Los monumentos conmemorativos son invocaciones a un pasado (o al menos a valores que se interpretan de aquel pasado) que queremos dejar fijo. Pocas veces se conmemora de forma sólida el presente: no hay necesidad de darle una materialidad a lo que ya la tiene. A través de los monumentos, materializamos la resistencia al paso del tiempo, marcamos la importancia de lo que queremos que evite la corrosión de la memoria. Eso que ponemos en piedra también es lo que en el texto de la calle queda marcado con plumón fosforescente. Importa tanto el resto del texto, como la parte remarcada. No es lo mismo un busto de un Iturbide emperador en la sala de un nostálgico del imperio, que un busto de Iturbide en el centro del Zócalo, o que uno, en una oscura esquina en un pueblito en Polonia.

Foto: Milenio. Estatua ecuestre de José López Portillo

En nuestro país, tradicionalmente los monumentos han sido parte importante del sistema de legitimación de autoridades y de los procesos de construcción de identidad. Es más frecuente ver monumentos conmemorativos con efigies de personas que monumentos con invocaciones vagas o anónimas. Incluso, me atrevo a especular que la construcción de monumentos es inversamente proporcional a la efervescencia de la discusión pública. Al priorizar unas cosas (eventos, personajes, valores) sobre otras en la memoria que queda materializada en espacios compartidos, los monumentos provocan conflictos entre distintos públicos. Un monumento nos pide a algunos recordar algo, pero también nos pide a otros olvidar ciertas cosas. Si no fuera así, no se explicaría la disputa que hubo en el 2007 en Veracruz cuando un gobierno municipal panista puso una estatua de Vicente Fox, y el gobierno estatal priísta, ofendido, celebró que fuera derribado en la noche (y recordando que militantes panistas habían tirado una estatua ecuestre de José López Portillo décadas antes en Monterrey, y perredistas otra, unos años después, en Campeche).

Hay poco monumentos que representen matices. De hecho –sobre todo cuando son  figurativos- pretenden exactamente lo contrario. Se intenta recalcar un conjunto limitado de memorias o interpretaciones sobre los personajes representados bajo una luz positiva. No es imposible, pero resulta poco probable imaginar poner un monumento a una persona para recordar primordialmente una evaluación negativa (un ejemplo posible es la estatua con máscara de Carlos Salinas de Gortari). La imposibilidad física de matizar las consecuencias de innumerables hechos a través de una estatua es lo que las hace comunes en contextos con poca discusión pública, y relativamente menos comunes en lugares con mucha discusión pública. En la escultura inalterable no cabe la opinión diferenciada.

Una salida que se usa en sociedades que tienen una diversidad de públicos con acceso efectivo a una discusión, es sólo conmemorar a través de los espacios física y/o simbólicamente vacíos. Un buen ejemplo de esta táctica es el memorial a las víctimas del 11 de septiembre en Nueva York, constituido básicamente por fuentes que representan en sí un vacío, construido después de un complejo y largo proceso de discusión pública.

Foto: El Universal. El Coloso del Bicentenario.

En la Ciudad de México, el gobierno federal siguió la misma táctica -del monumento vacío y sin referencias explícitas- de manera casi desastrosa con la Estela de Luz, a la que hoy se le disputan varios significados: ¿Es un “monumento a la corrupción e ineficacia”? ¿Un espacio para conciertos y eventos públicos? ¿Un perverso recordatorio de los muertos de la guerra contra el narco en este sexenio? ¿Es un mejor paso al paradero del metro Chapultepec? Los constructores prefirieron que fuera el contexto más cercano el que invadiera de significado el vacío simbólico explícitamente planeado, pues no hay ni una referencia explícita o sutil a las conmemoraciones del centenario y bicentenario. Así, evitaron tomar una decisión entre las varias versiones en disputa que un monumento con relleno generaría. (Menos vacío, pero también abstracto fue el monumento del bicentenario “Puerta 1808” que instaló el GDF en 2007). Tal vez una prueba del conflicto que se evitaron, son las críticas que generó el uso de la imagen de Banjamín Argumedo en el desfile del bicentenario, aunque la SEP haya insistido en que no representaba a un personaje en particular (y desde luego, ni la estatua monumental ni las críticas podían dar espacio a matices).

En contraste, cuando se asume que no hay disputa por la memoria o que si la hay no existe la posibilidad (riesgo, algunos creen) real de que haya una discusión pública, el trabajo de edición del pasado y de lo públicamente valioso es más fácil de llevar a cabo. Por ejemplo, en el año 2004 el gobierno del Estado de México puso una estatua a Carlos Hank González en la entrada de Toluca. Con una estatua el gobierno del estado intenta detener el desgaste, que el olvido y la pérdida del fuero simbólico del poder, implicaría para aquel personaje después de su muerte. Al poner la estatua no invitaron a hacer una evaluación de su gestión, sino que más bien anunciaron el resultado, que para el exgobernador Montiel fue positiva. El significado del legado del profesor Hank sin duda está en disputa, pero su estático cuerpo de metal no deja ver el disenso. El problema no es la pluralidad real que hay en la memoria sobre Hank González, sino que el medio usado presupone que esa pluralidad no existe.

La estatua a Hayder Aliyev sobre Avenida Reforma que erigió el GDF es un ejemplo que se puede situar entre la estatua de Hank González y la Estela de Luz. Su corporalidad en bronce llena el vacío, pero lo deja sin significado. El cuerpo representado de un ex presidente azerí no nos puede decir nada sobre su gestión, sobre las decisiones que tomó y sus consecuencias. Menos aún para quienes no hemos sido parte de un contexto, (ni con recuerdos compartidos vinculados a valores) en donde sus actos tuvieron consecuencias sobre las vida de millones de personas.

Para el embajador que promovió la estatua, la intención no parece muy distinta a la de Montiel con Hank González: anunciar vistosamente la evaluación positiva sin derecho de réplica. Al mismo tiempo, el GDF nos pide que tratemos esa estatua como si sólo fuera un vacío. Como si pudiera significar únicamente pasear a tu perro en un parque más bonito, disfrutar de las flores alrededor de los árboles, tener luminarias nuevas y un mejor servicio de cafetería. El GDF pretende que veamos un agujero en donde hoy está la estatua de un hombre.

Foto: El Universal. Estatua de Ho Chi Minh, Centro Histórico, DF

Considerando que en México sí disputamos el significado de los monumentos y estatuas públicas (ver también disputa entre el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad y Felipe Calderón), no debería de sorprendernos que primordialmente disputamos aquellas que nos hablan en el lenguaje del contexto que tiene un significado actual y cercano. No es casualidad que al menos hayan otros dos casos recientes de estatuas  conmemorando a personajes de otros países establecidas sin mayor disputa: la de Kemal Ataturk en Avenida Reforma y a Ho Chi Minh en el Centro Histórico.

He leído dos críticas (1, 2) a quienes pedimos que se retire la estatua de Aliyev, con el reclamo de que si exigimos que se quite la de Aliyev, deberíamos de exigir que se retiren todas las demás estatuas. Estas críticas -aunque no reconocen la diferencia entre la primacía en la responsabilidad de las decisiones de autoridades actuales, frente a la responsabilidad residual de actos de administraciones previas- tienen la virtud de recordarnos las épocas en la que se podían poner monumentos y estatuas en las calles de la Ciudad de México sin discusión y sin disputa pública.

El recordatorio es importante porque el centro de la queja a la decisión del GDF de hacer un convenio con la República de Azerbaiyán que incluyera la estatua a una persona (y la conmemoración del llamado “genocidio” de Jodyali en Tlaxcoaque) es que no consideró que habrían opiniones encontradas al respecto. Incluso cuando un órgano consultivo creado por el propio GDF cuestionó la decisión varias veces, éste siguió con el proyecto. Considerando que al menos desde principios de la década pasado en el DF vivimos en un contexto en dónde existen discusiones públicas, con varios participantes y diversos públicos, la decisión de poner esta estatua (y las de Ataturk y Ho Chi Minh) conmemorando algo tan alejado a la vida cotidiana y memoria de los habitantes de la ciudad, lo que parece es una combinación entre el descuido y el uso de la opacidad y distancia como último resquicio para conmemorar con un medio material que lo que pide es que no haya discusión ni matices.

Justamente porque tengo expectativas optimistas sobre el comportamiento del gobierno de la ciudad, es que espero que tras este error (y el retiro de la estatua de Aliyev), eviten poner monumentos y conmemoraciones dedicadas a personas, pero sobre todo que eviten hacerlo sin provocar una discusión antes de construirlos. Espero que antes de tomar decisiones piensen en el significado que las cosas adquieren en distintos lugares y distintos momentos cuando quedan representadas físicamente. No tengo ningún interés en que en nuestras calles conmemoremos a más personajes históricos, nacionales o internacionales. Pero creo que es responsabilidad del GDF proteger nuestra memoria y nuestros espacios compartidos de no muy lejanos megalómanos (o sus sicofantes zalameros) que quieran derrotar el paso del tiempo y la pluralidad de hecho con una estatua.

Andrés Lajous.

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