justos eran más fuertes.”. Don José pensó que una afirmación proveniente de un funcionario público de tan alto rango merecía cierta deferencia, aún tratándose de un gobierno extranjero. Lamento entonces no contar todavía con un comunicado oficial de Estado portugués que resolviera el lugar que correspondía oficial y públicamente al difunto. Después pensó que en el mundo de los escritores, los gobiernos carecerían de facultades calificadoras. Retomó la pila de notas de prensa, encontró una frase que llamó su atención: acaba de morir el autor de “la historia de amor más intensa de la literatura portuguesa de todos los tiempos”; el dueño de “una narrativa de gran fecundidad literaria, social y filosófica que sitúa en el centro la perplejidad del hombre antes la impostergable finitud de la existencia”. Don José sintió de nuevo la opresión en el estómago, el temblor de manos y las pequeñas perlas de sudor frío sobre su frente, síntomas inequívocos de que tenía ante sí una ineludible encrucijada o de que estaba viejo y enfermo. Catalogar es por necesidad un acto violento, la negación, aún justificada, de las alternativas formas de orden y sentido. Si la memoria está hecha de categorías, ¿quién era él, un humilde y solitario funcionario del Registro Civil, para ordenar y clasificar ese expediente que terminaría en alguno de los estantes del archivo de los muertos o peor aún, en algún rincón de su habitación que sólo encontrarían a su muerte?

Encontró una primera salida. Clasificar y ordenar el contenido del expediente primero, y reconstruir lógicamente, siguiendo el veredicto de lo ahí contenido, la mejor forma de nombrar al todo, que si no es la suma de las partes, pues no se entiende que más podría ser. Releyó uno a uno los numerosos recortes: los discursos y conferencias, las entrevistas, las críticas literarias, los primeros obituarios, las anécdotas de conocidos, las palabras sentidas de la familia cercana, las reacciones de la comunidad literaria. Descartó ordenarlos en forma cronológica y por fuente, también por ideología política. Identificó algunos temas que los que saben llaman universales o de todos los tiempos -como si fueran lo mismo. Se entusiasmó por un momento. Sin embargo, tuvo que desistir pronto al topar con las fronteras dúctiles de la soledad, la ceguera, el encuentro y la búsqueda, la realidad del amor imaginario, la más humana vileza…¿será todo eso metafísica y filosofía? Y lo peor, no supo qué hacer con la notas de gélido humor que cruzaban transversalmente la primera decena de temas que había identificado inicialmente. Lo vencieron el sueño y la impotencia.

Tuvo un sueño intranquilo en el que las frases del difunto cruzaban de arriba abajo el blanco techo de su habitación, su mejor compañero: “el espíritu no va ningún lado sin las piernas del cuerpo, y el cuerpo no sería capaz de moverse si le faltaran las alas del espíritu”; “la muerte no podrá ser acusada de haber dejado a algún viejo definitivamente olvidado en el mundo…”; “solos los dioses muertos son dioses siempre”; “desde el punto de vista de la memoria… si los muertos no estuvieran en medio de los vivos más tarde o temprano acabarían por ser olvidados”;“así como la muerte definitiva es el fruto último de la voluntad de olvido, así la voluntad de recuerdo podrá perpetuarnos la vida.”

El lunes por la mañana don José despertó con la tranquilidad que sólo da la certeza recién descubierta. El expediente de José Saramago no correspondía a la colección de personas famosas, menos aún al estante de los muertos. Pertenecía, como don José, al mundo de los vivos. Ese día no murió nadie.

Claudia Maldonado Trujillo. Profesora/Investigadora del CIDE.

Te recomendamos: