Foto: El Informador

Luego de 18 años de permanecer al frente del poder ejecutivo estatal, el Partido Acción Nacional deja las oficinas de Palacio de Gobierno para tomar sus asientos respectivos en la sección, menos glamorosa,  de la oposición política estatal. Como lo marca rigurosamente el calendario político-electoral, este 1 de marzo comienza también un nuevo ciclo político en Jalisco, en donde la administración pública volverá a ser ejercida, casi dos décadas después,  por los representantes del Partido Revolucionario Institucional.

El hecho es relevante y significativo, pero no es imprevisto ni sorpresivo. Si se lee el dato con cierto cuidado, el proceso  no inició con la campaña electoral pasada, que culminó en la jornada electoral de julio del 2012, sino que se remonta al 2006, cuando el PAN y su candidato, Emilio González, lograban triunfar de manera apretada en las elecciones de ese año de polarización y encono. A lo largo de esos seis años  lo que se puede observar es un lento pero imparable proceso de desgaste  de la imagen y el desempeño del panismo jalisciense, en el contexto más amplio de deterioro del calderonismo a nivel nacional.   Las evidencias de ese desgaste son muchas y variadas: un estilo de gobernar basado, más que en la hechura política y de políticas públicas, en decisiones de ocasión, ocurrencias de fin de semana, declaraciones febriles, no argumentadas y peor explicadas. En el terreno duro electoral, la aplastante derrota del panismo a nivel estatal y federal en el 2009, cuando pierde las alcaldías de toda la zona metropolitana de Guadalajara, y quedó reducida a una fuerza minoritaria en el congreso estatal, fueron el anticipo de una tendencia que se confirmaría en el 2012: el desplome del voto panista, y la caída de las preferencias electorales de ese partido entre la ciudadanía jalisciense.

Pero el desplazamiento del panismo confirma que la era de la alternancia política llegó para quedarse. Los relojes  de la política marcan tiempos y movimientos, y las elecciones aseguran que nada es para siempre. Nuevos actores y fuerzas políticas han surgido a lo largo de los últimos tres sexenios, y la vida pública jalisciense es, a veces, un hervidero de pasiones e intereses encontrados, un árido territorio de acuerdos inciertos y conflictos seguros.  Bajo el cielo blanquiazul del panismo, dirigentes y militantes tanto del oficialismo como de la oposición política, entablaron relaciones de poder basadas en la negociación y en el bloqueo, en los pactos de no agresión pero también en los golpes bajos, en el exhibicionismo más grotesco o en la opacidad más impune. Las donaciones de dinero público para la construcción de templos católicos, las mentadas de madre pronunciadas frente a los medios y dirigidas hacia quienes le criticaban, el escándalo financiero de los Juegos Panamericanos del 2011, los impulsos dominados por los humos el alcohol  del gobernador estatal, forman parte de la colección de estampas que la memoria pública registra con puntualidad mórbida.

A 18 años de que un desconocido, Alberto Cárdenas, irrumpiera sorpresivamente despachando en Palacio de Gobierno, el último gobernador panista  -Emilio González-  deja Casa Jalisco en medio de un clima de indiferencia y en ocasiones de hostilidad por parte de ciudadanos, medios y poderes fácticos.  La derecha política representada en el emilismo panista, esa que llegó a despachar con rosarios y biblias en la mano en Casa Jalisco, asesorada frecuentemente por cardenales y obispos, que a la menor provocación bendice a propios y extraños y ruega a Dios protegernos a todos los ciudadanos, demostró año con año su profunda incomodidad con los principios y las prácticas del Estado laico.

Hoy que esa derecha vuelve a sentarse en las filas de la oposición, una nueva generación de políticos aparece en el horizonte, quizá con el mismo entusiasmo que los panistas tuvieron hace 18 años. Pero tanto el nuevo oficialismo como el nuevo oposicionismo político (en donde se encuentran representadas 4 fuerzas políticas, incluyendo al PAN),  no son la reedición mecánica  de los procesos o experiencias previas. Por el contrario, acomodan sus posiciones, intereses y proyectos en un contexto muy distinto al de hace dos décadas, un contexto dominado fuertemente por el escepticismo y la desconfianza de muchos, y la algarabía y los aplausos de otros. Pero además de estos contrastantes humores públicos y privados, el dato duro es que el pluralismo político jalisciense se encuentra en una relación tensa con la gobernabilidad que pretende el oficialismo político de cualquier signo.

Esa tensión entre pluralismo y gobernabilidad es, quizá, el ruido de fondo de los últimos 18 años en Jalisco. Una pluralidad incómoda para las mentalidades autoritarias y fundamentalistas, y una gobernabilidad desafiante para las mentalidades demócratas e inclusivas. Descifrar esa relación es el gran desafío del oficialismo que inicia mañana y se prolongará durante los próximos años. Un desafío que se trabaja día a día, en la perspectiva no solamente de dotar de umbrales razonables de legitimidad, eficacia y estabilidad al nuevo gobierno, sino también para comenzar, inevitablemente, la preparación del proceso electoral del 2015 y, un poco más allá, del 2018. La piedra, otra vez, está rodando.

Adrián Acosta Silva. Profesor-investigador y jefe del Departamento de Políticas Públicas del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas de la Universidad de Guadalajara.

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