El presidente nacional del PAN, Gustavo Madero, negó recientemente que su partido haya sufrido una “desbandada” de militantes luego de perder la elección presidencial de 2012 y aseguró que lo importante no es el número de miembros que tenga el partido político, sino que quienes se adhieran al PAN sean ciudadanos “libres”. Por su parte, el ex candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador publicó en su cuenta de Twitter diez razones para inscribirse al movimiento político denominado “MORENA”. Mientras tanto en las redes sociales digitales, activistas políticos discuten y convocan a la formación de un “Wikipartido”.

Si lo que se busca es la participación ciudadana y no sólo la perpetuación de la retórica política, es importante preguntarse, ¿Quiénes son los activistas y adherentes políticos? ¿Por qué algunas personas deciden participar en acciones civiles y políticas en tanto que otras prefieren no hacerlo? ¿Qué rasgos psicológicos interactúan para motivar el activismo de unos y la abstención de otros? En este texto se describe la psicología del activismo político.

La participación (y no participación) de las personas en actividades cívicas y políticas es una cuestión de profunda relevancia social ya que está integrada a la esencia de la democracia, está estrechamente vinculada con rasgos de personalidad de los ciudadanos y sus características demográficas, y da cuenta de la psicología social y el comportamiento político de un pueblo.

Desde 1969 Larry C. Kerpelman describió cómo las personas quienes se identificaban como activistas resultaban ser mucho más inteligentes que los no activistas y descubrió que quienes se describían a si mismos como izquierdistas estaban menos preocupados por la aceptación social que sus contrapartes de centro o de derecha.

Otros estudios en psicología política –como los realizados por Eugene L. Thomas– han confirmado la interesante hipótesis de que los procesos de socialización, es decir, la interacción familiar se asocia negativamente con el activismo estudiantil de los hombres conservadores, pero no con el de las mujeres conservadoras. Es decir, la opinión e interacción de las familias es tan importante que limita el activismo de los hombres conservadores, pero no así el de las mujeres conservadoras.

Desde una perspectiva de total racionalidad como la que planteaba el politólogo Anthony Downs, el cálculo del beneficio individual que hace un votante debería tener una importancia decisiva ya que la supervivencia de la democracia es una causa tan importante y noble que las personas se sentirían obligadas a ir a las urnas sin mayor coerción que la virtud democrática. Sin embargo, un hecho interesante acerca de la participación electoral es que el acto de votar, en sí mismo no genera beneficios tangibles para el individuo, al contrario, es un acto totalmente trivial que no merece la pena el esfuerzo que implica, sobre todo si se mide el impacto que un solo voto podría tener en el desarrollo e implementación de las políticas públicas como condición previa para la democracia.

Así, desde una perspectiva económica individual, el voto representa más un costo que un beneficio. Y si pensamos que en algunas zonas de México y el mundo el ejercicio de la ciudadanía democrática representa un viaje de varias horas o, en algunos casos extremos, el peligro real de ser asesinado, entonces la importancia de las motivaciones psicológicas para la participación política se vuelve fundamental. Por lo tanto, debemos reconocer que hay algo más profundo, probablemente intangible pero suficientemente atractivo que motiva a las personas para ir a votar y participar en actividades cívicas y políticas. ¿Cuáles son esas motivaciones?

La psicología política ha descubierto que el activismo está asociado a un mayor nivel de bienestar psicológico, al menos para los activistas convencionales –aunque no así para los activistas de alto riesgo–, ya que a diferencia de sus contrapartes abstencionistas, los activistas tienen más probabilidades de florecer psicológicamente en términos de su satisfacción personal, motivación intrínseca, indicadores de autonomía, competencia y de relaciones positivas con los demás seres humanos, medidas que se correlacionan significativamente con el compuesto del activismo político.

La participación y el activismo político se ha asociado también a mayores niveles de bienestar. Tales resultados positivos son similares en todas las medidas que se han estudiado: de bienestar hedónico (por ejemplo, la satisfacción con la vida y el desarrollo de afectos positivos), de eudemonía (crecimiento personal, propósito en la vida, vitalidad y plenitud) y de bienestar social (por ejemplo, la integración social).

Así, los activistas son más propensos a experimentar la satisfacción de sus necesidades psicológicas básicas. Un indicador de tal satisfacción psicológica es que a diferencia de aquellas personas menos involucradas en la participación cívica y política, los activistas reportaron con mayor frecuencia experiencias, motivaciones y satisfacciones intrínsecas, así como porcentajes significativamente más altos de “florecimiento humano” (Keyes, 2002) ello debido a que tales motivaciones intrínsecas normalmente están acompañadas de sentimientos de vitalidad y a que representan una expresión espontánea de una organización psicológica interna nutricia y que tiende a la vida.

Quizá les convendría tanto a Gustavo Madero como a Andrés Manuel López Obrador subrayar las muchas ventajas intrínsecas que tiene la participación cívica y el activismo político; de esa manera podrían eliminar parte del clientelismo y oportunismo que abulta los padrones de los partidos políticos y así lograr atraer a esos que ambos líderes políticos han dado en llamar, “ciudadanos libres”.

Carlos A. Rivera.  Maestro en Comportamiento Político, candidato a doctor en Psicología Política, Universidad de Essex; Reino Unido.

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