Imagen: National Interest

Antier comenzó la 24º reunión de embajadores y cónsules (REC) y ahora le seguirá el Foro México 2013. Esta vez la ocasión sirvió para presentar al nuevo gobierno y discutir, ajustar o reformular varios aspectos de la política exterior. Algunas cosas importantes ya van quedando claras, desde los nombramientos y hasta lo que se discute hoy:

1) Se quiere dar un sesgo económico a la Política Exterior: atraer nuevas inversiones ahora que el contexto lo hará más fácil, buscar mercados –especialmente asiáticos- para nuestros productos y traer de vuelta a los turistas.

2) Se mantendrá –quizá con más bajo perfil- la cooperación intergubernamental en materia de seguridad con Estados Unidos, Medina Mora como nuevo embajador es una señal de ello; fue un importante actor durante los comienzos de la Iniciativa Mérida.

3) Para mayor relumbrón de nuestro prestigio internacional, no sólo buscaremos ser promotores activos de la paz y el combate a la violencia (quizá se esté pensando algo equiparable a lo que hicimos con el Grupo Contadora 1983-85), sino que también podemos esperar mayor gasto en la proyección cultural de México y, en lo mejor del estilo de la grandilocuencia priista (lo digo en serio), quizá tengamos macro exposiciones internacionales con buenas dosis de contenido patrio como la de “México: Esplendores de 30 siglos” (1992).

Así va la cosa y hasta ahí suena lógico. Pueden ponerse metas realistas, hacer un plan y cumplirlas.

Sin embargo,  también han habido momentos frustrantes en la REC, como suele suceder cuando la política exterior, en vez de discutirse como un juego de intereses y poder, músculos y estrategias, se discute con grandes ideas (“México debe convertirse en un actor con responsabilidad global” o “un factor de estabilidad en un mundo convulso”), sugiriendo cambios conceptuales que esconden ideas sencillas (“que la política exterior debe volver a ser un mecanismo para el desarrollo”) o – en el peor de los casos- apelando a una agenda voluntarista y bienintencionada (“hay que tomar el mercado asiático”). Estos suelen ser argumentos desconcertantes porque parecen desconectados de los límites que nos pone el mundo y de lo que se puede hacer con lo que hay. La insistencia en que la imagen internacional de México ha ido mejorando por el repunte económico y la invitación a que los diplomáticos “difundan lo mejor de México”, o que presenten a México “como parte de las soluciones no de los problemas”, deja la discusión bastante coja.

La administración de las apariencias es, sin duda alguna, una actividad importante en la política porque sostiene actitudes colectivas, crea oportunidades y puede llegar a transformar la realidad. Los gobiernos del PRI lo hicieron bien en varios momentos del pasado y parece que ahora lo vuelven a hacer bien.  Sin embargo, hay ciertas áreas y ciertos temas políticos donde la administración de las apariencias difícilmente transforma realidades. La política exterior es precisamente una de ellas. El pragmatismo suele ser el lenguaje común en el concierto de naciones y ni las buenas voluntades ni  las apariencias pueden mucho contra un brutal ajedrez de toma y daca. La secrecía, la relativa endogamia de los círculos diplomáticos y el desinterés público en estos temas en países pequeños y medianos -como México- facilitan que el juego sea uno de mucha realpolitik. Claro que entre naciones también se intenta administrar apariencias y expectativas, pero eso tiene otros tiempos: unos más largos. Los organismos internacionales viven de intentarlo al jugar en el larguísimo plazo en el que se mueve el derecho internacional y los proyectos alter-mundistas. Así que, aunque sea importante, la política exterior de gobiernos sexenales no puede sólo pensar en cómo presentar a México al mundo para atraer más de lo que sea: inversiones o turistas.

Para realmente mejorar su posición en el mundo no basta con decidir qué se quiere y presentarse deseable para los demás, tiene que hacerse las preguntas importantes: ¿qué puedo tomar? ¿qué puedo dar a cambio? ¿cómo le hago para dar cada vez menos y recibir cada vez más? Es decir, reflexionar sobre las fortalezas propias, ejercitarlas, inventar nuevas, preguntarse qué brazos conviene torcer y cómo mejorar la capacidad de torcimiento mientras se evita que se lo tuerzan a uno. Se ha argumentado que poner todos los huevos en una sola canasta (como lo hizo Fox con la búsqueda de mayor integración con Estados Unidos aliniéandose en todo lo demás) es mala idea. Lo es porque sin diversificar temas e intereses no se puede jugar a varias bandas; sin embargo, eso tampoco es suficiente. Hay otras preguntas que creo que son mucho más cruciales.

Aquí cinco ejemplos de lo que me gustaría estar escuchando en la reunión de embajadores.

1. Así como a México le duele cuando Estados Unidos lo aprieta por el lado de los Derechos Humanos  ¿qué puede México hacer para que le duela a Estados Unidos, al menos por el lado de la diplomacia suave? ¿Solidaridad con víctimas de armas de fuego, integración racial entre blancos, hispanos y afroamericanos, pobreza, pandillerismo? Todos temas que podrían ser los músculos suaves del futuro.

2. Dado que en temas comerciales y de finanzas internacionales la clave sigue estando atado a los Estados Unidos. La pregunta sobre Asia en realidad es ¿cómo relacionarnos con China para maximizar nuestra posición para conseguir lo que queramos de Estados Unidos?

3. Dado que Estados Unidos tiene intenciones de que las fuerzas armadas mexicanas le ayuden a mantener la paz y el orden en la región (con cascos azules, misiones humanitarias, entrenamiento, cooperación internacional o similares) Y dado que México ahora dice querer ser un “actor con responsabilidad global” ¿A qué estaríamos dispuestos a comprometernos y a cambio de qué?

4. Dado que los costos de la prohibición de las drogas y la desregulación del mercado de armas están cayendo más sobre México que sobre Estados Unidos ¿Cómo puede obtenerse compromisos institucionalizados para evitarlo o compensaciones más significativas que los fondos erogados por la iniciativa Mérida?

5. A Estados Unidos le interesa que no bajen las reservas petroleras mexicanas (para poder seguir comprándonos a nosotros y no a alguien más). Si acaso se abren ciertos sectores como la exploración de yacimientos a la competencia ¿cuáles son las mejores estrategias diplomáticas para acompañar una transición de ese tipo y utilizarlo para ganar –o no perder- estatura frente a Estados Unidos?

Creo que así conviene más discutir este berenjenal y me gustaría que más preguntas de este tipo se ventilaran en la REC. Creo que el cuerpo diplomático debe preguntarse por el estado de sus músculos de forma más abierta e impúdica. Sólo así México podrá ir tomando, en ese patio de la escuela al que llamamos mundo, lo que se suele llamar “el lugar que le corresponde”.

Mario Arriagada Cuadriello.

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