Héctor, por supuesto no puedo dejar de responder a tu artículo, porque me citas en forma textual y porque das una interpretación que podría ser mal utilizada. Veo de fondo dos argumentos y creo en uno tienes razón pero en otro absolutamente ninguna.

Primero me refiero al segundo, para algunos las encuestas “deben” decirnos con cierta precisión el resultado final y más cuando existe una serie con la que se puede obtener una tendencia, entiendo eso pero se omite el centro de mi argumento: los ciudadanos que votan NO son los que midieron las encuestas, cada una de las mediciones que las encuestas hicieron durante la campaña estimaron la opinión de mas de 78 millones de ciudadanos; una semana después, el 1 de julio, conocimos la decisión de “solo” 50 millones de ellos y ese hecho, solo ese, sin necesidad de que esos 50 millones hayan cambiado su preferencia como pudieron haberlo hecho, es mucho más importante que la FIL, que la campaña de spots, que el 11 de mayo en la Iberoamericana y que muchas otras cosas que movieron mucho más las preferencias, como lo digo en el texto que citas: “el evento más impactante en una elección, por mucho, sin ningún otro que se le acerque, es sin duda el momento en el que un grupo de ciudadanos decide estar en la categoría de ‘votante’ o en la de ‘abstencionista’ en este caso fueron 28 millones de mexicanos que SÍ fueron medidos en las encuestas pero NO en las urnas, si de verdad quisiéramos conocer si las encuestas midieron bien se requiere comparar al menos a la misma población. Sin embargo entiendo el problema, porque a pesar de todo, las encuestas siguen siendo la forma más adecuada de darse una idea de lo que puede pasar en una elección y para muchos, algunos sumamente inteligentes, esa idea no solo debe quedarse ahí sino volverse certeza; cuando “falla” quien con ellas pronostica luego descarga su falla en la encuesta.

Como digo en el texto, una solución que algunos encuentran es presentar dos datos de la encuesta: el que sale directamente de las respuestas ciudadanas y una especie de “modelo” que nos dice “lo que puede pasar” y ahí te doy algo de razòn. Para mi la encuesta debe reportar lo que sale y ese es el dato a comparar con el resto de las encuestas, lo otro ya no es encuesta sino el producto de hipótesis y de variables exógenas; vimos al final de la campaña a dos empresas que dieron el resultado de sus encuestas sin alterarlos, como los obtuvieron, no violaron ningún principio, pero además de ello nos brindaron un segundo resultado con su visión de lo que podía pasar, esa parte no está homogeneizada, cada investigador tiene sus teorías del comportamiento del votante y de esa forma para una de esas empresas el resultado fue “más abierto” que su encuesta y para el otro fue “más cerrado”; esa descripción la ubicas como un posible cuchareo y no es así, las dos empresas presentaron las encuestas como debe ser, con la respuesta de sus encuestados, pero le agregaron información al análisis, a una le fue bien y a la otra no con sus modelo, tal vez eso no te convenza pero NO son encuestas y NO son los datos que conociste durante esta campaña.

Como ves no es tanto el desmentirte sino el aclararte, hoy justo la discusión parece ser, permíteme citarme de nuevo en el texto publicado en el portal de Nexos: “¿a qué público debemos atender? ¿Al que nos pide pronósticos o al que nos exige diagnósticos?” En la primera parte pareces sugerir que nos debemos inclinar por el que pide pronósticos, pero luego evidencias que para hacerlo se caería en la discrecionalidad, cada quien trataría de estimar no solo cuántos votarán sino como serán y como cambiarán sus preferencias en los últimos días, eso es adivinar y yo insisto en que no es mi negocio, quien me contrata espera que mida no que pronostique.

Roy Campos. Director de Consulta Mitofksy.

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