Una nota en el diario El Universal me hace decir que  pido respeto a la entrega del premio Fil 2012 a Bryce Echenique.  La nota incluye al pasar, subordinadamente, mi  verdadera posición en este affaire. No es otra que la de los académicos y críticos que han sostenido que el plagio es inaceptable. La misma que ha sostenido desde el principio del affaire esta revista.

Bryce es un buen escritor,  pero su condición de plagiario lo hace inelegible para un premio que juzga la integridad  de una obra personal. El jurado se equivocó dos veces: premiando a Bryce a sabiendas de su condición de plagiario y sosteniéndose en su decisión contra los hechos.  Le hicieron un flaco servicio al premiado y al premio. Bryce no tuvo la  humildad,  la grandeza, o  la astucia, de rechazar el premio, con lo que hizo otro flaco favor al premio, al jurado y a sí mismo. Ha terminado todo en una ceremonia secreta, con la entrega del premio a escondidas, lo cual no ha hecho sino agregar opacidad  y descrédito al asunto.

La contumacia del jurado y el silencio de Bryce dejaron a los patronos del Premio ante un dilema imposible: respetar la decisión del jurado, cuya decisión es inapelable según las reglas del Premio, o desconocer esas reglas y crear el precedente de que los patronos pueden enmendar el fallo del jurado. Eligieron respetar las reglas y pagar el doble costo de premiar: en efectivo y en desprestigio.

Se entiende el fondo institucional de su decisión, y esto es lo que declaré a la prensa. Mi opinión es que podían haber violado una vez estas reglas con el más alto de los propósitos institucionales imaginables: blindar para siempre, al menos en el ámbito mexicano, toda posibilidad de reconocimiento intelectual , académico, periodístico o literario, a un autor culpable de plagio.

Quizá el Premio Fil 2012 era una de esas ocasiones en que violar las reglas en la letra era una forma de cumplirlas en el fondo  y de mejorarlas sustantivamente.

La crítica ha hecho su trabajo en esto, ha establecido márgenes de tolerancia cero a las conductas de plagio, las cuales habrá que extender a otras prácticas inaceptables, como la de contratar  “ghost writers”, colaboradores pagados que escriben o investigan, sin crédito, lo que otros firman.

Lo menos que puede esperarse de los patronos del Premio Fil es que agreguen a sus reglas que el plagio es inaceptable en cualquiera de sus formas y causal excluyente  automática de candidaturas a ese Premio.

Lo menos que puede pedirse de las instituciones asociadas al Premio FIL, es extender a todos sus ámbitos de premiación y reconocimiento el mismo criterio absoluto  establecido, en buena hora, por este escándalo:  en todas sus formas y variantes, el plagio propiamente dicho, el robo intelectual, es simplemente  inaceptable.

Héctor Aguilar Camín.

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