La expectativa antes del debate presidencial del día de ayer, era que sería un debate muy similar a los tres debates presidenciales previos que ha habido en nuestro país. Debates sin muchas respuestas, sin muchos ataques, en los que no habría una presentación clara de lo que cada uno de los/as candidato/as representan en el contexto político. Comúnmente se dice que lo único importante son “las propuestas” sin embargo éstas suelen ser una fuga de la disputa política que representan distintos partidos y distintos candidatos. En los debates pasados las intervenciones eran más largas y no estaban planteadas como réplicas a la intervención de cada uno de los candidatos. A veces parecían monólogos con listados de políticas públicas en donde no había diagnósticos sino simple muestra de propuestas (que después resultan difíciles de cumplir). Se calificaban de acartonados y aburridos.

En contraste el debate de ayer tuvo un diseño mucho más ágil en donde era inevitable, que más allá de los temas abstractos que tenían que presentar los candidatos, con cada contraréplica tuvieron que enfrentar a sus adversarios. Las acusaciones y respuestas lo que provocaron fue que no hubiera un claro ganador del debate (aunque está claro que en términos relativos Quadri probablemente ganó más electores potenciales), y que en todo caso lo que hoy vemos sean a unos y otros más o menos afectados por el debate. No es que no haya habido “propuestas” sino que en muchas parecía haber acuerdo, y sólo en pocas un contraste explícito (como la privatización o no de Pemex). Por esa razón el debate se convirtió más bien en un debate sobre la credibilidad, experiencias y capacidad política de cada uno de los candidatos. En ese sentido dio información importantes para el electorado.

Animal Político publicó un compendio de los diversos ejercicios de opinión que hicieron. Dos cosas interesantes se pueden concluir según los datos que muestran: 1) Que el candidato puntero, Peña Nieto, resultó en términos relativos más afectado que sus adversarios, y 2) que el candidato del PANAL, Quadri (partido controlado por Elba Esther Gordillo) resultó el más beneficiado.

El contenido de las acusaciones y réplicas hizo un buen trabajo en representar a cada uno de los candidatos, con excepción de Quadri.  Enrique Peña Nieto sí tiene que cargar con los costos de ser candidato del aún desprestigiado PRI y de las consecuencias de haber sido gobernador del Estado de México. Josefina Vázquez Mota mostró la dificultad de presentarse como una candidata distinta al partido en el gobierno, al mismo tiempo que tiene que cargar con las responsabilidad de su trabajo como legisladora y funcionaria del gabinete. Andrés Manuel López Obrador no pudo salir del discurso que ha mantenido a través del tiempo, el cual aunque está convencido que sirve para enfrentar al puntero, no parece haberle ganado muchos nuevos simpatizantes. Gabriel Quadri logró desmarcarse de la descripción de lo que representa. No sólo atacó a los adversarios de Peña Nieto, sino que logró que nadie lo atacara ni a él ni a Elba Esther Gordillo quien le entregó la candidatura.

Considerando la forma en que cada uno se posicionó en el debate, en que enfatizó unas cosas y no otras, en cómo contestó a cada una de los ataques de sus adversarios, los electores no se pueden llamar a engaño una vez que emitan su voto sobre el pasado y las relaciones políticas de cada uno de los candidatos. Es decir, excepto en el caso de Quadri sobre el cual no se reveló su vínculo con el SNTE, los electores que hayan visto el debate y lo usen para definir su voto, sabrán qué representa en términos políticos el/la candidato/a que elijan.

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