Hemos sacado de varias fuentes reflexiones interesantes de Umberto Eco, Manuel Castells, Clay Shirky, Bruce Sterling y Jaron Lanier, sobre Wikileaks y sus consecuencias. Las fuentes originales se pueden consultar en los links a los artículos que tiene cada nombre, pero hemos hecho una selección de pasajes que resultan particularmente interesantes. Para guiar al lector sobre los distintos puntos de vista pusimos las opiniones más críticas de Wikileaks hasta arriba, las moderadas en medio, y las más celebratorias al final.

Jaron Lanier

Las controversias entorno a la apertura radical suelen estar enmarcadas alrededor del cuestionamiento a la legitimidad de mantener secretos institucionales. Las esferas de acción militares, comerciales y diplomáticas permiten mantener más secretos que los que acostumbramos tener en la vida civil.

Si la distinción entre estas esferas falla, entonces lo que perderemos será la vida civil, ya que las otras son, a fin de cuentas, indispensables. Entonces nos convertiríamos en una sociedad cerrada. En las sociedad cerradas, como Corea del Norte, la vida cotidiana está militarizada.

Puede que no estés de acuerdo con lo que podría pasar, porque parece que menos secretos siempre deben significar una sociedad más abierta. Si crees eso, estás cometiendo el mismo error que los programadores que resistieron las estructuras de programación.

La anarquía y la dictadura están entrelazadas en eterna resonancia. Una nunca existe por mucho tiempo sin convertirse en la otra, y así de regreso. La única salida es con una estructura, también conocida como democracia.

Permitimos esferas con secretos para poder tener una vida civil. Además estructuramos la democracia para que las esferas secretas estén contenidas y rindan cuentas a la esfera civil, aunque no sea fácil.

Clay Shirky

A largo plazo, necesitaremos nuevos pesos y contrapesos para una nueva y aumentada transparencia — Wikileaks no debe poder operar como una ley en sí misma de la misma manera que los Estados Unidos no lo debe poder hacer. En el corto plazo, sin embargo, Wikileaks es nuestro Amsterdam. Cualquiera que sean las restricciones que terminemos poniendo, debemos mantener a Wikileaks vivo hoy mientras trabajamos en el proceso que todas las democracias necesitan pasar para reaccionar al cambio. Si está bien para una democracia decidir echar a alguien del Internet por hacer algo por lo que no sería perseguido si lo hiciera un periódico, entonces la idea de un Internet que empuja la democratización de la esfera pública habrá recibido un golpe mortal.

Umberto Eco

Pero ahora que se ha demostrado que ni siquiera las criptas de los secretos del poder pueden escapar al control de un hacker, la relación de control deja de ser unidireccional y se convierte en circular. El poder controla a cada ciudadano, pero cada ciudadano, o al menos el hacker —elegido como vengador del ciudadano— puede conocer todos los secretos del poder.

¿Cómo puede sostenerse un poder que ya no es capaz de conservar sus propios secretos? Es verdad que Georg Simmel ya decía que un auténtico secreto es un secreto vacío (el secreto vacío nunca podrá ser desvelado); es verdad, también, que todo saber sobre la personalidad de Berlusconi o de Merkel es efectivamente un secreto vacío de todo secreto, pues es de dominio público; pero revelar, como ha hecho WikiLeaks, que los secretos de Hillary Clinton eran secretos vacíos es robarle todo su poder.

Bruce Sterling

Entonces Wikileaks es una manifestación de algo que ha estado creciendo a nuestro alrededor por décadas, con una inevitabilidad volcánica. La Agencia Nacional de Seguridad (NSA en inglés) es la agencia secreta más desconocida del mundo. Y por cuatro años ya, su hermana perversa –Wikileaks– se ha convertido en la página clandestina más evidente y públicamente celebrada.

Wikileaks es “clandestina” de la manera en la la NSA es “encubierta”; no porque sea inherentemente obscura, sino porque de manera discreta no se habla de ella.

La NSA es discreta, y por eso de alguna manera la gente la tolera. Wikileaks es “transparente” como un casucha de cartón llena de nitroglicerina en un terreno baldío.

No sólo se trata de él (Assange) y la fogosa urgencia de castigarlo; se trata de los riesgos públicos de la reputación de Estados Unidos. La hipocresía del superpoder en este caso será difícil de cargar. A Estados Unidos le encanta leer los cables diplomáticos de otros. Adoran hacerlo. Si Assange hubiera sacado la biblioteca de cables de un Estado paria, digamos, Paraguay o Corea del Norte, el departamento de Estado de Estados Unidos le estaría amontonando flores a los pies. Estarían un poquito molestos de la violación de las reglas, pero también sentirían una profunda satisfacción del chistoso merecido que se habrían llevado poderes menores que no deberían estar jugando con computadoras, como el grandioso y high-tech Estados Unidos.

La extremadamente extraña versión de Assange como un disidente “viviendo en verdad” no tiene mayor relación con la forma en la que la vida pública ha estado arreglada hasta ahora. Sin embargo, sí se alinea de manera muy cercana con lo que hemos hecho con nosotros mismos al inventar y diseminar el Internet. Si el Internet caminara en público, se vería y actuaría como Julian Assange. El Internet tiene su edad y tampoco le importan mucho las delicadezas de las ganancias, el buen comportamiento o las jerarquías. Como a Assange.

Manuel Castells (1 y 2)

No está en juego la seguridad de los estados (nada de lo revelado pone en peligro la paz mundial ni era ignorado en los círculos de poder). Lo que se debate es el derecho del ciudadano a saber lo que hacen y piensan sus gobernantes. Y la libertad de información en las nuevas condiciones de la era internet. Como decía Hillary Clinton en su declaración de enero del 2010: “Internet es la infraestructura icónica de nuestra era… Como ocurría en las dictaduras del pasado, hay gobiernos que apuntan contra los que piensan de forma independiente utilizando estos instrumentos”. ¿Se aplica ahora a sí misma esa reflexión?

Porque el tema clave está en que los gobiernos pueden espiar, legal o ilegalmente, a sus ciudadanos. Pero los ciudadanos no tienen derecho a la información sobre quienes actúan en su nombre salvo en la versión censurada que los gobiernos construyan. En este gran debate van a retratarse las empresas de Iinternet autoproclamadas plataformas de libre comunicación y los medios tradicionales tan celosos de su propia libertad. La ciberguerra ha empezado. No una ciberguerra entre estados como se esperaba, sino entre los estados y la sociedad civil internauta. Nunca más los gobiernos podrán estar seguros de mantener a sus ciudadanos en la ignorancia de sus manejos. Porque mientras haya personas dispuestas a hacer leaks y un Internet poblado por wikis surgirán nuevas generaciones de Wikileaks.

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