El texto de Roy Campos publicado en este Blog,  “Encuestas 2012: seguimos sin pronosticar”, presenta al menos dos aspectos debatibles.

El primero es la petición de principio del texto mismo, a saber: que las encuestas no son pronósticos. Entiendo que hay buenos argumentos técnicos y metodológicos para sostener que las encuestas no pronostican lo que sucederá sino que retratan lo que está sucediendo, y  que esto que sucede puede cambiar. Pero no discutamos la teoría ni la palabra pronosticar, sino lo que sucedió realmente con las encuestas que se equivocaron  gravemente en las proporciones de su pronóstico sobre la elección presidencial, entre ellas Encuesta Mitofsky. El punto central es que no estaban haciendo fotos aisladas en el tiempo. Estaban midiendo el mismo fenómeno en una serie y lo retrataban cada semana.

Cuando se ha medido semana con semana el mismo fenómeno, y se falla por 8 puntos en la foto de la semana siguiente a la última medición, hay un problema de pronóstico. Hay la interrupción hasta ahora inexplicada de una tendencia, hasta ese momento, y durante varias semanas, básicamente estable.

Así lo leyó la gente y así lo leímos muchos analistas obligados a la objetividad o al menos a un esfuerzo honesto por alcanzarla. Por su consistencia consigo misma y con los resultados de otras casas encuestadoras (Buenda/Laredo, Beltrán y Asociados, Parametría, Gea-Isa´, etc.) dimos  la serie por exacta, dentro de los márgenes  de error declarados por cada quien.

Dimos crédito a la tendencia que podemos llamar pronóstico o foto secuencial. La serie misma indicaba que el resultado sería consistente con esa serie. Lo que queda por explicar es por qué la serie saltó fuera de su tendencia, precisamente en la semana clave: la del resultado.

La segunda complicación está contenida en un párrafo que cito.

Dice Roy Campos que entre los encuestadores acreditados,

hay quienes solucionan de manera pragmática la discusión con una salida ‘fácil’. Presentan 2 resultados, aunque sean muy distintos, uno es el resultado de la encuesta y otro es un modelo de pronóstico; este “modelo” puede ser tan sencillo como aplicar algunos filtros o tan complicado como introducir variables exógenas pero en ambos casos el problema es su discrecionalidad, cada encuestador puede seguir su intuición y esta puede ser distinta elección tras elección; este año tuvimos pruebas de ello, en junio una encuesta tuvo 12 puntos de diferencia entre 1ro y 2do pero su “modelo” le arrojó que serían 8; y por el contrario otro encuestador tuvo la encuesta en 8 puntos pero publicó su modelo mostrando que pensaba que serían 14 puntos. A una de ellas su intuición le decía “se va a cerrar”, a la la otra “se va a abrir” sin importar lo que les respondían los encuestados.

Esto equivale a decir que hubo quien cuchareó según su intuición, “sin importar lo que les respondían sus encuestados”. Es la peor crítica que puedas hacerle a los encuestadores. A partir de esta descripción de los hechos, es factible sostener las acusación fundamental que se hace hoy a las encuestadoras: cucharean por capricho, por partidismo o por conveniencia.

Creo que hay que hacer un esfuerzo de explicación mayor y más puntual, un esfuerzo  que estamos esperando muchos, porque el consenso en el tamaño de la equivocación de las principales y más difundidas encuestadoras de México, significa un problema serio de opinión pública, de credibilidad del entorno democrático y de simple profesionalismo en un instrumento clave del conocimiento de la sociedad que vota, que son las encuestas.

Nos están regresando a la situación en que debemos creer a la encuesta que nos late. A la edad de piedra de la demoscopía.

Héctor Aguilar Camín. Director de la revista Nexos.

Te recomendamos: