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El 2 de septiembre, Calderón anunció una reforma política que parecía partir de un diagnóstico adecuado; en su discurso del tercer aniversario de su gobierno esbozó los términos de lo que presentaría y finalmente ha enunciado los contenidos de lo que enviará al Congreso.

Lamentablemente, el buen diagnóstico de septiembre se convirtió en un domingo siete anunciado. En lugar de proponer una reforma democratizadora, Calderón ofrece un menú acedo de más presidencialismo y menos representación. El viejo sueño de los fundadores del PAN, que siempre imaginaron un país bipartidista donde ellos se alternaran en el poder con el PRI se refleja en la iniciativa presidencial.

Una a una, las propuestas presidenciales reafirman el carácter conservador del gobierno que las propone. Empecinados en transitar por el camino fallido del presidencialismo, diseño del siglo XVIII al que México se ha aferrado a pesar de sus sucesivos fracasos, los diseñadores del proyecto presidencial no hacen más que parchar el raído traje con supuestas fórmulas innovadoras que, sin embargo, han dado ya magros resultados en otros países de América Latina donde se han probado.

La segunda vuelta sólo en la elección presidencial no sirve realmente para fortalecer a la presidencia, pues no resuelve el conflicto potencial entre ejecutivo y legislativo. Por el contrario, lo puede agudizar, como ocurrió en el Perú con Fujimori. La reducción de diputados y de senadores aleja la representación de la ciudadanía, recorta pluralidad y favorece a quién si no al PRI y, en menor medida, al PAN. La elevación del porcentaje para que un partido entre a la cámara del dos al cuatro por ciento  deja sin representación a opciones capaces de atraer a más de un millón de votantes. Por lo demás, en la propuesta de Calderón no hay nada sobre la modificación de un sistema de registro de partidos que propicia el clientelismo y la corrupción. La reforma propone menos partidos pero igual de clientelares y poco ciudadanos.

Hasta en sus aspectos positivos, como el de abrir la posibilidad de reelección de diputados y alcaldes la propuesta es conservadora, pues pone un límite y no dice nada sobre el fortalecimiento de los cabildos como espacios de representación plural.

Creen los diseñadores que la iniciativa preferente va a fortalecer a la presidencia. Lo más probable es que frecuentemente sirva para exhibir la debilidad presidencial. Lo demás es cosmético. Las candidaturas independientes no van a servir de mucho, a menos que caigan en manos de caudillos o de millonarios; la iniciativa popular es un camelo que no va a dar ningún resultado. La realidad de la reforma es que recorta pluralidad y ni acerca la representación a la ciudadanía ni resuelve el conflicto entre el ejecutivo y el legislativo. Eso sí, va a propiciar un reparto oligárquico del poder. A ver si los excluidos no agudizan el conflicto en las calles, fuera de las instituciones, como ocurría antes de 1977.

Jorge Javier Romero. Politólogo.

El 1 de septiembre, Calderón anunció una reforma política que parecía partir de un diagnóstico adecuado; en su discurso del tercer aniversario de su gobierno esbozó los términos de lo que presentaría y finalmente ha enunciado los contenidos de lo que enviará al Congreso.

Lamentablemente, el buen diagnóstico de septiembre se convirtió en un domingo siete anunciado. En lugar de proponer una reforma democratizadora, Calderón ofrece un menú acedo de más presidencialismo y menos representación. El viejo sueño de los fundadores del PAN, que siempre imaginaron un país bipartidista donde ellos se alternaran en el poder con el PRI se refleja en la iniciativa presidencial.

Una a una, las propuestas presidenciales reafirman el carácter conservador del gobierno que las propone. Empecinados en transitar por el camino fallido del presidencialismo, diseño del siglo XVIII al que México se ha aferrado a pesar de sus sucesivos fracasos, los diseñadores del proyecto presidencial no hacen más que parchar el raído traje con supuestas fórmulas innovadoras que, sin embargo, han dado ya magros resultados en otros países de América Latina donde se han probado.

La segunda vuelta sólo en la elección presidencial no sirve realmente para fortalecer a la presidencia, pues no resuelve el conflicto potencial entre ejecutivo y legislativo. Por el contrario, lo puede agudizar, como ocurrió en el Perú con Fujimori. La reducción de diputados y de senadores aleja la representación de la ciudadanía, recorta pluralidad y favorece a quién si no al PRI y, en menor medida, al PAN. La elevación del porcentaje para que un partido entre a la cámara del dos al cuatro por ciento deja sin representación a opciones capaces de atraer a más de un millón de votantes. Por lo demás, en la propuesta de Calderón no hay nada sobre la modificación de un sistema de registro de partidos que propicia el clientelismo y la corrupción. La reforma propone menos partidos pero igual de clientelares y poco ciudadanos.

Hasta en sus aspectos positivos, como el de abrir la posibilidad de reelección de diputados y alcaldes la propuesta es conservadora, pues pone un límite y no dice nada sobre el fortalecimiento de los cabildos como espacios de representación plural.

Creen los diseñadores que la iniciativa preferente va a fortalecer a la presidencia. Lo más probable es que frecuentemente sirva para exhibir la debilidad presidencial. Lo demás es cosmético. Las candidaturas independientes no van a servir de mucho, a menos que caigan en manos de caudillos o de millonarios; la iniciativa popular es un camelo que no va a dar ningún resultado. La realidad de la reforma es que recorta pluralidad y ni acerca la representación a la ciudadanía ni resuelve el conflicto entre el ejecutivo y el legislativo. Eso sí, va a propiciar un reparto oligárquico del poder. A ver si los excluidos no agudizan el conflicto en las calles, fuera de las instituciones, como ocurría antes de 1977.

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