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Leo, por recomendación de una amiga, un artículo del New Yorker. Se trata de una mordaz burla a la retórica de los republicanos en Estados Unidos. Valiéndose de citas textuales de republicanos de distintos niveles y partes del país, el autor exhibe la ridiculez de las mismas; la sobresimplificación constante, el lugar común irrisorio. Y es simpático justamente porque es cierto: la derecha estadounidense, al quedarse sin argumentos, alude a falacias y villanos; a la nacionalidad del presidente, al comunismo, a Hitler.

Es simpático, también, que por esas mismas fechas saliera a relucir un ejemplo de ese mismo conservadurismo ramplón en nuestro país.  El pasado lunes, el comentarista Sergio Sarmiento publicó, en el periódico Reforma, una columna titulada, grandilocuentemente, “El Marxista”. El texto en comento no sólo “exhibe” el marxismo del presidente de la República ―“Enrique Peña Nieto salió del clóset”, son sus palabras― sino que también establece que el mismísimo Marx es un moderado junto a Peña Nieto y que “Ni siquiera Hugo Chávez ha sido tan impaciente” por llevar a un país al socialismo.

Le siguen el completo descrédito de la ideología marxista, Cuba y Corea del Norte. Todos relacionados con el presidente de México. Todo esto es en serio, y está al alcance del lector.

Ahora bien, uno podría pensar que tal serie de acusaciones es producto de una sesuda investigación periodística; la revelación del algún tipo de secreto celosamente guardado. Pues no. No hay grabaciones de Enrique Peña Nieto cantando La Internacional, no se encontró una gastada copia de El Capital bajo su almohada, no hay una foto de Lenin en su buró. Nada que justifique decir que “El presidente de la República, el ‘primer priista de la nación’, es un marxista”.

El argumento del señor Sarmiento se construye sobre una cita. Siendo más precisos: una cita de un artículo que Enrique Peña Nieto publicó siendo aún gobernador del Estado de México. Acotando todavía más: un artículo que el hoy presidente publicó en 2010.

Sarmiento arguye que una cita de Peña Nieto ―”que todos, sin excepción, paguen de acuerdo con sus posibilidades; que todos, sin excepción, reciban los beneficios del gasto público de acuerdo con sus necesidades”— es sospechosamente parecida a una de Marx ― “¡De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades!” ―. Ése es su argumento. No es broma.

Bien, compremos, a manera de ejercicio lúdico, la premisa del señor Sarmiento: una cita de inspiración marxista exhibe al presidente como militante de esa ideología. Y ahora, por mera diversión, volvamos este argumento contra el señor Sarmiento. Porque si algo tiene el autor en cuestión, es esa costumbre de iniciar sus textos con citas célebres. Lo mismo se cita a él mismo que a Gandhi; de igual manera glosa a Lao Tse que a Ayn Rand y a John Stuart Mill. Tal vez lo haga para demostrar su monástico conocimiento, tal vez lo haga por relleno ―pero ése no es el punto.

Llaman la atención, al contrario, las siguientes citas:

Para el burócrata, el mundo es simplemente un objeto que manipular”.Karl Marx

Recuerda que la tormenta es una buena oportunidad para que el pino y el ciprés muestren su fuerza y su estabilidad“.Ho Chi Minh

“No hay moral en la política: sólo conveniencia”. – Lenin

“Todo Estado se funda en la fuerza.” – Trotsky

“Si no yo, ¿quién? Y si no ahora, ¿cuándo?”.  – Mijaíl Gorbachev

“Qué suerte para los gobernantes que los hombres no piensan”. – Adolf Hitler

“Quienquiera de nosotros que muera como mártir irá al Paraíso”.Mahoma

De la misma forma en que resaltan:

Te juro que es verdad esta mentira“.Ricardo Arjona

“Si me gustaste por ser libre, ¿quién soy yo para cambiarte?” – Arjona

“A ella le gusta la gasolina. ¡Dame más gasolina!…”. – Daddy Yankee

Todas estas frases célebres tienen en común que han sido usadas por Sergio Sarmiento para contextualizar o apoyar sus argumentos. Y, si aplicamos el mismo rigor que el aplica en las citas de otros, el resultado es bastante comprometedor. Siguiendo la lógica del autor podríamos decir que Sergio Sarmiento:

  1. Sigue indeciso entre un Marxismo clásico y sus variantes Trotskistas y Leninstas.
  2. Está confundido entre el socialismo reformista o la versión vietnamita del Maoismo.
  3. Se ha sentido atraído por el Nacionalsocialismo.
  4. Es un islamista militante.
  5. Gusta de escuchar balada y bailar reggaetón. 

Personalmente preferiría que el señor Sarmiento fuera Trotskista a que fuera seguidor de Arjona, pero eso no es lo que nos compete.

Lo importante es que el autor podría negar todo lo anterior, desde Hitler hasta Daddy Yankee. Cualquiera podría decirme que todo es falso ―y tendría razón. Podría decirme que mi argumento es imbécil ―porque lo es. Sin embargo, yo podría desechar cualquier argumento en su favor con la justificación de que “alguien se lo encargó”.

Porque fue exactamente eso lo que hizo el señor Sarmiento en su réplica a Roberto Breña: decir que alguien “le había pedido el favor”. Si el favor vino de Pyongyang o de Moscú es algo que permanece incierto.  De ahí que resultara particularmente simpático que Carlos Bravo Regidor le haya hecho ver a Sarmiento que su argumento era, de fondo, profundamente estalinista.

El texto de Sarmiento puede ocasionar risa. Pero es un ejemplo bastante representativo de ese liberalismo payo, limitado, profundamente dogmático del que usualmente nos burlamos al verlo en Estados Unidos pero que aquí llega a pasar desapercibido. Una diatriba más en defensa de lo que Fernando Escalante Gonzalbo llamó “el nuevo catecismo”.

Sarmiento llama a su texto “irónico”. Difiero: es arrogante de forma e ignorante de fondo. Éste es el nivel del liberalismo económico en nuestro debate público. Es grave.

Juan Pablo García Moreno

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