Imagen: Walter Toscano

En días recientes, en este blog, hemos publicado varios textos con argumentos explicando por qué los plagios cometidos (también presentados) por Alfredo Bryce Echenique son suficiente razón para no darle el premio FIL 2012. La discusión pública sobre el tema ha sido rica, y distintos puntos de vista se han expresado en varios medios impresos y en internet. No son muchos los textos publicados defendiendo la entrega del premio a Bryce Echenique, pero sí los hay y centran su argumentación en la distinción entre la obra literaria de un autor y su obra periodística. Es decir reconocen que Bryce Echenique plagió, pero acotan los efectos de ese plagio sólo a una faceta de su trabajo a la cual -se dice- no se le otorga el premio, pues se le otorga a otra parte de su trabajo que no fue plagiada y que por méritos literarios -dicen- merece el premio.

En afán de darle voz a los dos lados de la discusión ofrecemos algunos párrafos de quienes sostienen la posición antes descrita:

Juan Cruz en El País:

Me ha dejado estupefacto la recarga de adjetivos peyorativos que ha sufrido la totalidad de Alfredo, no un poco de Alfredo, sino la totalidad de Alfredo, como si una conjura más grande que la vida (en la que también participan, aunque no hayan querido, algunos que se titulan amigos suyos) se hubiera cernido sobre su persona y no sólo porque en su historia personal y pública haya la mancha que ahora quieren verle no sólo en un lado de la chaqueta sino en el cuerpo completo, como si Bryce no tuviera que existir al menos como el otrora celebrado autor de obras de ficción (y de memorias) que a mucha gente nos resultan imprescindibles para conocer su alma cambiante y el alma cambiante de la vida.

Marcial Fernández en El Economista:

Sí, aunque a veces la literatura echa mano del periodismo para darle agilidad a un texto, o bien el periodismo se vale de algunos recursos literarios para causar un mayor o menor impacto en el lector, sus fines últimos no pueden estar más alejados, pues mientras el literato busca la gracia, la epifanía o el punto de quiebre entre la realidad y la ficción, el periodista trata de encontrar la certeza en una realidad ajena a la ficción, en la que la gracia o la epifanía son absolutamente inaceptables.

A Bryce Echenique se le puede acusar de ladrón, de mal periodista, de sinvergüenza, etcétera, pero no de mal literato. Lo suyo, por lo visto, es la ficción, no la realidad. Y es en tal ámbito en el que se mueve la literatura y por la que se dan los premios literarios.

Xavier Velasco en Milenio:

No conozco una ley de mi país cuya función sea la de estigmatizar, menos aun de forma vitalicia. He visto a verdaderos criminales reivindicados como prohombres e incluso convertidos en congresistas inmunes y orondos, cuyas obras siniestras serían suficientes para recluirlos de por vida en un ergástulo. Es más fácil, por tanto, apuntar los cañones contra un simple novelista, aun si su obra es magnífica e impagable. No soy juez, ni abogado, ni me uno a las envidias que pretenden —ja, ja— minimizar sus méritos literarios y colgarle un estigma vitalicio por causa de un entuerto periodístico del que se dice más de lo que se sabe. Si preguntan, le creo a mis amigos y Alfredo es uno de ellos. Celebro que lo premien y levanto mi copa a su salud.

Marianne Ponsford en El Espectador:

El plagio en sus columnas fue acto de vejez. El mundo literario sabe que las novelas tardías de Bryce no son muy buenas. Que el escritor se extravió en el alcohol, y en la huida desesperada de quien ya no sabe si es europeo o latinoamericano. Si está mejor aquí o allá. El siglo XX (al que yo pertenezco) ha admirado profundamente la mezcla de refinamiento y delincuencia como cualidad del artista, como asegura el académico James Lasdun en un ensayo. Y Bryce Echenique encarna a la perfección ese ya moribundo arquetipo. Pero entiendo la palabra delincuencia aquí como desmesura, como irreverencia, como rechazo extremo y rebelde del statu quo. Como una forma de admitir que la vida es una constante derrota y de evitar el mal gusto de creer que uno ha triunfado.

Yo estoy con el jurado. Bryce ha escrito unas novelas magníficas, y el premio es a su obra, no a su conducta. Los premios literarios no son juicios morales. Pero aún si lo entrañan, con mis excusas para con los eticistas, yo creo que a Bryce hay que perdonarle todos sus errores. Que los arquitectos de la moral, que abundan en el medio, dicten sentencias edificantes. Yo, mientras tanto, celebraré el premio de un escritor que me hizo querer la literatura, de la única forma en la que mi alma tolera el reposo: con un tequilita reposado.

Guillermo Fadanelli en El Universal:

 Todo esto viene a caso tan sólo para expresar lo siguiente: los delitos que persigue la ley no son los mismos que persigue la literatura, en caso de que la literatura se diera a la tarea de constituirse como un tribunal que posee atribuciones coercitivas, lo cual es a todas luces un despropósito.

La obra de Bryce Echenique es extensa y por sí misma es fundadora de un mundo personal que es aportación y estímulo a las artes, abre horizontes a la creatividad humana; y al ser una voz original cultiva la imaginación y la diferencia. Haber plagiado unos cuantos artículos debido a condiciones que no conocemos del todo bien, es un hecho que yo no me atrevería a condenar desde mi condición de escritor. El plagio es un delito y quien lo comete debe responder por él ante las víctimas y las autoridades civiles, no ante un tribunal literario. Pedir que se le retire el premio de la FIL a este escritor a raíz de cometer un delito menor (comparado con la importancia y vastedad de su obra), que además se dirime en los tribunales propios del caso es una exageración. El retiro de un premio es en realidad lo menos importante cuando se le compara con el placer del linchamiento y el juicio apresurado de que somos capaces. Se le quiere someter a una condena no de orden razonado o civil, sino religioso. Ya imagino que en el futuro las instituciones estatales o privadas dejarán de otorgar premios literarios a los escritores pecadores, a los que han consumido drogas, a quienes no han pagado impuestos, a los adúlteros o a quienes tienen deudas con el banco.

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