Día 2: La batalla por la tierra, el agua… y el padrón
 
El primer registro que existe del pueblo de Santiago Tlacotepec es sobre un litigio agrario ocurrido en 1565 entre Pablo Océlotl, un indio matlatzinca, y Alonso González, de origen nahua. El códice documenta no sólo esta disputa por el terreno, también el linaje del matlatzinca, mucho más antiguo que el del nahua. Estos terrenos, junto con el valle de Toluca, habían sido invadidos por el imperio azteca mucho antes de la conquista española. La razón: nuevamente la riqueza de sus tierras.
 
En la actualidad, los litigios agrarios continúan. En estos días existe uno en curso con el poblado vecino de Calimaya. Pero esta es sólo un parte de la historia. El otro recurso que ha definido la historia de Tlacotepec es el agua.
 
La riqueza de los manantiales del cerro de Tlacotepec permite que el pueblo tenga provisión de agua constante tanto para sus habitantes como para su siembra. Sin embargo, el sistema de distribución, con unos 50 años de antigüedad, parece estar rebasado ante el crecimiento del pueblo y los nuevos asentamientos.
 
Como ocurre en muchos pueblos de México, los recursos hídricos y agrarios son administrados por el comité de bienes comunales, el comité de bienes ejidales y el comité del agua. La elección de sus miembros está sujeta a los usos y costumbres, no al proceso democrático.


A primera vista estos comités son instituciones que bien pueden servir como contra peso al poder político partidista y actuar en beneficio de la población, o bien como para desviar recursos. Tienen legitimidad local pero también son opacos. Tienen conocimiento más detallado de los problemas pero son altamente excluyentes. La realidad es que poco se sabe de ellos y su interacción con las instituciones formales. Lo que también es cierto es que estos existen y ejercen el poder aquí, a media hora de Toluca.
 
Otro elemento que está presente en Tlacotepec, como en muchos otros pueblos y municipios es el voto duro de los sindicatos y las organizaciones. Sin embargo, no es completamente seguro que éste defina la elección del 3 de julio. Al menos no aquí.
 
Aquello que parece tener la fuerza para inclinar la balanza es el control de los programas sociales. Los votantes indecisos, aquellos que no tienen un vínculo claro con un sindicato u organización, aquellos que no forman parte de la élite del poder local, ellos parecen tener en mente una inquietud: no quedar fuera del padrón de beneficiarios.
 
Si bien todavía se escuchan historias de intercambio de votos a cambio de despensas, éstas son las menos en comparación con las de quienes hablan de los beneficios recibidos por algún programa social y su preocupación por perderlos. Para las mujeres, Mujeres Trabajadoras Comprometidas, un programa del gobierno del estado de México; para los ancianos, el Programa de 70 y más, para los más pobres Oportunidades, ambos del gobierno federal.
 
Tanto en los programas estatales como en federales se percibe un aspecto de coerción. Este es un indicador de un viraje en las estrategias partidistas. Si la propaganda de las calles se mudó al internet, la presión para emitir un voto pasó de la despensa al padrón. Hay razones para pensar que son las mujeres las que definirán el resultado de la elección, el programa de Mujeres Trabajadoras parece ser exitoso en este sentido.
 
Mañana, cuando se instalen las casillas se comprobaran estos presagios, o bien si Santiago Tlacotepec toma un rumbo completamente diferente.
 
Edgar Franco. Estudiante del posgrado en Política Pública en Stanford University
 

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