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El 27 de febrero de 2012, alrededor de las 7 p.m., Trayvon Martin, un joven negro de 17 años, salió de un minisúper en la ciudad de Sanford, a 32 kilómetros de Orlando, Florida. Martin había comprado una bolsa de dulces y una lata de té helado. Caminó de regreso a la casa de su padre en el fraccionamiento de Twin Lakes.

Al pasar la entrada del lugar, un hombre de 29 años, George Zimmerman (de madre peruana y padre estadounidense), lo empezó a seguir con su coche. Zimmerman, voluntario del comité de vigilancia vecinal, llamó al 911 y reportó a una “persona muy sospechosa” que “parece estar en drogas o algo”. La operadora le pidió a Zimmerman que dejara de seguir al joven, quien portaba una sudadera con gorro sobre la cabeza (“hoodie”) y guardaba la mano en el bolsillo donde tenía la lata de té helado y los dulces, unos Skittles.

Zimmerman hizo caso omiso de la instrucción –esperar a que llegaran las autoridades- y continuó detrás de Martin. En algún momento de los 15 minutos posteriores, descendió del coche –en más clara contradicción de las órdenes- y se acercó a confrontar a Martin.

Lo que sucedió después sólo lo sabe Zimmerman, ya que no hubo ningún testigo. Zimmerman dio una versión a la policía y nunca más testificó sobre los eventos de esa noche. Según él, Martin se le abalanzó y lo golpeó contra la acera. Mientras tanto, un vecino llamó al servicio de emergencias. En la grabación se escucha la expresión “Help me!” hasta 14 veces. Nunca se pudo determinar quién gritaba.

A las 7:30, una unidad de paramédicos declaró muerto a Martin. Tenía una herida de bala fatal en el lado izquierdo del pecho, hecha a rango muy corto con una pistola semi-automática de 9 milímetros. Zimmerman, por su parte, tenía la nariz fracturada.

Una vez que se dio a conocer lo ocurrido, el Departamento de Policía de Sanford, en uno de los múltiples puntos controvertidos de la investigación, se rehusó a acusar a Zimmerman con base en una ley llamada “Stand Your Ground” (“Defiende tu posición”).

Esta ley tiene más de 20 versiones distintas a nivel estatal en Estados Unidos, pero el contenido es en esencia el mismo. Permite que una persona que sienta una amenaza inmediata sobre su vida “se mantenga en posición” y la defienda hasta las últimas consecuencias, así sea con fuerza mortal. (Como bien argumenta Ta-Nehisi Coates, uno de los editores de The Atlantic, esta ley puede ser interpretada de forma muy flexible: una persona puede iniciar el pleito y después aducir “peligro de muerte” para matar a la persona a la que increpó en un inicio).

Más allá de la manga ancha legal de “Stand Your Ground”, hay estudios que demuestran dos consecuencias trágicas. La primera es que el agresor tiene mayor posibilidad de salir libre si invoca la ley, y la segunda es el elemento racial: la posibilidad de que una persona de piel blanca pueda matar a una persona negra bajo la “justificación” de esta ley es mucho mayor que en los casos de homicidios entre personas del mismo color de piel o en los que el agresor es negro. Ese mismo análisis también muestra que, en general, los blancos tienen más probabilidades de ser declarados no-culpables en homicidios de gente negra que al revés (negro vs. blanco), con independencia de que haya ley de “Stand Your Ground”. Es decir, hay un prejuicio inherente en este tipo de situaciones, siempre en contra de la minoría.

Tan es así que una mujer negra, también en Florida, intentó utilizar la misma ley en su favor el año pasado y no sólo no lo logró, sino que recibió una sentencia de 20 años en su contra. La mujer, Marissa Alexander, disparó al aire dentro de su casa para alejar a su marido, quien, según su testimonio, era abusivo. De hecho, Alexander ya tenía protección legal en contra del padre de su hija. Alexander fue declarada culpable de “tentativa de homicidio”.

La semana pasada, los cines estadounidenses estrenaron una película llamada “Fruitvale Station”, basada en la vida de Oscar Grant III, un joven estadounidense de raza negra quien murió en una estación de metro en Oakland, California, en 2009. Grant recibió un disparo por la espalda (proveniente del arma de un policía blanco) y murió al día siguiente en un hospital local. Grant no portaba arma alguna. (El incidente fue grabado en varios videos de celular, los cuales están disponibles en múltiples rincones de la red).

Esto en claro contraste con una de las sentencias de la Suprema Corte de Estados Unidos a finales del mes pasado. En el análisis de la decisión sobre el Voting Rights Act (Ley de Derechos Electorales), muchos comentaristas celebraron el inicio de un país “post-racial”. La ley, diseñada para proteger a los votantes de grupos minoritarios, prohibía que los estados cambiaran su legislación electoral local sin permiso federal (para evitar injusticias en contra de ciudadanos negros, sobre todo). La Corte decidió eliminar este requerimiento, bajo la idea de que Estados Unidos de 2013 no es el mismo que el de 1965, cuando entró en vigor la ley, y las minorías ya no necesitan protección, al menos en este aspecto. (Aunque claro, los miles de manifestantes incrédulos que salieron a protestar el veredicto del caso Zimmerman con sus “hoodies” puestos argumentarían lo contrario).

Un año después del homicidio, Zimmerman fue llevado a juicio. Dadas las circunstancias poco claras, la fiscalía optó por acusarlo de homicidio en segundo grado, lo cual significa que no es premeditado, pero que implica mala voluntad y odio por parte del homicida. Algo difícil de comprobar cuando no hay testigos presentes en el evento.

Al final, la fiscalía no logró demostrar lo suficiente para que el jurado –compuesto en exclusiva por mujeres- lo declarara culpable. 20 días de juicio –que inició con un chiste de muy mal gusto por parte del abogado defensor- y 16 horas de deliberaciones. Al escuchar el veredicto, se vio a Zimmerman esbozar una ligera sonrisa. (En una de las muchas incredulidades que deja este caso, tiene derecho a pedir que le devuelvan la pistola).

El presidente Barack Obama, que en algún momento declaró que si hubiera tenido un hijo se parecería físicamente a Martin, llamó a respetar el fallo judicial. En Twitter circuló una imagen con las caras de Martin y Zimmerman al revés. La implicación era simple, y de acuerdo con las estadísticas, muy posible: si Martin hubiera sido blanco y Zimmerman negro, la historia hubiera sido distinta.

Esteban Illades es editor de Nexos en línea.

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