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A varios colegas plagiados, en solidaridad

Como alumnos nos molestaba su informalidad y su ausentismo. Odiábamos esperarlo más de una hora para después escucharlo decir que el nuevo paradigma de nuestra disciplina era la “erótica de la historia”. No le guardo resentimiento por ello. Sabíamos que en una facultad tan grande había todo tipo de profesores, y que Boris se encontraba en las antípodas de nuestros admirados Antonio Rubial, Alfredo López Austin o Juana Gutiérrez Haces. Nos convencimos también de que no seríamos profesores faltistas ni impuntuales. En mi caso, creo que su ejemplo negativo funcionó tanto como una frase popular que Andrea Sánchez Quintanar solía recordar: “Nadie puede enseñar lo que no sabe”.

Diez años después regresé como profesor de asignatura a la facultad que me había formado; a la que quiero y admiro profundamente. Su vitalidad y diversidad volvió a entusiasmarme y me hizo ignorar los inevitables claroscuros. Sin embargo, ahí seguía Boris. Supe más tarde que un grupo de alumnos protestaba por su atávico ausentismo, y que el caso se discutía en el Consejo Técnico. Me alegró que las nuevas generaciones tuvieran más valor que nosotros una década atrás. Cuando Boris recibió un “extrañamiento” me pareció que era una medida menor; pero no le di mayor importancia. Pensé, como antes: “Esto es inevitable en una facultad tan grande como ésta. No importa. No es él quien la sostiene”. Vi después el blog que le habían hecho, y pensé: “al menos no salió indemne ante la opinión pública”. Y luego me olvidé del caso, como nos olvidamos todos, hasta que su nombre volvió a los pasillos hace unos dos meses.

De entrada, la noticia me sorprendió. ¿Boris acusado también de plagio? Me sorprendí y también desconfié. ¿Sería una campaña en su contra? ¿Un ataque contra nuestra facultad? Un colega me confirmó que la carta de acusación era verdadera; que Juan Manuel Aurrecoechea, coautor del libro Puros cuentos (México, Conaculta, 1988) se había quejado ante las autoridades. Otros comentarios de twitter apuntaban en la misma dirección, y unas semanas después, una reportera de El Universal presentó el caso como noticia nacional (Alida Piñón, “La historia de un plagiario serial”, El Universal, 5-VI-2013). Nuevas pruebas se dieron a conocer en los días siguientes, aunque casi todas procedían del blog ya referido, cuyos responsables se protegen con un seudónimo, según  la misma nota periodística. ¿Se trataba, pues, de una fuente confiable? ¿No estaría exagerando?  Quise beneficiar al acusado con la duda, y a partir de ahí, comencé a hacer el mismo ejercicio por mi cuenta. Conseguí los libros bajo sospecha y acudí a un par de bibliotecas acompañado del buscador de libros de google (arma poderosa, aunque no infalible). La curiosidad no tardó en demostrarme que los plagios señalados en el blog no sólo eran ciertos, sino que muy probablemente no eran todos. ¿Hasta dónde era necesario buscar? Párrafos y páginas de otros autores, extraídos de libros y de revistas, pegados burdamente en un cuerpo informe, sin vínculos lógicos. ¿Cómo no nos habíamos dado cuenta? Una entrada de diccionario amarrada a la fuerza con un texto de Monsiváis. Fragmentos in extenso de José María Calderón sobre la Génesis del presidencialismo en México, seguidos de los textos de Aurrecoechea y Bartra, completados con páginas y páginas copiadas de varios trabajos de Samuel Schmidt. Lo peor: un libro abría con un párrafo de la lingüista Ana María Vigara Tauste, y el primer capítulo de otro con un texto de Paul Johnson. Eso no podía ser descuido, ni intertextualidad honesta.[1]

El empeño en buscar las raíces de lo que podía ser un chisme, me fue acercando al núcleo del terrible secreto. Y una vez ahí, descubriendo lo que  otros ya habían descubierto, cuando sentía que alcanzaba lo que simplemente no podía ser secreto, leí: “ésta es la primera categoría del secreto: su secreto es que no existe secreto: son secretos que todo el mundo sabe..”. El párrafo en cuestión me asustó. Me pareció que el propio Boris me invitaba, como lector, a trascender el chisme y a adentrarme en las raíces del secreto, de su secreto:

Esta es la primera categoría  del secreto: su secreto es que no existe secreto: son secretos que todo el mundo sabe. Y cuando se conoce el secreto del secreto, sus significantes, este secreto debería desvanecerse, debería no existir el chisme. Sin embargo, no es eso lo que ocurre, en vez de desaparecer. El chisme tiene raíces tan fuertes en el tejido social, que se va extendiendo. […] El chisme emite raíces, renace al lado de sí mismo, como estas plantas que se llaman rizomas, y termina por atraparnos a todos, cómplices y víctimas al mismo tiempo de un secreto inexistente”. (Boris Berenzon, Historia es Inconsciente, p. 32).

El párrafo anterior me pareció genial; pero tampoco era suyo, sino de un antropólogo (a menos, claro está, de que fuese una producción fortuita como la de Pierre Menard, autor del Quijote):

Ésta es la primera categoría  del secreto, su secreto es que no existe secreto, son secretos que todo el mundo sabe. Y cuando se conoce el secreto del secreto, su significante, este secreto debería desvanecerse, debería no existir el chisme. Sin embargo, no es eso lo que ocurre, en vez de desaparecer, el chisme tiene raíces tan fuertes en el tejido social, que se va extendiendo. […] El chisme emite raíces, renace al lado de sí mismo, como estas plantas que llaman risomas, y termina por atraparnos a todos, cómplices y víctimas al mismo tiempo de un secreto inexistente”. (Pedro Córdoba, “El secreto de la cultura”, Boletín del Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM, 1994, n. 9, p. 76).

Las publicaciones de Boris le han permitido armar un abultado expediente académico. Abultado, porque está lleno de plagios. Si las autoridades universitarias consideran que es necesaria una investigación exhaustiva, adelante. Tal vez encuentren un 20% que le sea propio. Por mi parte, el castigo me es indiferente. Me tranquiliza pensar que pocos alumnos querrán inscribirse con él, que la academia y los editores están advertidos, y que las tesis, libros y artículos que se atrevió a firmar se conservarán como pruebas permanentes de su proceder. Sólo espero que la advertencia sea entendida en una dimensión general, como lo han sugerido varias voces que se han pronunciado sobre el asunto (Pedro Salmerón, Guillermo Sheridan, Roberto Breña). Como ellos mismos señalan, el plagio nos compete a todos los académicos. Unos por indiferencia, otros por omisión o cobijo; por menospreciar la evidencia, por no denunciar los plagios; por no leer tesis con cuidado, por no dictaminar correctamente libros y artículos. Todos en conjunto tenemos algo de responsabilidad en éste y en otros casos.

Termino. A pesar de la fuerza envolvente del chisme, señalada por Pedro Córdoba  (no por Boris Berenzon), es necesario develar el secreto, o el falso secreto. Protestemos contra la complicidad (por participación o por omisión) y fortalezcamos los principios éticos de nuestra Facultad de Filosofía y Letras, de nuestro gremio de historiadores, de nuestra comunidad académica. Más allá de cuestiones legales, el plagio vulnera la confianza imprescindible sobre la que se construye el conocimiento.  Si escribo estas líneas, lo hago pensando en mis alumnos y en quienes se han atrevido a denunciar prácticas como ésta; con ánimo de exhortar a los primeros a actuar responsablemente y de renovar su confianza en el trabajo universitario. Tal vez todavía estemos a tiempo.

Gabriel Torres Puga.



[1] Boris Berenzon, Re/tratos de la re/vuelta. El discurso del humor en los gobiernos “revolucionarios”, Guadalajara, Editorial Universitaria, 2010 (Colección “Excelencia Académica”), p. 22 (plagio a José María Calderón, Génesis del presidencialismo en México, 1972, p. 252), p. 23 (plagio a Vigara Tauste, El hilo del discurso, 1994, p. 10), p. 90 y ss. (plagio a Carlos Monsiváis, “Reír llorando (notas sobre la cultura popular urbana)” en Moisés Ladrón de Guevara, Política Cultural del Estado Mexicano, México, 1983, p. 19), p. 94 (a Aurrecoechea, Puros cuentos, p. 14), p. 217 en adelante (a Samuel Schmidt, Humor en serio. Análisis del chiste político, I, p. 200; “Política y humor. Chistes sobre el presidencialismo mexicano” en  Nueva Antropología, n. 50, p. 60), etc. La introducción de Re/tratos de la re/vuelta plagia a Ana María Vigara Tauste, El chiste y la conducta lúdica; lenguaje y praxis, Madrid, Libertarias, 1994, cap. 1. El primer capítulo de Historia es Inconsciente (la historia cultural: Peter Gay y Robert Darnton) (San Luis Potosí, El Colegio de San Luis, 1999) plagia a Paul Johnson, Tiempos Modernos, Buenos Aires, Javier Vergara, 1983, p. 10 y ss. El texto plagiado a Monsiváis es difícil de encontrar en su versión original; pero fue relaborado por el mismo en su libro Imágenes de la tradición viva, así que es fácil verificar los plagios (véanse particularmente las páginas 14-15 y 65 y ss). Comprobé todas las citas anteriores con los originales a la vista. Muchos más ejemplos pueden constatarse siguiendo las indagaciones publicadas en la página de internet o blog http://yoquierountrabajocomoeldeboris.blogspot.mx, administrado por “Bárbara Bautista Gómez” desde abril de 2011. Última consulta: 20 de junio.

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