La semana pasada, a través de redes sociales, muchos medios de comunicación se enteraron que en Ciudad Nezahualcóyotl había un ambiente de pánico que provocó cortes en el transporte público, cancelación de clases en las escuelas y cierres en comercios. Hasta el momento no se sabe con certidumbre qué ocasionó estas corridas de pánico. Una explicación dada por las autoridades fueron los rumores propagados a partir de un conflicto entre organizaciones de mototaxistas, otra, contada por vecinos es que efectivamente había una amenaza real del crimen organizado y balazos en la calle. 

Al día siguiente de los eventos en el Estado de México, en el Distrito Federal, en las delegaciones Tláhuac, Iztapalapa  e Iztacalco también los rumores de ataques del crimen organizado generaron pánico. Aunque parte de estos rumores se propagaron en redes sociales, a diferencia de lo sucedido en el Estado de México, la policía del Distrito Federal arrestó a cuatro personas que en la calle con megáfonos advertían a comerciantes que cerraran sus negocios para no ser atacados por una organización criminal. 

En este texto Kathya Millares, editora de la revista Nexos, ofrece una breve narración de lo que se vivió la tarde y noche del jueves en Tláhuac. 

La tarde del jueves 6 de septiembre estaba caminando por la calle de Ayuntamiento cuando recibí una llamada a mi celular. Era mi madre preguntando si era cierto que integrantes de La Familia Michoacana se habían enfrentado en ciudad Nezahualcóyotl y si estaban saqueando comercios y secuestrando personas en Iztapalapa y Tláhuac. Le dije que no sabía, pero que trataría de averiguar. No soy usuaria de ninguna red social y tampoco podía sintonizar una estación de radio en mi teléfono porque no traía los audífonos, así que llamé a otra persona para preguntarle si había escuchado algo sobre ese asunto. La respuesta que recibí fue breve: “acaban de confirmar que es un rumor”. Eso mismo le repetí a mimadre en otra llamada en la que ni ella ni yo tratamos de gastar más de un minuto.

El resto de la tarde lo recorrí a pie y en medio de una ceguera informativa. No volví a pensar en La Familia Michoacana rondando en el oriente de la ciudad hasta que estuve en la fila para tomar un microbús de la Ruta 50, que va del Metro General Anaya hasta la colonia del Mar, en Tláhuac. Eran un poco más de las ocho de la noche y la cantidad de personas que estaban formadas superaba por mucho a la que hay cada día, a esa hora. Ahí estuve en contacto con la primer señal de que algo se había estropeado: no había suficientes camiones. Pensé que el tráfico estaba retrasando su llegada. Lo que siguió fue una espera de veinte minutos, escuchando que más de uno de los que estaban enfrente de mí habían sido advertidos por sus familiares para que trataran de volver lo más temprano posible a su casa porque había delincuentes asaltando por la zona de San Lorenzo Tezonco. La tranquilidad de ellos, de los que hablaban, radicaba en que ya habían rastreado en su TL o en Facebook qué había de cierto y de mentira en esa noticia.

Al subir al microbús, las versiones de los pasajeros se apagaron. Pasamos por una avenida Taxqueña vacía, por un Canal de Miramontes con escasos comercios abiertos y sin gente en los parabuses, algo que sólo se puede ver un domingo por la noche. A la altura de la Alameda del Sur, la conversación del chofer y del amigo con el que iba platicando, cambió de sentido y se centró en la excepcional tranquilidad de las calles. El joven que iba manejando tejió una versión que partía de las dos de la tarde de ese día. Aseguró que a esa hora les avisaron que en San Lorenzo se habían enfrentado unos narcos, que algunos de ellos habían muerto y que el exceso de patrullas se debía a que los de La Familia Michoacana habían entrado a destrozar todo en una de las colonias cercanas. En tono de burla hizo el recuento de cada uno de los choferes que, por temor, dejaron a la mitad su jornada. En ese instante corregí mi hipótesis acerca de las largas filas en los paraderos. El siguiente fragmento de esa crónica –y el último que yo pude escuchar- fue delirante.

– Parece que todo este desmadre es porque agarraron al Chapo –quién sabe dónde- y que por eso estos perros andan matando -dijo el que tenía el volante en las manos.

- A ver si no amanecemos mañana con colgados en los puentes y descuartizados en los micros, como en Guerrero -contestó el acompañante.

Al bajar del microbús me estaba preguntando quién le había llenado al chofer la cabeza con toda esa información. Mientras caminaba, reconocí el silencio en las calles de mi colonia. Nunca había visto que un jueves, cerca de las diez de la noche, la farmacia, los puestos de tacos y las tiendas estuvieran cerrados. No había gente ni luces de automóviles.

Más tarde supe que esta desconcertante quietud se debía a que un par de mujeres pasaron, entre las dos y las tres de la tarde, advirtiendo con gritos que tenían que cerrar los comercios porque los de La Familia Michoacana acababan de entrar en la Miguel Hidalgo –una de las colonias vecinas- y que estaban asaltando. Todos les creyeron, hasta en la primaria y la secundaria del rumbo, prefirieron enviar a los alumnos a sus casas.

No sé qué habrán pensado mis vecinos cuando, horas después, escucharon las declaraciones del secretario de Seguridad Pública del Distrito Federal, Manuel Mondragón y Kalb, en las que informaba que todo había sido un rumor, que no había bloqueos ni enfrentamientos en la ciudad de México. Lo que sí puedo decir es que ellos tomaron el asunto muy en serio, tan es así que no salieron de sus casas hasta la mañana siguiente, cuando parecía que aquella tarde de jueves no era más que el recuerdo de un mal sueño compartido.

Kathya Millares. Periodista y editora.

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