En el Blog de la Redacción de Nexos, presentamos en estos días varios textos que son parte de una discusión que inició con la publicación en el diario La Razón, de un artículo de Fernando Escalante, “Divino Tesoro”. Esta discusión la cerramos con la última réplica de Roberto Breña, quien fue al mismo tiempo el que la inició.

Fernando:

Te agradezco tu amplia réplica. Imposible detenerme en todos tus argumentos. En algunos aspectos, como tú mismo señalas, creo que podemos estar de acuerdo. En otros, que a mí me parecen fundamentales, creo que definitivamente no. Pese a todas tus clarificaciones, me parece que ninguna responde directamente a una de las principales preocupaciones que estaba detrás de lo que me llevó a plantear y a abrir el intercambio que ha tenido lugar durante los últimos días: me refiero a ese “tono”, entre indulgente y despectivo, que empleas respecto al movimiento 132 a lo largo de tu artículo (un tono que, por cierto se refleja desde el título: “Divino tesoro”).

Este tono, más que ninguna otra cosa, fue lo que me pareció “descalificatorio” de tu parte. Me explico. No entiendo desde qué mirador lo que están haciendo los jóvenes del 132 puede ser visto como un “movimiento típico (a lo largo de la historia de México) de jóvenes universitarios que buscan su incorporación a la clase política”, como algunos plantean; tampoco veo en ellos ese “’mazacote’ post-electoral” que augura Celia. Estas son descalificaciones puntuales, pero, como sabes bien, hay muchas otras maneras de descalificar; concretamente, me refiero al tono que cada quien decide utilizar en los textos que escribe. En el caso de tu artículo, ya hice referencia al título, pero dicho tono tiene que ver también con haberle entrado al movimiento 132 (sobre todo) a través de La Jornada, con esas alusiones a que los jóvenes del 132 son muy (tan) similares a sus padres y a sus “abuelitos” (el término es tuyo), con criticar esa ambición excesiva de algunas de las peticiones del movimiento (¿cabe esperar otra cosa de estudiantes universitarios?), con la elección de unos cuantos carteles (tomados de La Jornada) que te parecieron especialmente reprobables y por último, con esa supuesta deriva hacia la invención del IFE por parte del movimiento y, “si nos va bien, hasta el IFAI” (una vez más, la expresión es tuya). Es este “tono” el que suscitó mis comentarios, así como algunos de los adjetivos que utilicé para referirme a tu artículo (los cuales, dicho sea de paso, extrapolas injustificadamente, pues yo sólo me refería a ese artículo).

El movimiento tiene, sin duda, algunas de las taras, limitaciones y peligros que señalas y que te preocupan con mucha razón. Asimismo, por supuesto que es imposible estar de acuerdo con todo lo que plantea. No obstante, mi punto central era, y sigue siendo, que el movimiento 132 tiene aspectos muy positivos y muy importantes para la vida pública mexicana. Los comentarios de Blanca y de Ariel me lo confirman y refuerzan mi idea de que tu manera de acercarte al movimiento en ese artículo fue claramente sesgada. Ese texto (que no tu réplica) me parece corresponder de cierto modo con la caricatura que Calderón publicó en el periódico Reforma este viernes (8 de junio), en el que un jovencito malcriado, vestido de una manera un tanto peculiar, con un argolla en la nariz y evidentemente berrinchudo (que representa al movimiento 132, pues así se le identifica de modo explícito) aparece con un cucharón en la mano vociferando: ¡uleeeroo! (atrás, aparece una enorme olla que lleva inscrita la palabra “debate”).

Concluyo: independientemente de los resultados del 1° de julio, el movimiento 132 modificó un anodino referéndum por el PRI en una elección competida, despertó a miles de estudiantes universitarios (de todo el país y de diversas clases sociales) y, con su peculiar manera de organizarse y manifestarse, está poniendo contra las cuerdas al “maridaje” mexicano entre política y televisión (lo cual, sobra decir, no quiere decir que vaya a tener éxito). Al respecto y a riesgo de parecerte demasiado ingenuo, creo que Popper sabía de lo que hablaba cuando en el último artículo que al parecer escribió en su vida, llamó la atención sobre la enorme importancia de limitar los abusos del desmesurado poder político que había adquirido la televisión en las democracias contemporáneas; un poder que, desde su punto de vista, ponía en peligro la supervivencia de las mismas.

Cordialmente,

Roberto Breña

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