Hace poco más de un mes salió el libro The better angels of our nature: why violence has declined (“Los mejores ángeles de nuestra naturaleza: por qué la violencia ha bajado) del psicólogo Steven Pinker (el adelanto de su investigación lo presentó en los TED Talks hace cuatro años como se puede ver en el video, con subtítulos, que está arriba de este post). En él presenta distintas fuentes académicas para demostrar que a lo largo de los siglos la violencia entre los humanos ha ido bajando. Lo que quiere cuestionar Pinker es la idea de que nuestras sociedades modernas son particularmente violentas (en contraste con la idea romántica de pequeñas comunidades premodernas y pacíficas), y que esta supuesta prevalencia de la violencia social está motivada por la modernidad misma.

Pinker elabora algunas explicaciones posibles sobre la reducción de la violencia:

  1. La construcción de los Estados.
  2. El crecimiento de las ciudades.
  3. El “encarecimiento” de la vida humana.
  4. Los beneficios de la cooperación.
  5. La expansión de las oportunidades para generar empatía.

Sin embargo, la explicación más general que da es que hay ciertos valores, e ideas de la modernidad que han cambiado la forma en la que se relacionan la personas al grado de reducir los conflictos y reacciones cotidianas más violentas. Para muchos lectores, esto implica una defensa, sin muchos matices, de las ideas de “modernidad” y “progreso moral”.

Considerando el incremento reciente en la violencia en México, en particular su crueldad, no es sorprendente que este libro poco a poco vaya teniendo impacto en la discusión pública. Por ello, vale la pena considerar algunas de las críticas que sea han publicado en distintas revistas. En todas ellas se reconoce la reducción histórica de la violencia (con matices, pues a veces son importantes los números totales, y a veces las proporciones), pero se cuestionan los ejemplos y la respuesta a la pregunta que el mismo Pinker se hace en el título del libro.

En la revista New Yorker, Elizabeth Kolbert, critica la completa omisión que hace Pinker de la violencia que los países europeos ejercieron durante las colonizaciones de África y América para extender esos valores que Pinker usa como explicación de la reducción de la violencia:

Pinker virtualmente guarda silencio sobre las sangrientas aventuras coloniales de Europa (Ni siquiera está la palabra “colonialismo” en el gigantesco índice del libro.) Esta es una omisión bastanta grave, tanto por el tamaño de la masacre como por la problemática distinción entre “civilizado” y “salvaje”. ¿Qué revela sobre el impulso de control de los españoles que incluso cuando estaban aprendiendo cómo deshacerse de los fluidos corporales de manera más discreta, estaban de manera sistemática masacrando a los pueblos nativos de dos continentes? ¿O qué tal el humanitarismo británico que mientras se alejaban de prácticas como el desmembramiento como castigo público, enviaban esclavos a lo largo del Atlántico? ¿Y qué dice de que los franceses se refirieran a sus proyectos coloniales como “misiones civilizatorias”?

En la revista Prospect UK, el filósofo John Gray hace una crítica más dura, y ve el libro de Pinker como una reafirmación ingenua de la posición filosófica de los liberales-humanistas al argumentar que hay una causalidad entre los valores de la ilustración, el liberalismo y la reducción de la violencia. Después de enlistar a los pensadores que Pinker considera valiosos como promotores de las ideas y valores que reducido la violencia, Gray dice:

La dificultad se magnificaría si Pinker, incluyera a Marx, Bakunin y Lenin quienes indudablemente pertenecen a la familia extendida del movimiento intelectual que componía la Ilustración, pero no están en la lista. Como los otros defensores de estos tiempos de los “valores de la Ilustración”, Pinker prefiere ignorar el hecho de que muchos de los pensadores de la Ilustración han sido doctrinariamente antiliberales, mientras que varios de ellos estaban a favor del uso a gran escala de la violencia política, desde lo jacobinos que insistían en la necesidad del terror durante la revolución francesa, hasta Engels que veía con buenos ojo una guerra mundial en la que los eslavos -”aborígenes en el corazón de Europa”- serían eliminados.

Por último en el Boston Review, en vez de publicar una reseña, publicaron un intercambio entre dos filósofos, Mogan Meis y S. Abbas Raza. La discusión es fuerte, y da la impresión de que Raza le da una buena arrastrada a Meis. Los argumentos centrales son:

Meis:

Pinker nunca parece reconocer que la reducción de la violencia y el desarrollo de formas modernas de explotación están relacionadas. La reducción de un tipo de daño (guerras, torturas, crueldad física) depende del incremento en otro daño (grandes proporciones de la población mundial trabajan mucho para el beneficio material de relativamente pocos). Supongo que puedes llamar eso progreso. Pero, ¿por qué querrías hacer eso? Por qué no simplemente llamarlo por lo que es: el desorden del mundo real que el profundamente ambiguo y moralmente tramposo.

Raza:

Yo no considero, que las desigualdades de la modernidad (como las diferencias moralmente repulsivas en la riqueza entre países así como las desigualdades dentro de ellos, especialmente Estados Unidos) sean un producto secundario necesario del tipo de cambios que han resultado en la reducción de la violencia.

…a estas alturas creo que la carga de la prueba recae sobre ti, para demostrar que la reducción de la violencia que él ha documentado no sólo es contingente sino necesariamente y estructuralmente vinculada a lo que tu llamas “formas modernas de explotación”, porque si sólo están vinculadas de manera contingente, entonces tenemos que trabajar en reducir la explotación sin echar para atrás el progreso.

El tema y su discusión sin duda es interesante, pero sobre todo vale la pena tomarlo como eso, como una discusión no como un conjunto de recetas sencillas para ser usadas y repetidas en un momento de crisis como el que vivimos. Nada sería más injusto con el libro de Pinker, que en un momento de desesperación, como la violencia que hoy crece en México, que tomarlo como un manual o recetario sin mayor reflexión.

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