Las imágenes de Fox News y CNN de ayer por la noche eran elocuentes: multitudes de estadounidense eufóricos celebraban la muerte de Bin Laden. Para un observador externo parecía difícil de explicar, sí es importante que el líder de una organización terrorista sea eliminado ¿pero qué celebraban, el fin del terrorismo, el fin de Al-Qaeda? ¿Cuál fue el triunfo de ayer por la noche?

Comentaristas de CNN comparaban el júbilo visto en Washington y Nueva York con el de la muerte de Hitler o la caída del muro de Berlín. Pero ¿es el abatimiento de Bin Laden un evento de tal magnitud? La muerte de Hitler significó el fin de un régimen altamente centralizado que sometió a Europa entera y asesinó a más de seis millones de judíos, el cual estaba sustentado en gran medida en la figura de Adolf Hitler. Incluso antes de la muerte de Hitler el régimen nazi estaba derruido, sólo faltaba descabezarlo para acabar con él. Y fue así, sólo nueve días después de la muerte de Hitler Alemania capituló y el régimen nazi pasó a la historia. Sin embargo, esto no fue el fin del antisemitismo o el nacional socialismo, ideas que en el siglo 21 siguen vigentes.

Con la caída del muro de Berlín tenemos algo similar, simbolizó el inicio del fin de la Guerra Fría y el colapso del comunismo en Europa del este. El 9 de noviembre de 1989 fue el comienzo de un proceso de cambio y democratización en la región el cual hasta hoy en algunos sitios, como el Cáucaso, no ha concluido.

La muerte de Hitler y la caída del muro de Berlín significaron el cambio de un paradigma mundial, fueron eventos que significaron el fin de guerras mundiales: una “caliente” y otra “fría”. Entonces ¿la detención de Bin Laden representa un cambio de importancia similar a la muerte de Hitler o la caída del muro de Berlín, es decir, el inicio del fin de la guerra contra el terrorismo islámico o de los sentimientos antioccidentales en Medio Oriente?

John Lee Anderson escribió en el New Yorker que sin Bin Laden vivo Al Qaeda eventualmente desaparecerá, pero difícilmente la muerte de Bin Laden significará el fin de Al Qaeda. Es bien sabido que ésta opera como una organización descentralizada formada por “franquicias” ubicadas en cualquier parte del globo, desde Indonesia hasta Londres. Es decir, cualquier grupo de fundamentalistas islámicos con deseos de venganza por los agravios de Occidente puede afiliarse y nombrarse miembro de Al Qaeda -todo por vía Internet- y puede planear sus propias represalias por la muerte del líder. Anderson compara la muerte de Bin Laden con la detención de Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso. Sin embargo existen claras diferencias entre las dos organizaciones: Sendero Luminoso era un grupo guerrillero con cierto grado de cohesión operativa, cosa que no sucede con Al Qaeda; el cerebro operativo de Sendero Luminoso era Abimael Guzmán y un grupo reducido de líderes, por lo que tras su detención la organización se quedó sin operadores, el de Al Qaeda son cientos de jóvenes dispersos por el mundo que no requieren autorización para actuar, la única encomienda es que combatan blancos enemigos. Las fortalezas de Al Qaeda y las cuales la diferencian de otras organizaciones terroristas o guerrilleras son su alta fragmentación y su elusividad.

La organización quedó sin su líder ideológico, sin la figura carismática que aglutinaba y atraía a jóvenes musulmanes fundamentalistas alrededor del mundo y sin duda será difícil de sustituir. Algunos reportes señalan que el sustituto podría ser el joven Abu Yahya al-Libby, discípulo de Bin Laden, que emergió recientemente como la cara de Al Qaeda en los últimos video-mensajes dirigidos para generar apoyo entre los miembros jóvenes. El otro candidato es Ayman al-Zawahiri, un veterano jihadista conocido por su capacidad estratégica, pero que carece de carisma. Cualquiera de los dos o incluso ambos podrían componer el liderazgo de Al Qaeda, el cual, como ya se dijo, opera con un alto grado de fragmentación. Y es por esta alta fragmentación que la muerte de Bin Laden difícilmente provocará la desaparición de Al Qaeda, la cual sin duda implica un costo alto, pero no olvidemos que Bin Laden no desaparece con su muerte, por el contrario, su imagen se fortalece al convertirse en mártir.

El único factor que podría significar un riesgo para Al Qaeda en este proceso es la posibilidad de que durante el operativo para eliminar a Bin Laden su estructura haya sido infiltrada. Esto sí podría generar una crisis de confianza entre los miembros y provocar un proceso de purga que alienaría a posibles jóvenes reclutas, lo cual generaría el éxodo de miembros y la creación de nuevas organizaciones terroristas desligadas de la estructura de Al Qaeda.

En este escenario Al Qaeda desaparece pero la idea de Al Qaeda perdura.

Para otros grupos terroristas islámicos del norte de África, el sureste asiático o el medio oriente la muerte de Bin Laden tampoco representa un revés. De hecho existen profundas divisiones entre las organizaciones e incluso algunas son antagonistas, por lo que la muerte de Bin Laden puede incluso caer bien en algunas de ellas, como Hezbollah.

Entonces, si bien la muerte de Bin Laden no representa ni el fin del terrorismo ni de Al Qaeda, ¿qué ganó Estados Unidos o el mundo occidental? Ciertamente para Barack Obama siempre fue una prioridad eliminar a Bin Laden -no tanto por las consecuencias que el hecho pudiera tener en el combate contra el terrorismo islámico, las cuales serán mixtas, pues tanto puede provocar la desarticulación temporal de Al Qaeda, como una oleada de atentados en venganza- sino por el peso que este personaje tiene en la conciencia popular norteamericana. Bin Laden es visto por los norteamericanos como su principal enemigo, el hombre que perpetró el segundo ataque más grande en términos de bajas humanas en suelo estadounidense –el primero fue el de Pearl Harbor en 1941- y que está comprometido a destruir todo lo que conciben como libertad y democracia.

En esto radica el triunfo de ayer, cuando el “Today we mourn, tomorrow we avenge” repetido por las víctimas del 11 de septiembre y reprimido por casi 10 años por fin se cumplió. La muerte de Osama Bin Laden es un triunfo de la conciencia norteamericana, es el fin del enemigo de los valores norteamericanos y el deseo cumplido de honrar a las víctimas norteamericanas del terrorismo. Es decir, el de ayer es un evento concebido primeramente para consumo interno, una promesa de campaña de Obama, cumplida a tiempo para ser la carta fuerte de los demócratas para la reelección del próximo año.

Por lo tanto, hay que dimensionar lo de ayer por la noche. Para los observadores externos que veíamos a las multitudes celebrando fuera de la Casa Blanca y en Times Square el hecho parecía extraño. En Reino Unido, España o alguno de los más de 50 países de donde provenían las víctimas del 11 de septiembre tampoco hubieron manifestaciones de júbilo. Tampoco la posición de los medios locales de estos países era triunfalista, al contrario, era de cierto escepticismo sobre lo que pudiera suceder.

Finalmente, la muerte de Osama Bin Laden no es paradigmática, no significa el fin de la guerra contra el terrorismo, el fin de Al Qaeda, o el fin de los sentimientos antioccidentales en medio oriente. Es una promesa cumplida, promesa hecho a los norteamericanos y que a lo mucho era de una importancia secundaria para el resto del mundo. Los próximos días serán importantes para conocer las repercusiones que el abatimiento de Bin Laden tendrá en la estructura de Al Qaeda, donde sin duda el evento tendrá un peso en la reorganización de los cuadros, pero difícilmente provocará su desaparición. En términos de política exterior hay que esperar si Estados Unidos ajusta su estrategia en el medio oriente y se enfoca en Afganistán y Pakistán. En México, la única consecuencia podría ser que Felipe Caderón le copie la estrategia a Obama, cosa que podría preocupar al “Chapo” Guzmán.

Roberto Arnaud. Internacionalista.

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