Foto: The Guardian

La información que me llega de México y Latinoamérica me da a entender que no se comprende bien quiénes son los jóvenes realizando los disturbios en Inglaterra. Veo la primera página de un diario mexicano y veo una foto de los estudiantes en Chile combatiendo tanques de guerra. En el mismo espacio, la noticia de la violencia juvenil en Manchester, Liverpool, Birmingham.

Para cualquiera que haya vivido en un país en vías de desarrollo, resulta muy difícil entender cómo es que se puede ser pobre y usar ropa de marca cara, comprar videojuegos, tener Blackberries y iPhones, usar audífonos que cuestan lo que una computadora portátil. En el contexto mundial actual, es comprensible que se piense que lo que ha pasado en Inglaterra es una insurrección social de tipo político. No es así, al menos no literalmente.

Los disturbios recientes en Inglaterra no son producto del hambre como se le conoce en Latinoamérica. Tampoco son una reacción pública explícita a un sistema inequitativo que de maneras muy sutiles todavía protege a una minoría privilegiada (casi siempre blanca, casi siempre anglo, casi siempre  de familias que siempre han sido privilegiadas, ido a las mismas dos universidades, etc.). Es imprescindible que se comprenda que a pesar de que Inglaterra llegó a contar con un ejemplar Estado de Bienestar impensable en el resto del mundo, este país está plagado por un clasismo y un racismo estructurales que, sin ser vulgarmente abierto, tiene modos sistemáticos de mantener el avance de unos cuantos a costa del retroceso de muchos. Pero es igualmente importante que se comprenda que este argumento no es la inspiración de los jóvenes que por las noches del sábado, domingo, lunes y martes han violentado el orden público mediante el el vandalismo descarado y cínico.

Es muy difícil y peligroso aventurar conclusiones sobre la características demográficas de los participantes en los disturbios. Sin embargo, existe ya amplia documentación visual que, a vuelo de pájaro, hace evidente que en muchos casos se trata de una juventud multiétnica, pertenciente a “minorías”: jóvenes en su mayoría negros, blancos de clase trabajadora, de origen asiático, etc. Estos no son jóvenes inmigrantes, como los jóvenes mexicanos ilegales que trabajan en Estados Unidos;  son jóvenes nacidos aquí, muchas veces en las mismas comunidades que han saqueado y destruido con violencia. Son jóvenes que son parte importante de la población británica. Son de Londres, de Manchester, de Liverpool, de Birmingham. Fueron a escuelas primarias y secundarias del Estado y tienen acentos locales, seguramente viven en multifamiliares ghettoizados provistos por el Estado, son desempleados o ganan el salario mínimo, forman parte de pandillas territoriales y vienen de familias fracturadas por la ignorancia, el desempleo, el alcoholismo, la discapacidad. (Sin embargo, hay que leer esto, publicado después de escribir este párrafo).

Los autores de los disturbios no reivindican a Bakunin, Marx o Freire, tampoco son artistas como Banksy o músicos como Tricky o Goldie (quienes también son de extracción pobre). Estos jóvenes representan el fracaso del capitalismo como modelo de bienestar social, y tristemente también el fracaso del Estado de Bienestar y de la corrección política, quienes han traicionado a toda una generación haciéndoles crecer en una cultura que sólo valora el dinero fácil en grandes cantidades y cuya meritocracia es cosmética y ficticia. Una generación educada en la glorificación de la violencia del ghetto y el glamur misógino del futbol y la música “urbana” comercial; una generación programada para pensar que uno es la marca de la ropa que usa, enfrentada al hecho que vinieron a un mundo donde lo único que se valora es el dinero. Jóvenes frustrados de crecer y vivir en una sociedad que pretende que el clasismo y el racismo no existen pero que todos los días se ven limitados y reprimidos, con las puertas cerradas en la cara.

La de Inglaterra es en general una sociedad consumista que, obsesionada con la productividad y la eficiencia, ha dejado de valorar el trabajo intelectual. La influencia de la cultura comercial estadounidense en las juventudes de los complejos habitacionales provistos por el Estado es total: el uniforme son pants y sudadera de gorro de algodón y tenis de reconocidas marcas deportivas transnacionales, cachuchas de Nueva York con la etiqueta todavía en el visor. El estereotipo dicta que su templo y centro de reunión social son las tiendas de ropa deportiva y los establecimientos de pollo frito para llevar. No toman el metro, andan en autobús o en bicicleta. Tienen perros tipo pit bull (Staffordshire Bull Terrier), y los usan para intimidar a sus oponentes y vecinos. Abandonaron la escuela, juegan videojuegos y oyen Grime y RnB, usan collares de imitación diamante con pendientes en forma del signo de dólar. (La situación es tan compleja que es imposible generalizar: ver esto por ejemplo).

Sin duda también hay muchísimos con estas características que no han participado ni realizarían estos actos vandálicos, pero es ahí precisamente donde la seriedad del asunto sale a flote: los hijos perfectos del capitalismo (aquellos que sólo quieren consumir y enriquecerse sin esfuerzo) son de hecho las víctimas ideales de la exclusión social sutil y sistemática. Al mismo tiempo, son víctimas de su propia condición: tras los disturbios, como tras los actos terroristas del 11 de septiembre y el 7 de julio, no habrá quien vea a un joven vestido así sin asumir que es un criminal. Por supuesto esto ya pasaba antes de los disturbios, pero es posible que ahora la polarización y el racismo se amplifiquen a su más alta magnitud. Se trata de un sector de la población británica bien identificada; conocidos como “hoodies” por la capucha de sus sudaderas, su situación no era para nada nueva para gobernantes ni medios.

Cuando los gobernantes han descrito los disturbios como “pura violencia sin sentido” la retórica les falla; revela una incapacidad política y cultural para admitir que lo fallido no es el individuo necesariamente sino la cultura que le produjo. A diferencia de las demostraciones estudiantiles o las revueltas del mundo árabe, en los disturbios ingleses no hay demandas, no hay pancartas, no hay mensajes verbales: no piden trabajo, ni igualdad, ni respeto, ni mayores oportunidades, ni el cambio de gobierno, ni el regreso de los apoyos financieros para buenos estudiantes de pocos ingresos. No piden nada; no dicen nada. Han salido a la calle en pandillas, en grupos de amigos, vestidos como se visten todos los días, en sus bicis, con sus tenis nuevos, se ponen la capucha y entre todos se ponen a destruir. Estos no son los ataques de los huelguistas que al manifestarse en una marcha pasan por un McDonald’s, le ven como signo del capitalismo y le grafitean y destruyen. No. Esta juventud disfruta de McDonald’s: es un símbolo aspiracional y el único lugar más o menos económico donde muchos jóvenes pueden ir a socializar. Su enojo no es con el capitalismo como sistema de exclusión e inequidad estructural, sino con una cultura que no les dio al nacer el dinero para  comprar lo que les han dicho que deben desear y que ven que muchos se pueden comprar.

Para concluir: la pobreza inglesa no es la pobreza de los países en desarrollo, pero sigue siendo pobreza y es de una seriedad alarmante. La exclusión y polarización social no funcionan del mismo modo. Estos disturbios tampoco son homólogos a las ‘revoluciones’ de la primavera árabe. Sin embargo, son una explosión del deterioro social causado por un sistema económico esencialmente injusto que ha pretendido que es posible mantener la riqueza excesiva de unos cuantos sin empobrecer a y corromper los valores cívicos de los grupos menos preparados.

Hasta ahora, la intelligentsia liberal británica se sigue rompiendo la cabeza tratando de entender  cómo es que esto ha sido posible. Quizá una de las razones sea que esta intelligentsia ha logrado vivir en un mundo donde la pobreza y la ignorancia se han mantenido invisibles o distantes, buscando las respuestas en la psicología y no en la sociología. Ahora, la realidad es innegable, incluso para aquellos políticos y académicos privilegiados que tradicionalmente no habían visto más allá de su nariz.

Ernesto Priego.

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