Foto: Isbi

Foto: Isbi

La de Jessica, quien ya mejor no ve las noticias porque luego no puede dormir en la noche. Quien compró su casa por una ganga luego de que el mercado inmobiliario de Juárez se viniera abajo, porque quién quiere quedarse. En Juárez, la propiedad no vale nada.

La de Octavio, quien tuvo que vender sus propiedades, su camión de pasajeros, para evitar que volvieran a balacear el portón de su casa, porque a la próxima ahora sí se muere. Quien ahora maneja un taxi por concesión mientras se calma la cosa porque qué nos queda mas que esperar, ya vendrán tiempos mejores. En Juárez, el trabajo duro se desvanece en un segundo, en una extorsión, en una amenaza.

La de Gustavo, o Jorge Luis, o Armando, quienes amenazados hicieron las maletas y cruzaron el puente para vivir del otro lado, solos porque sus esposas e hijos ya tienen la vida hecha en Juárez, pobres porque de dónde se vive en dólares, melancólicos aunque no lo dicen en voz alta. Los que dijeron lo que todo el mundo de todas formas ya sabe, los que acusaron a los que siempre son inocentes, los que buscaron a los imbuscables. En Juárez, los que pudieron ya se fueron.

La de Pedro, Edgar, Jorge y Alfredo quienes buscan incansables la nota y la atestiguan, pero en silencio. Quienes lo han visto todo pero aún así se sorprenden porque mira, así está la cosa, yo abrí la puerta y vi todavía los cuerpos quemándose y brincando y sí me asusté, pero eso no es nada comparado con lo que he visto ahora en Juárez. Quienes todavía recuerdan las palabras que los federales les dijeron cuando fueron a inspeccionar la oficina y las posesiones de su colega, el periodista asesinado. En Juárez, mejor te callas.

La de los policías federales, los buenos y los malos, los que llegaron hace tres meses de Veracruz, Oaxaca o del DF a sustituir a los militares porque se necesitan peones. Los que se consideran más o menos inteligentes porque para inteligentes, inteligentes, los científicos, señorita. Los que todavía no han cambiado sus relojes de muñeca a la hora de Juárez porque el tiempo no parece importarles mucho. A los que se les olvida en qué día viven, bueno no, a veces si se acuerdan porque ya me voy a ir de vacaciones y estoy contando los días. Los que están aquí más que nada por necesidad, ahora si que por el dinero. Los que viven en hoteles, solos y no encuentran muchachas para salir en las noches. Los que indignados claman que no, que no es cierto, no es que no hayamos funcionado, es que no hemos terminado.

La de los militares, cuya estrategia no funcionó en Juárez, pero que regresaron a la ciudad para cuidar las elecciones. A los que ya nadie miraba a los ojos porque daban miedo, porque irrumpían en propiedad privada, sin orden de cateo, buscando sospechosos y de paso, al salir, se robaban la comida y los ventiladores porque yo creo que no les darían bien de comer, vivían en bodegas, sin clima, y pues cómo no, si llegaron así de repente, no había ni donde ponerlos.

La de Eduardo, el taxista que el miércoles llegó a su casa para enterarse de que así de repente mataron a Pepe, su vecinito de 12 años, porque fue a llevarles una llave al taller y ahí le tocó una bala. El que ya no deja salir a su hijo por la inseguridad, aunque se enoje, ni modo, aunque piense que no lo dejo salir porque me hizo algo y yo me estoy desquitando con él, pero no, lo que pasa es que aquí la cosa está muy fea. En Juárez, mejor no sales.

La de Alejandro, el empresario que tiene toda una estrategia de escape planeada, y preparada en caso de ser necesario. El que tiene su camioneta pero también, una Caribe de los noventa para no llamar la atención, y uno polarizado sin placas, pero que ahorita está ponchado. En Juárez, mejor te proteges tú.

La de Ryan, el agente del consulado que ya está acostumbrado. El que a dos años de vivir en Juárez ya puede identificar los muertos de todas las esquinas. El que al recorrer las calles puede decirte que ahí mataron a alguien hace un mes, y por allá el otro día, y allá en el Wal-Mart, fue donde asesinaron al de ayer. En Juárez, las calles son cementerios.

Mi Ciudad Juárez. La de los candidatos que votaron con chaleco antibalas y la de los que se retiraron de la contienda. La de los presidentes municipales asesinados y la de los gobernadores que sufrieron parálisis nerviosas. La de los policías con miedo y sin suficientes balas. La de los aterrados, los silenciosos; la de los que esperan y la de los que no sabemos qué hacer para componerla un poquito, aunque sea un poquito no más.

Viridiana Ríos. Candidata a Doctora en gobierno por la Universidad de Harvard.

Te recomendamos: