A tres días de iniciado el gobierno del Presidente Enrique Peña, las portadas de los diarios estuvieron dedicadas -con bombo y platillo- al “Pacto por México”. Documento firmado por los líderes de los tres grandes partidos y encabezados por el propio Presidente. Frente a las supuestas rijosidades del pasado, a los ojos de muchos, esta vez se veían muy bonitos estos muchachitos. ¿Pero nos convienen los muchachitos así de bien peinados? El Pacto es un enorme catálogo de ideas y propuestas agrupadas en “95 compromisos” que dicen apuntar a “las reformas que el país necesita”. En muchos casos se puede argumentar que –en efecto- el país las necesita (en otras no tanto). Aunque leo algunas buenas intenciones detrás del Pacto, varios de sus posibles efectos en la democracia mexicana son preocupantes. Algunas de estas preocupaciones tienen que ver con los efectos deliberativos, otras con los efectos políticos. Aquí van.

1) Algunos de los 95 compromisos son muy específicos, pero muchos otros no lo son y -en otros casos- no queda claro que realmente gocen del apoyo de los tres partidos. Algunos expertos ya señalan que les molesta la poca atención a los detalles. Alejandro Hope pregunta ¿realmente todos están de acuerdo en la Gendarmería Nacional? Alejandro Madrazo pregunta ¿dónde quedaría la despenalización del aborto si adoptamos un Código Penal Único? El Presidente declara que se busca construir una “mayoría estable” en los temas fundamentales. Sin embargo ¿cómo podemos esperar la existencia de esa “mayoría estable” cuando muchos de los pactos están basados en una ambigua generalidad? Me temo que la estabilidad de esa mayoría dependerá de quién lleve mano en interpretar el texto y castigar al que dude o lo cuestione en público. Es de esperarse que sea el Presidente el que lleve la mano. Por eso bien puede considerarse que  una motivación parcial del PAN y del PRD para participar en un Pacto de esta naturaleza no fue precisamente la convicción sobre cada uno de los puntos, sino el chantaje. El que quedase fuera habría pagado por el desprestigio actual de la clase política: “los partidos son rijosos, no se ponen de acuerdo en nada y es su culpa que el país no avance”. La generalidad y amplitud del pacto no sólo abre paso para el chantaje, sino que reduce los costos de salirse y –por eso- no construye una “mayoría estable” sobre bases sólidas.

2) De ahí se desprende otra preocupación quizá más importante. Al no acompañarse de un acuerdo de coalición política, el Pacto por México desarma a la oposición. Los hace responsables de una serie de compromisos sin cederles el poder suficiente para asegurar su capacidad de incidencia y corresponsabilidad en la tarea de llevarlos a buen fin. En política, comprometerse a una cosa sin esperar nada a cambio, sólo porque esa cosa es una buena idea, puede y debe ocurrir. Pero comprometerse a 95 de ellas sin saber que se espera a cambio es indeseable (aunque todas sean buenas ideas) porque la oposición renuncia a la idea de que la política también es contingencia e intentos de reproducción del grupo dominante en el poder.  Para eso existen los pactos de coalición.

3) Por favor, compare el Pacto por México con el acuerdo de coalición británico entre los Conservadores y los Demócratas Liberales. El acuerdo británico no sólo es más específico y menos abundante, sino que estuvo acompañado de una pragmática negociación política sobre puestos en el gabinete, pero –sobre todo- tuvo mucho mayor claridad pública sobre quien gana qué cosa. Nótese que en su redacción abundan frases como las siguientes: “Las partes coinciden en…”, “como fue propuesto por los conservadores” o “incluyendo el detallado desarrollo de las propuestas de los Demócratas Liberales”.

4) Y lo anterior no sólo es importante porque un Pacto de ese tamaño tiene poco sentido fuera de un esquema de coalición, sino porque cuando todo está pre-acordado de forma indiferenciada, se vuelve difícil para los electores distinguir entre opciones políticas y así – en consecuencia- poder premiar y castigar según sus propias preferencias. De repente, ahora sí, todos los partidos aparecen iguales. Y en este caso, todos parecen el PRI.

5)    El método del gran acuerdo general entre los políticos también puede convertirse en un problema para la calidad del debate en la opinión pública. Por ejemplo, mientras el gran pacto oscurece los detalles, la discusión pública que avanza cosa por cosa, suele dejar más espacio para los detalles y para ubicar las posiciones de cada fuerza política. Hacerlo, como creo que ocurrió con la reciente reforma laboral, incrementa la probabilidad de que se ventile de qué está hecha cada una de las salchichas.

6) La amplitud y ocasional generalidad del pacto olvida distinguir entre lo posible y lo deseable. Sobra decir que esto es crucial en la política, sobre todo para no mentirle a los votantes. La vieja noción de que los políticos prometen y después no cumplen pasa por reflexionar públicamente sobre lo posible y lo deseable. El Pacto por México se queda en lo segundo.

7) De ahí que a los partidos parece no preocuparles la poca claridad presupuestal del Pacto por México. Ignorar los efectos financieros totales del plan en su conjunto esconde el hecho de que -a fin de cuentas- no todo se puede siempre. Si distinguir entre lo posible y lo deseable es importante, tener el orden de las prioridades muy clara es fundamental. El Pacto tampoco lo hace.

8) Ejercicios similares, por ejemplo los Millenium Goals de las Naciones Unidas, suelen terminar por ser documentos aspiracionales y no planes ejecutivos de gobierno: cosa que –en el lenguaje del propio gobierno que comienza- sería mucho más “eficaz”.

9) Por último, creo que el Pacto tiene implicaciones negativas sobre los retos que tenemos en términos de cultura política en la democracia mexicana. La “unidad” no es necesariamente un valor democrático, los acuerdos sí. Y en este caso, el Pacto busca normalizar la unidad total cuando en democracia lo deseable es normalizar el debate adversarial y transparentar las razones detrás de negociaciones y acuerdos. El Presidente se equivoca cuando dice que la unidad es la base de los acuerdos. Son los acuerdos los que crean la base de la unidad y para eso hay mucho que discutir antes de firmar. Y no hablo de enemistades y boicots políticos. Hablo de que prefiero a los adversarios despeinados y elocuentes sobre los muchachos peinaditos y abrazando su misal.

Mario Arriagada Cuadriello. 


PD – El texto se acordó muy rápidamente. Se nota en varios párrafos. Supongo que como ya se firmó, ahora habrá que pulirlo. Ojalá la pulida textual y política hubiese precedido a la firma. De cualquier manera, aquí una contribución: Rio “Grijalva” no se escribe Rio “Grijalba” (compromiso 67). Habrá que seguir puliendo.

Te recomendamos: