narro

 

Desde el movimiento estudiantil de 1968, en la UNAM y otras universidades públicas del país quedaron estampadas ciertas prácticas políticas que derivaron, a veces,  en un conjunto de pequeñas y grandes movilizaciones universitarias y, en otras, en la reiteración de rituales y acciones estancadas, enmohecidas, amontonadas en pasillos, aulas y auditorios. El activismo, el radicalismo y el ultra-izquierdismo –ese infantilismo de izquierda que tanto criticaba el viejo Lenin-, se anidaron en sectores específicos de profesores y estudiantes. Un conjunto de tribus, grupúsculos y sectas ubicados en distintos territorios del campus representan o encarnan las representaciones políticas e ideológicas que se quedaron con la imagen de que la Revolución igualitaria y justiciera es inminente, de que hay que construir las condiciones para la explosión revolucionaria, y de que la universidad es el foco que debe alumbrar el camino.  En el otro extremo, las figuras del fósil y del porro se conservaron como prácticas viejas de intimidación, chantaje y presión contra directores, líderes académicos, sindicalistas de los años setenta, rectores y contra los propios estudiantes de izquierda.  Sin embargo, estas expresiones polares, digamos, se fueron desvaneciendo en el curso de los últimos años, hasta llegar a confluir y confundirse en un solo animal: el porrismo de ultraizquierda, es decir, una figura que reúne lo peor de los dos mundos: el arrebato intimidatorio y la retórica de la intransigencia, el impulso al empujón y el uso de la violencia “legítima” con la seca ideología del todo vale.

La toma de la rectoría universitaria en la UNAM de finales de abril (que duró exactamente 12 días) es el fruto podrido de esa confluencia extraña. Como en otras ocasiones y otros tiempos, la autoridad universitaria fue desafiada por un grupo de activistas vestidos con traje de ocasión –capuchas, pañoletas, palos, piedras, tubos- bajo el argumento de defensa de otros de sus compañeros, expulsados hace meses por su comportamiento en el CCH Naucalpan, la rebeldía contra  la “imposición” de un nuevo plan de estudios para el bachillerato univesitario y otras 10 demandas más. El grupo de marras muestra la mezcla del nuevo animal del campus: un discurso incendiario, rabioso y hostil contra toda forma de autoridad, que justifica, o intenta justificar, el rompimiento de cristales y la toma de las instalaciones que resguardan el trabajo cotidiano de la máxima figura de la representación universitaria. Es ese activismo reacio a toda forma de negociación, que exige garantías y condiciones imposibles a la autoridad, que genera simpatías en algunos de los círculos oxidados del  ultra-izquierdismo universitario, y al que le tiene sin cuidado la reprobación o el rechazo que otros  sectores de universitarios manifiestan ante su agresividad, sus prácticas y discurso sin matices ni cuarteaduras ni inflexiones.

El hecho preocupa no solamente en el caso de la UNAM. La rebeldía magisterial de Guerrero, Oaxaca o Michoacán representa estados de ánimo y prácticas políticas que desafían cualquier  forma de autoridad, la expresión de las nuevas formas de la intolerancia que se han cultivado a la sombra de los cambios políticos experimentados en el país en las últimas décadas.  Para decirlo en otro tono, el asalto de la UNAM fue posible en un contexto de movilización y  crisis de ciertas formas de representación política que se han incubado silenciosamente en los sótanos y los rincones de la estructura política de los intereses de franjas enteras del sector educativo nacional. Pero no son expresiones articuladas, sino simplemente  coincidentes e independientes. Entre el humo y los gritos de la coyuntura, estos fenómenos expresan con alguna claridad que los demonios de la ingobernabilidad en el terreno educativo no han podido o querido ser disipados por el proceso de cambio político democrático experimentado desde hace décadas. Pero es una ingobernabilidad que no proviene de disputas electorales ni de alternancias imposibles. Es una ingobernabilidad que se nutre del lenguaje de la intransigencia,  de la inexistencia de formas de articulación política que construyan sentido y horizontes a la acción de los grupos e individuos, y que aparece ahí donde instituciones como la universidad son presa fácil de los fanatismos y delirios de encapuchados, porros y activistas.

Lo peor es que la universidad y la escuela son instituciones muy frágiles para resolver por sí mismas estas explosiones de ingobernabilidad. Pero hay que recordar que lo peor es siempre un término elástico, como escribió alguna vez Martin Amis. La reproducción del porrismo y del ultraizquierdismo universitario es posible ante la ausencia de formas de articulación de los intereses que debiliten el poder de los activistas. En ese contexto, las fantasías de los asaltantes de la Rectoría que habitan el drama de la UNAM, es una postal grotesca y triste del signo feroz de los tiempos que de cuando en cuando sacuden la vida universitaria.

Adrián Acosta Silva. Profesor-investigador en el Instituto de Investigaciones en Gobierno y Políticas Públicas del CUCEA-Universidad de Guadalajara.

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