Después del conflicto postelectoral que hubo en el 2006, es difícil no pensar si en las elecciones del domingo que viene no habrá otro conflicto de la misma naturaleza. Los conflicto postelectorales, en México y en el mundo, son producto de un hecho de la democracia electoral que es ineludible: toda elección genera ganadores y perdedores.

En un libro, llamado Loser’s Consent: elections and democratic legitimacy (El consentimiento del perdedor en español), los autores (Christopher J. Anderson, et al) investigan el papel de los perdedores en los sistemas electorales. Su investigación surge de la preocupación de que en la ciencia política se suele estudiar cómo se producen y quiénes son los ganadores, pero muy poco qué pasa y cuál es el papel de los perdedores. El tema, aunque poco estudiado, es clave porque el sistema electoral sigue funcionando sólo si los perdedores conceden la victoria al ganador, en dos sentidos: 1) no derrocan al gobierno electo, y/o 2) siguen participando en el sistema electoral (En México esto no ha sucedido desde 1970-1976 cuando el PRI en la elección de 1976 fue el único partido que presentó candidato presidencial, y ya desde la transición de mediados de los años noventa, aunque han habido reclamos sobre las elecciones, todos los actores han seguido participando).

Lo primero que hacen Anderson et al. es mostrar que en la gran mayoría de los países estudiados (en algunas ocasiones incluyen México) hay una diferencia, una “brecha”, entre las percepciones que tienen los perdedores de una elección y los ganadores  sobre el proceso electoral y sobre la democracia en general. No resulta sorprendente que en básicamente todos lados es más probable que entre los votantes de partidos perdedores haya una percepción de que las elecciones no fueron justas, y que el sistema democrático no está funcionando, y que sonlos votantes de partidos ganadores quienes más comúnmente se muestran más satisfechos con las elecciones y las instituciones democráticas después de ganar. La diferencia entre la visión positiva de los ganadores, y la visión negativa de los perdedores es lo que determina el tamaño de esa “brecha”. Incluso este cambio se da entre votantes de un partido que en una ocasión gana, y en otra pierde, y viceversa.

Por ejemplo en la gráfica presentada aquí abajo se puede ver que aunque en la gran mayoría de los países existe esta “brecha” entre la satisfacción con la democracia entre votantes ganadores y votantes perdedores hay diferencias en el tamaño de la brecha en cada uno de ellos.

 

¿Qué explica estas diferencias? Anderson et al. llegan a varias conclusiones que son muy interesantes para entender las reacciones que muchos tendremos una vez que sepamos el resultado de la elección la semana que entra. Su investigación busca entender qué creencias, instituciones y contextos hacen más grande o pequeña esta “brecha”.

Aquí algunas de sus conclusiones:

1) En las democracias más nuevas, es más amplia la brecha que separa a la satisfacción de los ganadores de la de los perdedores. En las democracias más viejas la brecha es más pequeña. Esto, infieren los autores, se explica porque los votantes en democracias viejas están más acostumbrados a perder, y saben que aunque en una ocasión pierden pueden ganar en la próxima. Es decir, los votantes en las democracias competitivas poco a poco aprenden a perder.

2) Los sistemas electorales con “varios ganadores” como por ejemplo son los sistemas más proporcionales y los sistemas federales, suelen también tener una brecha más pequeña entre la satisfacción e insatisfacción de ganadores y perdedores, que los sistemas mayoritarios y centralizados. La explicación de los autores es que entre más espacios haya en los que las minorías también pueden ganar, hay menos sensación de pérdida. Perder no significa perder todo en un sistema proporcional. Otra explicación es que los perdedores saben que si hay más actores tomando decisiones es poco probable que las políticas públicas del gobierno sean muy radicales o sólo representen a la porción ganadores del electorado.

3) Los votantes perdedores con posiciones más extremistas suelen estar más insatisfechos con las elecciones y el sistema democrático, y a su vez los votantes extremistas cuando son ganadores suelen ser los más satisfechos. A su vez los votantes de izquierda cuando pierden suelen estar más insatisfechos, que los votantes de derecha cuando pierden. Y los votantes de partidos que pierden varias veces consecutivamente o votantes de partidos nuevos también suelen ser los más insatisfechos entre los votantes perdedores. Las explicaciones para cada uno de estos casos son distintas, pero son todas interesantes en el sentido de que los votantes llevan ideas preconcebidas sobre cómo reaccionarán al resultado electoral, de manera independiente a la instituciones que existen.

¿Cómo reaccionaremos tanto ganadores como perdedores después del primero de julio frente al resultado electoral? No lo sabemos, pero podemos darnos una idea según las creencias, el contexto y las instituciones que hoy hay en nuestro país. Diferentes grupos de votantes y políticos reaccionarán de manera distinta, pero es probable que la gran mayoría de quienes pierdan empiece a calcular qué instituciones puede cambiar para contrarrestar lo que consideran injusto,  con qué espacios cuentan para influir en las decisiones públicas, y cómo le pueden hacer para ganar en la siguiente ronda.

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