Fuente: Cuartoscuro

Menos de dos semanas después de iniciar su mandato, y antes de promover otras reformas claves para el país, el Presidente Peña Nieto presentó el Lunes su iniciativa de reforma educativa. Ese simple hecho ya constituye un avance. Las dos últimas grandes reformas educativas no se dieron sino hasta bien comenzado el sexenio. La Alianza por la Calidad de la Educación de Felipe Calderón se presentó en Mayo del 2008.  El Compromiso Social por la Calidad de la Educación de Vicente Fox (reforma que creó el INEE) se firmó en Agosto de 2002. ¿La otra gran diferencia? Los acuerdos diseñados por Fox y Calderón llevaron la rúbrica del SNTE. En esta ocasión el representante del SNTE tuvo un papel menos protagónico. Además de que claro, ninguno de los dos Presidentes anteriores llevó sus reformas al orden constitucional. En México, dice el refrán, forma es fondo. En esta ocasión, las formas son muy distintas.

Esperemos que realmente forma sea fondo, porque de fondo, la iniciativa de reforma contiene menos novedades. Tanto Fox como Calderón buscaron impulsar la autonomía de las escuelas, aumentar la inversión en infraestructura y equipamiento tecnológico, elevar la calidad docente, recompensar mediante estímulos y otros programas el buen desempeño docente e impulsar la evaluación educativa autónoma. En el caso de Calderón, se instituyeron los concursos de ingreso y promoción docente que prometían, igual que ahora, profesionalizar la carrera docente, hacer más transparentes los criterios de ingreso y ascenso y, al final del día, redituar en un profesorado mejor capacitado. No hay un estudio o evaluación rigurosa que nos permita saber si los concursos lograron el resultado que se buscaba, pero su instrumentación dejó mucho que desear. Muy pocas plazas realmente fueron sometidas a concurso y los exámenes de ingreso y promoción, aunque técnicamente válidos, eran insuficientes para alcanzar los grandes objetivos de mejorar la calidad docente que la reforma persiguió.

Se habla mucho en los medios de que esta iniciativa de reforma es una estocada al SNTE como si esto fuera su principal objetivo. Aquí habría que recordar, que muchos países con buen desempeño educativo (Canadá, Singapur e incluso Finlandia), tienen sindicatos docentes fuertes. Sin argumentar ningún tipo de causalidad, tener un sindicato fuerte, por sí mismo, no excluye el tener buenos resultados. Hay de sindicatos a sindicatos, por supuesto. En el caso de México el SNTE tiene injerencia en todos los principales programas educativos y goza de poder monopólico sobre las relaciones laborales entre autoridad y maestros. Si le añadimos que juega directamente en la cancha gremial y en la cancha electoral la cosa se complica. Por lo tanto, si cambiar las formas significa ampliar el rango de acción de la autoridad educativa y su posibilidad de mejorar la educación en México, el enfoque estaría justificado.

Sin embargo, si nos centramos estrictamente en el fondo no queda claro que las reformas propuestas, de ser aprobadas por el Congreso, redundarían de manera automática en mejores resultados. Por ejemplo, el hecho de que todas las plazas se concursen podría no tener ningún efecto en la calidad docente, si el examen de ingreso no ayuda a detectar a los candidatos con las mejores competencias docentes en el aula. Yo fui parte del primer Órgano Técnico Independiente que revisó los exámenes que se utilizarían para el concurso de ingreso y francamente, los instrumentos tenían muchas limitaciones. Es díficil pensar como se puede elegir a un buen docente, al que se le va a pedir que tenga conocimientos pedagógicos, de su materia, y además buenas habilidades de expresión oral y escrita, negociación (para lidiar con autoridades y padres de familia), creatividad (para adaptar su estilo de enseñanza a niños con diferentes trayectorias de aprendizaje), responsabilidad, pensamiento crítico, entre otros, mediante un examen estandarizado de opción múltiple.

Dado que la iniciativa de reforma es escueta en detalles de instrumentación, algunas de sus palabras nos pueden dar algunas pistas. Refiriéndose a los maestros y su contribución, el documento contiene la siguiente exposición:

 Bajo la premisa de una evaluación justa y técnicamente sólida será posible conciliar la exigencia de la sociedad por el buen desempeño de los maestros, con el justo reclamo del magisterio y de la sociedad que exigen la dignificación de la profesión docente. La creación de un servicio profesional docente responde a esta exigencia.

Este párrafo exhibe una tensión que no tendría porqué darse.  ¿Porqué tendrían que entrar en contradicción el tener buenos maestros (el reclamo social) con el que la profesión docente sea digna (el reclamo tanto magisterial como social)? La dignificación de la profesión docente se asocia por lo general a mejores salarios y condiciones de trabajo. También se asocia con oportunidades de desarrollo profesional y esquemas de promoción vertical. La yuxtaposición se da cuando el magisterio, mediante su organización sindical, exige todo lo anterior pero no está dispuesto a ceder ningún terreno en la definición de qué constituye un “buen” maestro y que procede cuando el individuo no cumple con dicho perfil. En otras palabras, el gobierno se muestra dispuesto a otorgar mejores condiciones docentes a cambio de una mejora en la calidad docente. Señal fuerte al SNTE: Quid pro quo.

¿Pero que constituye un “buen” desempeño y quien lo determina? La pregunta del millón. Después de años de investigación sobre el tema de evaluación docente, y millones de dólares invertidos en todo el mundo, no hay en la comunidad académica un consenso sobre la mejor manera de medir la efectividad docente, aunque se reconoce que los puntajes de los alumnos en pruebas estandarizadas son un elemento importante. El reto técnico es mayúsculo, y difícil de sortear en corto tiempo. Contar con una visión correcta sobre la necesidad de detectar y recompensar el buen desempeño docente es únicamente un primer paso. Asegurar una instrumentación adecuada es aún más importante.

Por último está el tema de contar con una evaluación, tanto de docentes como de alumnos, “justa y técnicamente sólida”. Una vez más, el diablo está en los detalles. Determinar la solidez técnica es relativamente fácil. La parte referente a justicia…loable pero difícil objetivo de conseguir. Un párrafo subsecuente alude brevemente a esta dificultad:

La evaluación de los maestros debe tener, como primer propósito, el que ellos y el sistema educativo cuenten con referentes bien fundamentados para la reflexión y el diálogo conducentes a una mejor práctica profesional

Al hablar de “referentes bien fundamentados” se reconoce que la evaluación docente no puede efectuarse de manera aislada y que para que sea aceptada (aunque no necesariamente justa) tendría que darles a los maestros un referente contra el cual puedan medirse y hacia el cual puedan apuntar su mejora profesional. Alguien tiene que decidir qué constituye una práctica profesional de “calidad.” Aquí se retoma la recomendación hecha por el equipo de especialistas mexicanos e internacionales de que “México necesita definir claramente los estándares docentes para que la profesión y la sociedad sepan cuáles son los conocimientos, las habilidades y los valores centrales asociados a una enseñanza eficaz.” (OCDE, 2010).

Definir este tipo de estándares de docencia daría sustancia a esta iniciativa de reforma. Ante la falta de definiciones, se corre el riesgo de contar con múltiples interpretaciones. Delinear el perfil docente que México necesita y los estándares que hay que cumplir ayudaría a aterrizar muchas de las ideas contenidas en esta iniciativa. Facilitaría por ejemplo, la instrumentación del Servicio Profesional Docente (¿qué tipo de maestro se busca incorporar?) así como las actividades de evaluación educativa (¿qué es lo que se quiere observar y medir?). Generaría, en otras palabras, forma y fondo.

Lucrecia Santibañez. La autora es investigadora en temas de educación en RAND Corporation. Es miembro de la Junta Técnica del INEE y del Comité Técnico de la Prueba ENLACE.

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