Era la marcha de los agravios. El dolor marchando. “Óscar Chavana, Leonardo Garza, Julio Alberto López. Desaparecidos en Santiago, Nuevo León, el 2 de enero de 2008”. “Andrés Sánchez Díaz. Secuestrado el 16 de enero de 2008”. “Vicente Rojo Martínez, desaparecido en Piedras Negras junto con 12 personas el 12 de mayo de 2009”. “María Esther Aguilar Cansimbe. Desaparecida en Zamora, Michoacán, el 11 de noviembre de 2009”. “Óscar Velas, asesinado en la ciudad de México el 23 de julio de 2010”. “Teresa Marazuba. Secuestrada en Durango”.

Tras el poeta Javier Sicilia, y a lo largo de varias cuadras, marchaban los padres, las madres, los hijos, las esposas, los familiares, los amigos de los secuestrados, los desaparecidos, los asesinados con violencia durante el sexenio más sangriento en la historia de México. Eje Central era un hervidero de fotos, de rostros, de nombres, de reclamos. “Devuélvanme a mi familia”, se leía en la manta más grande de cuantas se alzaron ayer en el último tramo de la Marcha Nacional por la Paz con Justicia y Dignidad. Mil historias se cruzaban: “Entraron a mi casa en la noche, se llevaron a mi mujer, a mis dos hijas y a una empleada doméstica”. “Encontraron su cuerpo en la autopista Tuxpan-Gutiérrez Zamora. Tenía golpes en el cuello y la cabeza. No hay detenidos”. “Era reportera del Diario de Zamora. La vieron por última vez al salir de su hogar, hace año y medio. Nadie ha sabido nada de ella”.

Si al marchar se hace mensaje, según escribió Carlos Monsiváis hace siete años, a propósito de la primera gran movilización ciudadana en contra de la inseguridad (junio de 2004), el mensaje en esta marcha es un aullido silencioso que decide trascender la violencia y oponerse al derramamiento de sangre. “¡Estamos hasta la madre! ¡Ya basta! ¡Ni uno más!”.

Un sector que se define políticamente por su rechazo a la violencia se vuelca sobre las calles, libera globos blancos, aplaude desde las ventanas, hace sonar, en solidaridad, el timbre de sus bicicletas, acompaña a golpes de claxon el paso lentísimo de la caravana.

A las 8:30, después de arengar contra “la podredumbre del sistema” y contra “los políticos que anteponen sus intereses personales a los de la sociedad”, el poeta Javier Sicilia inició en Ciudad Universitaria la última fase de la marcha nacional por la paz. De acuerdo con los organizadores, no lo acompañaban, en ese momento, más de mil personas. Dos horas más tarde, la Secretaría de Seguridad Pública capitalina reportaba que 20 mil manifestantes avanzaban por Eje Central. Poco después se estimaba que el contingente estaba formado por 50 mil personas.

En la vanguardia de la marcha, Julián Lebarón portaba la bandera nacional. En la retaguardia, grupos radicales de la UNAM faltaban al mandato de silencio y lanzaban consignas que habrían cimbrado de no tener el defecto de ser las mismas de hace 50 años (“¡Zapata vive, vive, la lucha sigue, sigue!”). A lo largo del recorrido, las banquetas lucían colmadas de gente que recibía a la caravana con aplausos y repartía entre los manifestantes agua, frutas y tortas. La aparición, machete en mano, de Ignacio del Valle, líder de Atenco, provocó una breve silbatina de repudio. “¿Machetes en una marcha por la paz?”. Sicilia, sin embargo, pidió respeto para el activista. “Sus machetes no son armas, son instrumentos de trabajo”.

En las mantas que en siete horas de recorrido se sumaron a la marcha, la violencia fue el segundo gran protagonista. El primero: Felipe Calderón. Cientos de pancartas con su nombre y su rostro le exigían, en todos los tonos, desde parar el derramamiento de sangre hasta renunciar a la Presidencia y regresar el Ejército a los cuarteles: “Calderón, ¿qué país nos estás heredando?”.

Desde el montículo que forma el cruce de Viaducto y Eje Central las multitudes se agigantaron. El manchón humano desaparecía en el horizonte. La incorporación de nuevos manifestantes retrasaba la marcha bajo un sol calcinante. Uno de los acompañantes de Sicilia, murmuró: “Lo veo mal. No sé si va a llegar”. Sicilia caería desfallecido a las 16:30, cuando la marcha alcanzara, angustiosamente, el templete instalado en el Zócalo. La entrada al primer cuadro había sido avasalladora. El avance por 5 de Mayo, la entrada al Zócalo, se hicieron bajo un constante “¡Viva México!”. Las mantas, en ese punto, diversificaban su hartazgo: contra la clase política, contra los gobernadores, contra el Congreso, contra líderes de los partidos. “¡Basta! Por un lado nos secuestran los delincuentes y por otro los políticos”.

Héctor de Mauleón. Escritor y periodista.

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