logo-banner-bueno-seminario

Los días 28 y 29 de octubre se llevó a cabo la primera versión del seminario internacional “El estado del periodismo y los medios: Periodismo de investigación / Investigación sobre periodismo”, organizado por la maestría en periodismo y asuntos públicos del CIDE.

La Redacción, en representación de Nexos (que, por transparencia, avisamos, fungió como patrocinador del evento) asistió a la conferencia inaugural, impartida por Jon Lee Anderson, reconocido periodista estadounidense que escribe para The New Yorker.

La conferencia de Anderson buscó responder una pregunta que se hacen todos aquellos que participan en medios de comunicación en este siglo (y que por ello cansa a más de uno, Redacción incluida): ¿Todavía importa el periodismo?
Para Anderson, miembro de la vieja guardia, la respuesta es clara, y casi tautológica: mientras sus textos tengan público, el periodismo, como él lo entiende, seguirá vivo.

El problema, dirán muchos (como Verónica Calderón, reportera de El País), es que el viejo periodismo está muerto.

¿Cuál es ese viejo periodismo?

Sin entrar de fondo al cambio del modelo económico en los medios de comunicación a partir del internet –para ello se puede consultar una explicación sucinta aquí- el periodismo a nivel mundial, como industria, ha sufrido grandes cambios en los últimos 15 años. Mientras que en los tiempos en los que se formó Anderson los impresos generaban ganancias y podían tener corresponsales con viáticos casi ilimitados corriendo alrededor del mundo y entregando tres o cuatro crónicas al año –cosa que él todavía hace, pero porque el New Yorker, junto con el New York Times son casos aparte de la tendencia global- la crisis financiera de los medios ha obligado a recortar gastos. Y ese recorte ha reducido el financiamiento del bien mismo que proporcionan las revistas y los periódicos: información reportada y analizada. Ahora es común ver, como dijo Guillermo Osorno, editor de Gatopardo, durante la conferencia, que las corresponsalías de los grandes diarios y revistas cierren por falta de presupuesto. Esto lleva a que su trabajo sea sustituido por servicios genéricos de cable a los que casi todos los medios tienen acceso (AP y Reuters, por ejemplo) o por boletines de prensa. En ese sentido se extraña cada vez más a ese periodismo en extinción, el que no repara en costos para que el lector obtenga algo de verdadero valor.

Es cierto que todavía hay lugares (que funcionan por mecenazgos, donaciones, fundaciones o fideicomisos) que apoyan investigaciones más largas. Pero son pocos: ProPublica, de Estados Unidos, es un ejemplo, o los periódicos comprados por los grandes magnates, cuyo interés, cabe resaltar, no siempre es transparente.

La queja de Anderson, correcta, más allá de la nostalgia que acompaña la edad y el poder decir “yo lo conté, yo fui parte”, tiene que ver con este tipo de cosas:

(La liga anterior no fue difícil de encontrar, por cierto.)

El temor que tenemos –la Redacción incluida- es que los recursos para hacer periodismo se disminuyan al grado de que, en tiempos no tan lejanos, el análisis crítico desaparezca de nuestras páginas (impresas o en línea) y sea remplazado por listas:

(A la Redacción tampoco se le escapa la ironía que gran parte de las fuentes para esta entrada provengan de nuevos medios de comunicación, los cuales criticó Anderson por “bajar el nivel de la conversación”. Si bien es cierto que cada vez es más común ver a periodistas y analistas pensar en 140 caracteres, tampoco debemos negar que la información está cada vez más cerca de nuestros dedos.)

El segundo problema de esta era de la “dictadura del click” -en la que los anunciantes se acercan a sitios y a contenidos dependiendo de cuántas personas hagan click en la página- es que, más allá de la proliferación de sitios y contenidos de más baja calidad, los medios tradicionales, con tal de detener la hemorragia de anunciantes y público, han decidido rebajarse al nivel de los demás.

Un ejemplo de sátira, cómo se verían las grandes noticias reescritas en tiempos modernos:

 

O la prueba final, la nueva técnica de la CNN, y que Jon Stewart, el mejor conductor “falso” de noticias en Estados Unidos, ha descubierto: las noticias ahora se dividen en si son “buenas” o “malas”, nada más.

Esteban Illades es editor de Nexos en línea.

Te recomendamos: