405px-John_F_Kennedy_Official_Portrait

Es tentador permitir que el carisma de un personaje domine el análisis de su paso por la historia. Las intenciones del líder con una “agenda del porvenir” ambiciosa generalmente se manifiestan en actos simbólicos, en elocuentes discursos ante grandes audiencias y en peculiaridades de su personalidad. Max Weber afirmó que “la dominación carismática supone un proceso de comunización de carácter emotivo”.[1] Explicar los resortes sociales que activan la dominación carismática de un individuo sobre la sociedad es tarea fundamental de la sociología y la antropología. El historiador tiene el reto de, permítase la expresión, “descarismatizar” el análisis en retrospectiva de un personaje.

 Kennedy fue un hijo de la guerra fría. Solía ceder ante las presiones del “establishment” conservador más recalcitrante en contra del comunismo. A pesar de estar preocupado por el alto grado de influencia de la CIA en la formulación de la política exterior estadounidense, y aunque en un inicio fue escéptico de esta operación, Kennedy dio luz verde a las fuerzas anticastristas batidas en Playa Girón. Arthur Schlesinger, connotado historiador y amigo suyo escribió que Bahía de Cochinos fue “la primera decisión drástica de su administración”[2] La radicalización del gobierno de Fidel Castro y la posterior crisis de los misiles -momento más crítico de la guerra fría, fueron las principales consecuencias de esta decisión. Simultáneamente, el presidente demócrata aumentó de manera considerable la presencia militar en Vietnam. Era ferviente creyente de la teoría del domino: instaurar el comunismo en un país generaría réplicas en naciones vecinas. Dos meses antes de su asesinato Kennedy afirmó “no estar de acuerdo con aquellos que demandan nuestra retirada. Eso sería un grave error… Los Estados Unidos hicieron este mismo esfuerzo para defender Europa. Ahora Europa es un continente bastante seguro. Tenemos que participar, nos guste o no, en la defensa de Asia”.[3] Kennedy se equivocó: Vietnam es la pesadilla más truculenta en la historia norteamericana.

 El nacido en Boston autorizó numerosas operaciones encubiertas de la CIA a lo largo de todo el planeta, aumentó al presupuesto al Departamento de Defensa y empleó la misma retórica que todos los presidentes estadounidenses de la guerra fría. Intentó plasmar su sello personal en la formulación de la Alianza por el Progreso: una iniciativa de ayuda económica para los gobiernos latinoamericanos con el objetivo de disminuir los incentivos sociales para la formación de grupos revolucionarios. Fue tanta la euforia con que se recibió este proyecto que un historiador tan agudo como Ernst May escribió en julio 1963 que la Alianza por el Progreso solucionaría el reclamo de Ortega y Gasset en España Invertebrada: las naciones hispanas comenzarían a compartir un futuro, ya no solo el pasado.[4] De nuevo, las intenciones fueron unas, las consecuencias otras.  Ya desde 1965 comenzó a hablarse en Latinoamérica del fracaso de la Alianza del Progreso. Las enormes expectativas y simpatías que Kennedy fueron proporcionales al grado de control y corrupción de las élites políticas, solapadas por Washington, de los países beneficiarios del programa.[5]

En política interna el tema más importante que coincidió con su administración fue la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos. Más allá de las buenas intenciones y discursos igualitarios, Kennedy era un político realista consciente de los cálculos necesarios para aumentar su poder. De otra manera no se explica su voto, cuando senador por Massachussets, en contra de la Ley por los derechos civiles de Dwight Eisenhower en 1957. Se olvida que esta legislación sirvió como base a la aclamada Ley por los derechos civiles de 1964 firmada por Lyndon B. Johnson y atribuida póstumamente a Kennedy. Su inicial oposición a la famosa Marcha sobre Washington, (culmen de la lucha por los derechos civiles y escenario del célebre “I Have a Dream” de Martin Luther King) se explica en función de su preocupación por ver amenazado este proyecto de ley. Horas después de finalizar, Kennedy no dudó en elogiarla al mencionar que “la causa de 20 millones de negros ha sido promovida apropiadamente por esta marcha ante el monumento al Gran Emancipador [Abraham Lincoln]”.[6] Algunos historiadores afirman que estaba muy interesado en dar el voto a los afroamericanos para conseguir su apoyo en la elección de 1964.[7] Pragmático y realista, ése era el verdadero presidente Kennedy.

El trauma de una muerte repentina perpetuó el hechizo de su carisma ¿Quién osó terminar con la vida del único presidente católico en la historia de Estados Unidos? Tras el magnicidio del 22 de noviembre de 1963, la especulación sigue latente. Diversas teorías conspiratorias han combatido la hipótesis oficial del asesino solitario. El inmediato asesinato de Oswald Lee Harvey y la clasificación perpetua de documentación del FBI y otras agencias estadounidenses son factores que alimentan la imaginación popular. Pero el historiador no está para asignar culpas ni dictar sentencias. Sencillamente, como sugiere Eric Hobsbawn, es tarea elemental de cualquier artesano del pasado “recordar lo que otros quieren olvidar”.[8] Sirvan, pues, los cincuenta años del trágico desenlace del paseo por las calles de Dallas para recordar el legado histórico de John F. Kennedy, siempre guiados por la siguiente máxima: los actores políticos deben analizarse en función de las consecuencias de sus decisiones, no por el carisma desplegado en la proclamación de sus intenciones. El hechizo del carisma seduce, mas debe romperse.

Emilio González González es  historiador por la Facultad de Filosofía y Letras-UNAM, estudiante de maestría en ciencia política en El Colegio de México.


[1] Max Weber, Economía y sociedad, trad. José Medina Echavarría et al., 2º ed., México, Fondo de Cultura Económica, 1983, p.194.

[2] Arthur Schlesinger Jr., A Thousand Days, John F. Kennedy in the White House, Cambridge MA, The Riverside Press, 1965, p.164.

[3] “Trascripción de entrevista de John F. Kennedy con Walter Cronkite”, CBS News, 2 de septiembre de 1963. Extraído el 18 de noviembre del 2013 de aquí.

[4] Ernst May, “The Alliance of Progress in Historical Perspective”, Foreign Affairs, vol. 41, núm. 4, (julio de 1963), p. 774.

[5] Christian Smith, The Emergence of Liberation Theology: Radical Religion and Social Movement Theory, Chicago, Chicago University Press, 1991, p. 114-115.

[6] John F. Kennedy: “Statement by the President on the March on Washington for Jobs and Freedom,” August 28, 1963. The American Presidency Project, consultado el 18 de noviembre del 2013.

[7] Herbert H. Haines, Black Radicals and the Civil Rights Mainstream, 1954-1970, Knoxville, University of Tennessee Press, 1988, p. 151. El mismo Arthur Schlesinger, íntimo amigo de la familia Kennedy, aceptó que conseguir el voto afroamericano era prioritario para John Kennedy. Arthur Schlesinger, Robert Kennedy and His Times, New York, Mariner Books, 1978, p. 288.

[8] Eric Hobsbawn, Age of Extremes, The Short Twentieh Century 1914-1991, London, Abacus, 1994, p.3

Te recomendamos: