En el Blog de la Redacción de Nexos, presentaremos en estos días varios textos que son parte de una discusión que inició con la publicación en el diario La Razón, de un artículo de Fernando Escalante, “Divino Tesoro”. En este segundo post, ponemos una respuesta de Escalante, y las comentarios que recibió de Juan Pedro Viqueira, Ariel Rodríguez Kuri y Celia Toro.

 

Querido Roberto, como siempre me alegra tener noticias tuyas, y como siempre te agradezco los comentarios. Seguramente es como dices, y sin duda tu acercamiento al 132 es muy distinto del mío. Pero tengo la impresión de que también estamos de acuerdo en muchas cosas. Trato de ir por partes, para ver si me aclaro.

1. Dices que La Jornada no es fuente confiable para documentar lo que es el movimiento, y que leer La Jornada es la mejor manera de hacerse una opinión negativa. Carlos Bravo me escribe en el mismo sentido, me dice que la imagen que ofrece La Jornada está distorsionada, y que el movimiento es otra cosa. Bien: es muy posible. Vamos, es seguro que La Jornada distorsiona, es seguro que informa mal, es seguro que lleva agua a su molino, es seguro que quiere convertir al 132 en una especie de apéndice de la campaña de AMLO. Por supuesto. En eso estamos absolutamente de acuerdo. Y uno lee algunas de las crónicas de La Jornada y se hace una idea francamente negativa del 132.

Ahora bien: en mi artículo dedico un párrafo a la manera de presentar las cosas por parte de La Jornada. Digo claramente que es abusiva y tramposa. Y digo que está tratando de darles atole con el dedo a “los muchachos”. Según yo, si algunos de los 132 tuviesen dos dedos de frente, y no estuviesen encandilados con la idea de formar El Movimiento, tendrían que denunciar a La Jornada con la misma energía con que denuncian a Televisa, y con más razón, porque la distorsión de La Jornada los afecta precisamente a ellos. Aquí sí, a elegir: a) no leen La Jornada, b) leen La Jornada pero no se enteran de lo que leen o no se dan cuenta de las implicaciones que tiene, c) les gusta lo que leen, les gusta verse así reflejados, les gusta como modelo, o bien, d) no quieren criticar a “la izquierda”, por el motivo que sea. En todo caso, lo que haya de rescatable en el movimiento habrá que rescatarlo de las manos de La Jornada para empezar (si no otra cosa, concédeme que mi artículo apunta ese camino).

Por otra parte, lo que digo cuando hablo del movimiento, los rasgos con que trato de caracterizarlo, no deben nada a los reportajes de La Jornada. Se trata estrictamente de las declaraciones públicas firmadas por el colectivo 132, las marchas convocadas por 132, y las exigencias de los pliegos petitorios de 132. No les atribuyo nada que no sea suyo (el problema, por supuesto, está en saber quiénes son “ellos”, pero a eso voy más abajo).

2. Que mi texto sea impulsivo, simplista y corto de miras, no lo discuto. Sí me gustaría dejar en claro un par de cosas. La primera, que yo no hablo en ningún momento de “la juventud”, ni para decir generalidades ni para decir especificidades (tú sí, por cierto, hablas de “los jóvenes de las universidades de todo el país”, empleando una sinécdoque que me parece abusiva, pero lo dejo de momento). En cuanto a que los “descalifique” y no vea “nada positivo” en ellos, creo que te equivocas –y creo que estás más cerca de descalificarlos tú, de lo que estoy yo.

Me explico. Yo no digo que el movimiento 132 sea inútil, no digo que sea malo, no digo que sea negativo, de hecho no digo nada malo. Digo que hace política, digo que hace política de una manera muy tradicional, y digo que tiene demandas –ideas, propuestas– que me parecen un poco raras como demandas e ideas de los jóvenes. Nada más. Es a ti a quien le parece que mi caracterización es una descalificación.

Veamos. Yo digo que el movimiento acusa rasgos de la vieja cultura mexicana de la protesta. Señalo que lo primero que hacen es pedir exceptuarse de cumplir con una regla, como haría cualquier intermediario político, cualquier corporación del antiguo régimen, como se ha hecho siempre. Señalo en segundo lugar la tendencia a que el movimiento se convierta en El Movimiento, y que las demandas concretas que pudo haber en un principio, se vayan disolviendo en ese mazacote que dice David Peña Alafaro, donde caben Atenco y el EZLN, la ABC, el SME y los que se sumen esta semana: te puede no gustar, te puede parecer que eso ya está distorsionando al movimiento (creo que Carlos Bravo va por ahí), pero es indudable que eso ha sucedido o empieza a suceder, según yo; en toda la prensa están sus comunicaciones, está su solidaridad con las otras luchas del pueblo mexicano. En tercer lugar, digo que manifiestan esa inclinación tan característica a descreer de todo, a denunciar mentiras por todas partes, empezando por el IFE. Es un rasgo corrosivo de nuestra vida pública, según yo, porque nos quedamos sin piso para discutir nada –algo he publicado ya al respecto, acaso lo recuerdes. Si no se sabe nada de cierto, si no se puede confiar en ninguna institución, si no se puede creer ni a los datos del censo ni a los resultados electorales del IFE, entonces –paradójicamente—se puede creer cualquier cosa, y un chisme difundido en la red es tan digno de crédito como la información del Banco de México o del INEGI.

Me detengo un instante, porque importa. Sin duda hay motivos para dudar de mucha de la información de fuentes oficiales, y de fuentes particulares también. Pero eso mismo nos obliga a ser más cuidadosos y más exigentes en la crítica. Y a cuidar las escasas instituciones confiables que tenemos. Me preocupa esa desconfianza sistemática porque estoy convencido de que conduce a la desinstitucionalización: habrá a quien le guste –y desde luego, es muy útil para hacer política que se pueda desestimar cualquier clase de información con sólo decir “no es verdad” o “¡Qué sospechoso!”. Comoquiera, me parece indudable que al menos una parte de “los muchachos”, y muchos de quienes les jalean, están en eso: empezaron con que Televisa distorsiona (¡vaya por dios!) y acabaron en dos días con que el IFE no es confiable, ni el conteo, ni la organización de la elección, y que mejor la UNAM se haga cargo. ¿Estamos de acuerdo en eso? Finalmente, yo digo que cuando se ven ante problemas reales, sin solución, lo único que se les ocurre, y corresponde a nuestra más vieja tradición, consiste en buscar a alguien con “autoridad moral” para que nos resuelva las cosas: un programa de cómputo diseñado por la UNAM, especialistas de la UNAM, auditoría a las encuestadoras hecha por la UNAM… ¿No es eso lo que han propuesto? Y de nuevo, tras la idea de la “autoridad moral” está la inercia de la desinstitucionalización.

Si nos podemos poner de acuerdo en que eso ha sucedido, en que yo no me he inventado los rasgos del “movimiento”. Entonces no veo que mi caracterización sea injusta. Limitada tiene que ser, porque el espacio es limitado. Parcial también, porque me interesa sobre todo subrayar esas continuidades con nuestra cultura de la protesta: porque de verdad me llama la atención.
Ahora bien: decir que el movimiento participa de nuestra vieja cultura de la protesta no es descalificarlo. No para mí, desde luego. Yo sólo digo que protestan igual que sus papás, casi por los mismos motivos que sus papás. Tú dices que eso es descalificarlos: pero es porque no te gustaba como participaban sus papás tampoco.

3. Viene lo que me parece más interesante. Creo que hablar de los jóvenes o la juventud mexicana o los jóvenes universitarios de todo México a partir de lo que hacen los que se llaman 132 es una sinécdoque abusiva. Y creo que ahí está todo el problema. A ver si me aclaro. En eso que vagamente identificamos como YoSoy132 hay varias cosas distintas, que más vale ver por separado.

a) En primer lugar están los 131 estudiantes de la Ibero que pusieron en Internet su foto, con credencial, para protestar contra Peña y decirle que no eran acarreados. Son 131, son de la Ibero, y básicamente dicen que Peña Nieto no les gusta. No hago menos el gesto, no dejo de valorarlo, pero importa tener claro lo que fue. El gesto fue simpático, atrevido, ingenioso –cosa verdaderamente de jóvenes, desde luego. Esos 131 no son “el movimiento”, eso está claro. Ni siquiera son los más representativos, creo, pero a eso voy después.

¿Qué significa el gesto? Insisto, gesto simpático, atrevido, joven. Varias cosas. En primer lugar, significa que se sienten seguros políticamente. No es poca cosa, y habla bien de nuestro régimen político. Los estudiantes saben que no los va a perseguir nadie por manifestarse así, con nombre y apellidos. Pero por otra parte, está también la seguridad que les da su posición de clase: un estudiante del Poli no tiene la misma seguridad, ni los de la UAM. Y protestan anónimamente, en bola, como corresponde. Por otra parte, dicen con mucho orgullo que “no son acarreados”, y tú lo repites, como rasgo de distinción: “no son acarreados” (lo de la manipulación es más vidrioso, mejor lo dejamos). Bien, ¿se te ocurre contra quién está dirigida una expresión así? ¿Contra los políticos que acarrean, o contra los que se dejan acarrear? Están convencidos, imagino que tú también, de que su participación es más valiosa, que su opinión cuenta más, porque ellos “no son acarreados” –y como contrapartida, lógicamente, piensan que vale menos la opinión de los acarreados, que después de todo han sido acarreados. De nuevo, me parece que eso delata sobre todo una postura de clase (creo haber leído algo similar en un artículo de Carlos Bravo, hace poco).

Por otro lado, ¿alguien se sorprende de verdad de que unos estudiantes de la Ibero sean anti-priístas? ¿No lo han sido toda la vida?

b) En segundo lugar, están los que concurrieron a la manifestación o manifestaciones primeras donde cobró carta de naturaleza el YoSoy132. Ahí hubo de la Ibero y de la UNAM y de todas las salsas. Manifestantes espontáneos y operadores electorales de AMLO. Como toda manifestación, fue un totum revolutum para expresar descontento. Ahora bien: a alguien se le ocurrió que había que dar forma y continuidad a aquello, que tenía que ser un grupo organizado, que tenía que representar a los jóvenes del país… Y así surgió la idea de YoSoy132 como representación de los jóvenes, es decir, YoSoy132 como “los jóvenes” (entendido que los jóvenes no son “los jóvenes”).

c) En tercer lugar están todos los que han venido asistiendo a manifestaciones, asambleas, reuniones y demás, para armar pliegos petitorios, definiciones y todo el resto. Tengo la impresión de que allí ya hay mucha más experiencia política, ya hay recursos tradicionales de la política universitaria operando –y hay la idea de convertir al movimiento, es decir, a “los jóvenes” en ariete electoral, y sobre todo ariete post-electoral contra el fraude. Y eso es mucho más turbio, y tiene poco que ver con los entusiastas muchachos de la Ibero.

Pongámoslo así: algunos operadores políticos (ni sé su edad ni me parece relevante) están tratando de organizar un movimiento político aprovechando el membrete, quieren que su movimiento tenga autoridad como representación de los jóvenes, y por eso se constituyen como voz de los jóvenes, y en la medida en que la prensa compra la idea, ellos son “los jóvenes”, y cualquier político que quiera dialogar con los jóvenes, tiene que dirigirse en realidad a “los jóvenes”. Y aquí creo que Ernesto Azuela acierta de lleno. Lo que preocupa a los jóvenes no es lo que preocupa a “los jóvenes”, tal como aparecen mediante la voz de YoSoy132. De nuevo: eso puede gustar o no, pero es así. “Los jóvenes” no son los jóvenes.

Tienes toda la razón en que podría hablar de otras cosas también, podría ocuparme de discutir lo que efectivamente han propuesto, la “democratización de los medios” y esas cosas. No sé si el resultado sería muy entusiasmante.

Como siempre, me da un enorme gusto conversar contigo –y me divierten mucho nuestros desacuerdos.

Recibe un abrazo de tu cuate
Fernando Escalante


Queridos Fernando y Roberto:

Me permito intervenir el debate con una nota puramente marginal.

Coincido totalmente con Fernando en las fuertes continuidades que existen entre #soy132 y los movimientos juveniles de protesta anteriores, lo que no debería sorprender a nadie: ni las revoluciones construyen un mundo nuevo. Dado el campo de acción política que se ha dado #soy132, la peor parte (no quiero decir que no tenga muchas cosas buenas y simpáticas) de esa continuidad es la desconfianza de #soy132 hacia el IFE. Y la segunda peor: ese dispendio de energía a lo tonto proponiendose cosas que no sirven para nada, y que comparten con la generación anterior de jóvenes que apoyaban al EZLN: no sirve absolutamente de nada ser observador electoral; un observador electoral, como su nombre lo indica, sólo puede observar. Yo lo fui dos veces en Chiapas y lo fui, no porque pensara que servía de algo, sino porque estaba investigando sobre los procesos electorales en Los Altos de Chiapas. Hasta en Chamula, te cuelgas el plástico de observador electoral y te puedes quedar todo el tiempo que quieras haciendo observación etnográfica sin que nadie te diga nada. Pero dudo mucho que ese sea el objetivo de los jóvenes de #soy132.

Si quieren ayudar a la limpieza de las elecciones, lo que tendrían que hacer es apuntarse como representantes de algún partido político, que esos sí sirven de mucho y sí tienen facultades legales para intervenir.

Además, me pareció entender que López Obrador dice que el está dispuesto a reconocer los resultados de la votación que surja de las casillas, “de los votos contados por el Pueblo” (los funcionarios de casilla, pues) y me imagino que más si vienen avalados por las firmas de los representantes de casilla de la coalición de partidos que lo postularon. Así que si López Obrador tuviera representantes en todas (o casi todas) las casillas de México, nos harían un gran favor a todos (exagero, a muchos). Además a los jóvenes, y no sólo a los de las universidades privadas, darse una vuelta por algún rincón marginado del país hasta puede ser una gran experiencia para ellos. Y lo mejor de todo: están a tiempo de ser poder ser registrados como tales.

En cambio, en este debate entre amigos, nadie ha mencionado la gran originalidad de #soy132: es el primer movimiento social en México que se presenta a sí mismo y que da a conocer sus reivindicaciones con un video colgado en Youtube, y además con un video muy bien hecho y que tuvo que exigir una gran coordinación de muchos de ellos. Sin llegar al extremo de McLuhan, de que el medio es el mensaje, pienso que esta novedad no debería ser pasada por alto.

Hay que reconocerles además a los jóvenes (y no tan jóvenes como se ve en la marcha de San Cristóbal y he sabido en la de la Comarca Lagunera) del #soy132 que ya lograron algo: que el próximo debate entre candidatos se transmita por los principales canales que cuentan con cobertura casi nacional (2 y 13). Aunque después de haber visto el anterior, no sé a quién le va a beneficiar más esto. Además es probable que gracias a ellos aumente la participación electoral de los jóvenes, lo que no suele favorecer al PRI. Si logran con eso que el PRI y sus aliados (PVEM y PANAL) no logren la mayoría absoluta en la cámara de diputados, por lo menos yo, les estaré muy agradecido.

Un último punto; ya sé que hoy en día nadie se acuerda del Sub; pero ¿no les llama la atención que no haya sacado ningún comunicado desde fines del año pasado? Más aun después de la aparición de #soy132: en cualquier otro momento, ya se hubiera subido a ese tren.

Un fuerte abrazo de
Juan Pedro Viqueira


Yo me sumo a los pesimistas. No veo en el #YoSoy132 el principio de una renegociación de los espacios de poder, ni una nueva forma de diálogo político. Más bien veo venir, y lo lamento, un “mazacote” post-electoral, que en las curcunstancias del país, me preocupa. Ojalá que todos juguemos el mismo juego (el del voto) y respetemos al árbitro (el IFE).

Saludos,

Celia Toro


Amigos:

No sé qué hacer con todas las suspicacias que aparecen en el texto de Fernando. Pero hay un asunto que juzgo meritorio en la brevísima saga del #Yosoy132: recordarnos que Berlusconi es una hipótesis de cualquier democracia contemporánea. Me interesa menos lo que el #132 pudiera tener de grandilocuente que su efectividad para señalar las relaciones estrechas, inextricables y de codependencia entre el modelo electoral y el régimen de medios de comunicación. Si el modelo electoral ha sido refundado y perfeccionado (y la mayoría de nosotros nos sentimos bien con ese esfuerzo), en cambio nos hemos acostumbrado al segundo como si se tratara de las exhalaciones del Popo: ni modo, qué se le va a hacer. (Apenas hace 48 horas supimos que se licitarán dos cadenas de televisión abierta pero, de otra suerte, es probable que se apruebe la alianza estratégica entre Televisa y Televisión Azteca.) Jalar la problemática de medios a la esfera pública por vías no convencionales es sano. Mantener las discusiones y negociaciones sobre las formas y alcances de la televisión como un mero asunto de estrategia de negocios es injusto y hasta perverso. Por eso a mí no me parecen tan viejos los jóvenes. Su obsesión no es el PRI sino Televisa. Y es precisamente en esa orilla tautológica donde los coloca Fernando (a punto de inventar un nuevo IFE, un nuevo IFAI) donde deben estar los del 132: inquiriendo cuáles son las reglas de funcionamiento de las televisoras, cuáles sus límites; proponiendo una autoridad que sujete el ánimo berlusconista de los propietarios (gobernarse a sí mismos, legislar para sí mismos hasta el grado de amnistiarse a sí mismos); recalcando que en México no tenemos televisión pública y que urge un órgano constitucional autónomo que la funde y la gestione.

Acepto que es en esos términos como me gustaría leer el programa del #132. Y reconozco que ese o cualquier otro programa se puede difuminar debido a una retórica imprecisa, a los episodios narcisistas en toda movilización de estudiantes, a las formas fluctuantes y siempre tentativas de organización de los jóvenes. Pero no sé si a éstos se les puede pedir, a cada momento, una prosa de consultores y un autocontrol de monje budista. No digo que así se resuelva todo, pero la catarsis, la fiesta y el carnaval parecen necesarios en una sociedad estresada y quizá por eso mismo predispuesta a sobrerreaccionar frente a los imponderables de la vida. Pero notemos un asunto: en realidad, y quizá debido a la eclosión del #132 justo en la coyuntura electoral, sus miembros se han visto constreñidos a comportarse más como ciudadanos jóvenes que como jóvenes iconoclastas. Aquel cartel que decía “Televisa me manipula más que mi mamá” hace énfasis en la televisora, no en la mamá (creo).

Me preocupa más, eso sí, que en el #132 se condense una lectura ominosa: qué va pasar, a dónde vamos a parar, por qué este desorden si todo estaba tan ordenado (y que conste que Fernando propone una lectura que repara más en lo aburrido que en lo ominoso del fenómeno). Si se me permite una generalización, este suele ser un acto reflejo de la psique mexicana.
Con un abrazo para Fernando, por esta oportunidad.

Ariel Rodríguez Kuri

 


Mi querido Ariel:

muy interesante tu comentario; pero ojalá de veras nos ocupáramos de eso, de reflexionar sobre quiénes están dispuestos a reestablecer la autoridad de un Estado tan maltrecha. Para que regule con inteligencia y eficacia muchas cosas, no nada más la televisión.

Sólo creo que el #132 no tendrá nada que ver con esto. Desde luego que tampoco tendrá la culpa de nada. Sólo será rápidamente rebasado.

Qué gusto leerte,
Celia Toro

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