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Imagen: Francisco Goya

La reciente prohibición de las corridas de toros en Cataluña reactivará el debate entre partidarios y contrarios a la fiesta en el resto de los países donde la tauromaquia pervive. Será, como la mayoría de las veces, un diálogo que termine en el silencio o en la injuria. Y es que no hay punto de acuerdo posible entre unos y otros. Las posturas son irreductibles: o se conserva o se suprime la tauromaquia.

Debo decir, para que quede claro lo que sigue, que pertenezco al partido de los taurinos. Como aficionado he escuchado todos los argumentos, de la más diversa índole, que esgrimen los abolicionistas. En cambio, no he visto en ninguno la mínima voluntad por tratar de entender aquello que combaten. Por el contrario, el lenguaje de los antitaurinos está cargado, las más de las veces, de intolerancia, odio y sectarismo. Dicen que los aficionados a la tauromaquia no son más que una horda barbárica que goza con el derramamiento de sangre.


De ninguna manera es cierto. ¿Cómo explicar la añeja relación entre el mundo de la cultura y la tauromaquia? Resultaría inútil y ocioso enlistar todos los escritores y pintores ligados a la tauromaquia. Dicen también los abolicionistas que los mueve un interés de naturaleza ética y ecológica: ¿saben entonces el destino del toro bravo sin la fiesta? La extinción. Sin el toro bravo las dehesas, auténticas proyectos ecológicos autosustentables, desaparecerían irremediablemente. Tampoco me queda claro, bajo la lógica de la protección irrestricta al toro bravo, qué pasaría con el resto de las especies humanas que son sacrificadas por el hombre. Por ejemplo, las reses destinadas al consumo que, los ecologistas deben saber muy bien, viven en condiciones lastimosas antes de ser sacrificadas.

Es evidente que las posturas abolicionistas son redituables y políticamente correctas. Son un gran maletín de votos. Más allá de los argumentos a favor de la fiesta que apelan a conceptos como tradición, cultura, o estética, subyace uno igualmente poderoso: el respeto a la libertad del individuo para elegir. Con la prohibición, la libertad de los taurinos a elegir sería vulnerada. Pues los antitaurinos ya han elegido no ir a las corridas de toros y su decisión ha sido respetada.

Juan Manuel González Gómez.

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