Foto: Lettera43

El domingo 24 y el lunes 25 de febrero se llevaron a cabo las elecciones para renovar las dos cámaras del Parlamento italiano. Varios puntos interesantes emergen de los resultados electorales: 1) el éxito extraordinario del Movimiento Cinco Estrellas (M5S por su siglas en italiano), un partido que se presenta por primera vez en una contienda electoral nacional; 2) la derrota del candidato Mario Monti, el primer ministro saliente cuyo gobierno cayó hace unos meses; 3) una no-victoria, a diferencia de lo que se esperaba, de la centro-izquierda liderada por Bersani y, finalmente; 4) una no-derrota, a diferencia de lo que se esperaba, de la centro-derecha liderara por Berlusconi. Los italianos rechazaron las medidas de austeridad económica impuestas por el “gobierno técnico” de Mario Monti del último año, que se había establecido la tarea de evitar el riesgo de un default italiano. No castigaron los bien conocidos excesos, escándalos personales, políticos y judiciales de Berlusconi, ni han optado claramente por un gobierno de izquierda. Este resultado dividido presentará sin duda un escenario político incierto e inestable durante el próximo gobierno.

Vayamos por pasos. El M5S es sin duda la novedad de estas elecciones. Dirigido por Beppe Grillo, un cómico y bloguero, famoso en Italia desde hace varios años, surgió como el partido único (es decir, que no fue en coalición con ningún otro) con mayor número de votos. El movimiento nació en 2009 con pequeñas reuniones locales y presencia en redes sociales, y desde entonces sus puntos cardinales fueron: la defensa de un sistema de agua publico, la movilidad y el desarrollo sustentable, la defensa del medio ambiente y el acceso a internet universal. Pero lo más importante del movimiento es su bandera a favor de la honestidad política, la moralidad publica y la lucha absoluta contra el tráfico de influencias y la corrupción. Una de sus consignas principales del partido es “todos a casa”, refiriéndose a los políticos italianos.

Resulta interesante, e incluso un poco incómodo, notar una extraña analogía entre el éxito del M5S en su primera participación electoral de 2013, con aquella en 1994 en la que Berlusconi se presentó como candidato por primera vez con el Partido Forza Italia: a pesar de orientarse hacia lugares ideológicamente opuestos, ambos tienen en común a un líder carismático (Grillo y Berlusconi) que parecen saber aprovechar el clima antipolítico que prevalece entre el electorado y la opinión publica. En 1994 Italia acababa de atravesar la crisis política más importante después de la posguerra. Las investigaciones judiciales del programa Mani pulite (“manos limpias”) había revelado un sistema de corrupción, soborno y financiamiento ilícito de partidos que involucraban a políticos de alto nivel y al mismo ex primer ministro Bettino Craxi. De manera similar, en 2013 una serie de casos de corrupción y soborno—en los que ahora, irónicamente, esta involucrado el ex premier Berlusconi—han fomentado un sentimiento de disgusto con la política que Grillo ha sabido aprovechar en las urnas.

La debacle del candidato Mario Monti es quizás más fácil de explicar. La carrera política del reconocido economista comenzó apenas en noviembre de 2011, cuando Monti relevó a Berlusconi como primer ministro frente al riesgo de una crisis en Italia similar a la griega meses antes. El gobierno técnico de Monti enfrentó así la difícil tarea de evitar un desastre económico latente, por medio de medidas de austeridad que los electores italianos no recibieron con emoción, como un aumento de los impuestos.  Además, al aliarse con Pierferdinando Casini (líder de la coalición de centro y presente en el parlamento desde 1983) y con Gianfranco Fini (ex líder de la derecha y ex aliado de Berlusconi), dos políticos que desde hace tiempo protagonizan la escena pública italiana, se deterioró el atractivo “técnico” y la frescura de un candidato como Monti. A pesar de que parecía que Monti había logrado estabilizar la economía y las finanzas italianas, los electores claramente castigaron sus rígidas medidas de austeridad y el sacrificio que impuso a varias familias y trabajadores.

El Partido Democrático (PD), líder de la coalición de centro-izquierda, es sin duda otro perdedor de esta elección. Por poquísimos votos más que la coalición de Berlusconi, la centro-izquierda se vuelve la primera coalición del país, pero su ínfimo margen de victoria no bastará para tener mayoría en el Senado. Vale la pena aquí precisar que el sistema político italiano necesita que cada ley se apruebe en las dos cámaras, y que el primer ministro tenga el voto de confianza tanto del Senado como de la cámara baja, propiciando una fuerte inestabilidad política cuando no hay una mayoría estable en ambas cámaras. El PD también “perdió” la elección frente al enorme margen de victoria que las encuestas electorales pronosticaban, y se enfrenta a un escenario de profunda inestabilidad. Quizás el candidato de esta alianza, Pier Luigi Bersani, confiado en su victoria inminente, jugó una campaña demasiado blanda. Este resultado electoral también muestra la crisis electoral prolongada de la centro-izquierda italiana, que no logra encontrar un candidato decididamente atractivo para el electorado desde hace varias décadas.

Mientras el candidato Bersani, con la seriedad que le caracteriza, hablaba de las soluciones que proponía para Italia, el candidato de la coalición opuesta usaba su energía electoral de un modo completamente distinto: sin mostrar un ápice de preocupación por los problemas del país, minimizando la grave situación económica italiana y haciendo promesas electorales imposibles de cumplir. El éxito electoral de la coalición de centro-derecha dirigida por Berlusconi fue para muchos completamente inesperado. Después de los escándalos que lo llevaron a la dimisión en 2011, muchos pensaron que el ex premier se retiraría de la política para siempre. Pero Berlusconi tenía otros planes, y solo dos meses antes de las elecciones decidió postularse, duplicando en las urnas el apoyo que tenía al inicio de la campaña. Resulta difícil comprender cómo es que los italianos pueden seguir votando por un señor de 76 años, a caballo entre un showman y un hábil y tenaz vendedor de productos a domicilio, que ha logrado gobernar Italia con mayoría durante casi 20 años, llevando al país a un declive económico evidente.  Hace apenas un año y medio dimitió debido a su incapacidad para resolver la inestabilidad económica y ha estado involucrado en un escándalo tras otro durante los últimos años. Por si fuera poco, con el cinismo que le caracteriza, Berlusconi declaró en más de una ocasión que entró a la política en 1994 para defender sus propios intereses económicos y jurídicos.

La realidad, nos guste o no, es que Berlusconi se mantiene como una de las personas más carismáticas para los electores italianos. Un carisma que Grillo ha dado señales de poseer, pero que ni Bersani ni los últimos candidatos del PD han demostrado. Berlusconi es un gran populista de derecha que logra atraer a los votantes italianos con mentiras y promesas estratosféricas casi nunca realizadas. Generalmente son promesas relativas al empleo (en 1994 prometió crear un millón de empleos, en 2013, en plena crisis económica, prometió la cifra imposible de cuatro millones) y a la reducción de impuestos. En esta elección sus caballos de batalla fueron la eliminación de los impuestos sobre la vivienda (que, por cierto, él mismo propuso al final de su último gobierno) y el reembolso en efectivo de los impuestos pagados en 2012 sobre la primera casa habitación. Los infinitos medios de comunicación que tiene a su alcance (entre sus numerosas empresas, Berlusconi es dueño de siete canales principales, varios periódicos y equipos de futbol) claramente le ayudan en su estrategia de marketing.

De este caos se vuelve cada vez más clara la necesidad de una nueva ley electoral. Todos los partidos grandes están de acuerdo en la reforma electoral, pero todavía no encuentran un consenso sobre la nueva ley a redactar. La ley actual es la Ley Calderoli de diciembre de 2005 (definida después por el propio creador como “una marranada”). Esta ley ofrece un premio de mayoría de por lo menos 340 diputados (de un total de 630 diputados) en el parlamento para aquel partido que logre obtener tan solo un voto más que el segundo lugar; al Senado, el premio de mayoría se asigna por región y no a nivel nacional, con la consecuencia de que a menudo se crea en esta cámara una situación en la que ningún partido logra tener una mayoría, como sucedió en estas ultimas elecciones. [En México existió un mecanismo parecido a nivel federal, y existe hoy uno en la Asamblea del DF, se conoce como la “cláusula de gobernabilidad”.]

¿A quien pedirá ayuda Bersani, al eterno rival Berlusconi, o a los nuevos personajes que emergen del M5S? Hasta ahora existen indicios de que Grillo y Bersani se han estado reuniendo secretamente y que Grillo está valorando su propuesta. Berlusconi, en un arranque de pragmatismo, ofreció dar su apoyo a Bersani para formar un gobierno de mayoría sólida entre los dos. Si Grillo no acepta el programa en común con Bersani, quizás este último considere seriamente un acuerdo—que no una coalición—muy puntual con la centro-derecha de Berlusconi en lo relativo a la reforma electoral y algunos incentivos económicos. A pesar de que esta posibilidad no sería apreciada por los simpatizantes del PD, quizás Bersani calcule que vale la pena sacar estas dos reformas urgentes con quien se alíe con él.

De esta manera, los posibles escenarios son que la centro-izquierda proponga un programa con puntos en común con el M5S, pidiendo su apoyo legislativo. Bersani ya propuso a Grillo un programa de ocho puntos: 1) reducción de los costos de la política; 2) una ley anticorrupción mas dura; 3) reforma electoral; 4) crear una ley para regular el conflicto de interés; 5) reforma laboral y de desarrollo económico. 6) una reforma de los partidos políticos; 3) intervención inmediata en problemas de urgencia social, económica; derechos políticos y sociales (ciudadanía a inmigrantes, derechos a parejas homosexuales, derecho al estudio, etcétera).  Este escenario estaría bien visto por la mayoría del electorado de centro-izquierda, pero quizás restaría credibilidad a los líderes del M5S que dirigieron su campaña en contra de todo el establishment político italiano sin distinción de partido. Grillo teme que un acercamiento incluso al PD sea percibido por su electorado como un acto de incoherencia que lo pueda castigar en las próximas elecciones.

El otro escenario posible, sería que no se logre ningún acuerdo político y se tenga que llamar a elecciones nuevamente. En este escenario—y quizás sea el cálculo de Grillo—el M5S podría aprovechar el entusiasmo para jalar algunos votos del PD y lograr un consenso electoral. Por eso, el astuto líder Grillo parece inclinarse por este escenario y prefiere que se vuelva a llamar a elecciones calculando que puede tener una mayoría más sólida y capacidad de dictar agenda en el futuro próximo.

Ojalá Grillo apueste por llegar a un acuerdo con Bersani para que algunas de las reformas que urgen, como la reforma electoral y la reforma económica, puedan llevarse a cabo sin la necesidad de ir otras vez a las urnas (lo cual puede tomar varios meses). Cabe recalcar que este escenario sería uno que por su propia naturaleza está destinado a ser de corto, o al máximo mediano plazo, debido a la inestabilidad que impone el resultado electoral. Sin embargo, con una mejor ley electoral el próximo gobierno podrá formar una mayoría más estable que permita gobernar Italia durante un momento de crisis estructural, económica y política, de gran profundidad.

Gabriele Sarli. Estudió sociología política en la Universidad de Trento.

Traducción del italiano de Sara Hidalgo.


*originalmente el texto mencionaba a Massimo Fini por error de traducción, gracias a un lector lo corregimos. Gianfranco Fini es el personaje al que se hace referencia en el texto.

 

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