Circulando por internet hay dos textos que son buenas reflexiones en retrospectiva sobre lo que se conoce como el movimiento de indignados que surgió en España el año pasado, y que ha tenido réplicas en otros países del mundo, incluyendo algunas pequeñas en México.

El primer texto es del filósofo republicanista Philipe Pettit, quien fue un entusiasta partidario (aquí su informe sobre el gobierno de Zapatero) del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero en España. Alguna de las cosas que apoyó de aquél gobierno y defiende Pettit son: el matrimonio entre personas del mismo sexo, el esfuerzo para que haya igualdad de género, la regularización de inmigrantes ilegales, y el apoyo a los más vulnerables. Sin embargo el mismo Pettit reconoce que ni él, ni el gobierno de Zapatero, vieron venir la crisis económica y sus consecuencias.

Frente a la crisis económica convertida en crisis política, Pettit, dice que han surgido dos posiciones públicas. La primera, más al estilo de partido del Té en EEUU, que exige la disminución radical del Estado, y la segunda, radical hacia la izquierda, que exige el control de la economía por el Estado. En respuesta Pettit ofrece una tercera posición:

¿Cómo debemos responder a las crisis económica y sus consecuencias? Debemos evitar el deseo iconoclasta que busca demoler al gobierno o al sistema económico. No tiene caso defender la abdicación de la responsabilidad democrático como pide la respuesta plutocrática o negar la necesidad de montar el tigre de un sistema financiero independiente de forma populista. El tigre no puede andar suelto, pero tampoco debe ser cazado y asesinado.

La respuesta requerida, es una terecera alternativa que nuestra metáfora sugiere, amarrar y regular al tigre: ponerlo a trabajar con fines democráticos bajo restricciones que garanticen que sirva a esos fines. El reto es crear un régimen regulatorio bajo el cual el sistema financiero pueda continuar dándonos créditos sin que quienes participan dentro del sistema tengan una oportunidad o incentivos para poner el riesgo el bien común. Este es un reto democrático y no sólo tecnocrático. Sin duda requerirá conocimiento técnico para identificar los medios con los que los novedosos instrumentos del sistema financiero pueden ser regulados y dirigidos hacia el bien común. Pero depende de un parlamento responsable y de una ciudadanía contestataria explorar las fuerzas y debilidades de distintas propuestas y mantener la vigilancia sobre cualquier propuesta que se lleve a cabo.

El segundo texto fue publicado recientemente en La Jornada por Claudio Lomnitz. Es una reflexión sobre el significado histórico y el uso de la palabra dignidad, y por tanto indignado. Para Lomnitz hay una diferencia importante en cómo distintos grupos sociales usan el término dignidad, y por tanto en las consecuencias políticas esperadas de usarlo:

Pero aquí vale la pena reflexionar en dos cosas. Primero, importa distinguir entre el reclamo de dignidad de quienes no la han tenido y el reclamo del indignado. La revuelta zapatista en Chiapas, por ejemplo, fue un reclamo de dignidad para indígenas y campesinos, o sea un reclamo de ampliación radical del reconocimiento ciudadano. Fue un reclamo de extensión de derechos, de autonomía y de autogobierno.

La indignación de los indignados de hoy es otra cosa: una expresión herida de gente que tenía ya sus dignidades, ante expectativas violadas e incumplidas. Por eso la indignación no tiene en sí misma signo político, mientras la demanda de dignidad de quienes no la han tenido sí que lo tiene. La exigencia de dignidad para las mujeres, los indios, los negros, las minorías religiosas o los migrantes indocumentados será siempre una demanda progresista, mientras la demanda de restitución de una dignidad ofendida puede ser cualquier cosa. Igual de indignados están los anarquistas de la Plaza del Sol que los miembros de Tea Party en Iowa. De hecho, la restitución de la dignidad es un reclamo políticamente delicado, que igual aprovecha un gobierno autoritario que se erige en gran dignificador, que una democracia social, que busca la verdadera ampliación de derechos.

Los dos textos ofrecen reflexiones críticas que en vez de intentar demoler los argumentos y motivaciones detrás de estos movimientos, intentan entenderlos, leerlos, y buscar mejores formas para que sean entendidos.

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