Newtown Connecticut shooting

El 14 de diciembre de 2012, Adam Lanza, un joven de 20 años, ingresó a la primaria de Sandy Hook, en Newtown, Connecticut. Portaba un rifle semi-automático, una pistola Glock y otra Sig Sauer. En un lapso de 10 minutos, entre las 9:30 am y las 9:40, mató a 26 personas, entre ellas 20 niños de primero de primaria. Después se quitó la vida con un tiro a la cabeza.

A casi un año de la segunda matanza más grande perpetrada por un individuo en la historia de Estados Unidos –sólo más cruenta la de Virgina Tech en 2007–, la Fiscalía Estatal de Connecticut ha concluido la investigación del hecho. El texto íntegro, de 48 páginas, puede ser consultado en esta liga.

En su análisis, la Fiscalía destaca que todas las armas en posesión de Lanza, incluyendo una que dejó en su automóvil en el estacionamiento de la escuela, y otra que utilizó para asesinar a su madre media hora antes, fueron compradas por la madre misma, de forma legal, en distintos momentos. Lo mismo sucedió con todas las balas.

A pesar de que los reportes iniciales indicaban que había otra persona involucrada –la policía detuvo a un hombre afuera de la escuela e investigó a otros dos que después resultaron ser reporteros–, la Fiscalía concluyó que Adam Lanza fue la única persona que planeó y ejecutó la matanza. Nunca compartió la información con nadie.

La parte medular de la investigación es la menos clara: el caso está cerrado sin saber cuál fue el motivo del acto. Lanza destruyó el disco duro de su computadora, donde la Fiscalía pensaba encontrar claves que llevaran a comprender por qué un joven de 20 años cometió tal atrocidad. Lo que sí encontró –en “evidencia electrónica”, según el reporte– fue la inspiración práctica: tablas de Excel en las que se detallaban matanzas históricas, artículos relacionados con la masacre de Columbine y una “dramatización” en video del homicidio de varios niños. También había una colección de armas –legales, todas– bastante extensa. Es decir, encontraron los pasos que siguió Lanza, pero no la razón por la que lo hizo.

Al leer el documento, uno puede darse cuenta que, sin decirlo de forma explícita, los investigadores buscan encausar la matanza hacia dos lugares: los videojuegos y la falta de “normalidad” de Lanza. Es por esto que, de toda la lista de videojuegos que encuentran en su cuarto –se dice de pasada que le gustaba jugar Súper Mario Bros. y otros títulos japoneses para niños– se resalta el nombre de los de guerra y los simuladores de acción con armas.

La fijación de Lanza con otro videojuego, Dance, Dance Revolution –cuyo objeto es replicar los pasos de baile que muestra la computadora– es descrita en la parte que vincula la violencia con lo “anormal”: se infiere que se trata de alguien con una obsesión casi patológica con el mundo virtual. (Si pensamos que casi el 60 por ciento de los estadounidenses juegan videojuegos, y que la industria ganó más de 21 mil millones de dólares en ventas el año pasado, muchos estadounidenses podrían caer dentro de una clasificación similar.)

Pero al tratar de presentar esta patología, a Lanza se le categoriza como un juguete roto, defectuoso. En la investigación se buscan motivos escolares (si era víctima de bullying, si socializaba) y su participación en actividades grupales (fútbol, la orquesta de la preparatoria), como si el hecho de que fuera un individuo que no respondiera ante “lo que la sociedad espera” fuese la causa última por la cual actuó de esta forma. Estaba “mal” y por lo tanto no había nada que hacer. Era inevitable.

Estas líneas de investigación son similares a las que utilizaron las autoridades y la prensa después de la matanza de Columbine en 1999. La primera línea apareció cuando se dijo que Eric Harris y Dylan Klebold, los dos responsables de la masacre –15 muertos, incluyendo a los homicidas– se habían “vengado” por el  trato de otros preparatorianos hacia ellos; diez años después se comprobó que éste no era el motivo. La segunda (los gustos de los homicidas como motivo) se presenta en términos muy claros en el documental de Michael Moore, Bowling for Columbine: aparte de sus problemas sociales, Harris y Klebold escuchaban heavy metal y se entretenían con videojuegos violentos. Las “malas influencias” los habían llevado por este camino. Ambas interpretaciones como parte de un intento terco de adaptar la realidad a un molde.

El nombre de Marilyn Manson, satanizado por los medios y por los padres de familia, fue el que más circuló en ese entonces para reforzar la segunda hipótesis. Manson, curiosamente, es quien da el análisis más sensato de cómo los medios encuadran a los gustos en la fórmula que lleva a que alguien perpetre una masacre. Mejor echarle la culpa a una figura pública –y la interpretación de lo que pueda representar– que al hecho de que una persona que la propia sociedad tacha de inadaptado pueda tener en su haber rifles semi-automáticos.

Pero ni en Columbine, ni en Newtown, ni en otros casos, se buscó siquiera iniciar una discusión más profunda sobre por qué en Estados Unidos ocurre –más o menos dos veces al mes– que un individuo dispare en contra de un grupo de personas.

Siempre es más fácil, como autoridad y como medio de comunicación[1] simplificar la interpretación para que las cosas tengan sentido.

Esteban Illades es editor de Nexos en línea.


[1] En México podemos pensar en el caso de “El Ponchis”, el “niño sicario” que fue detenido por asesinar a cuatro personas. Nuestros medios, en lugar de tratar de entender por qué terminó en esa posición, prefirieron tildarlo como alguien con “tendencia a la maldad”. (Gracias a Juan Carlos Romero por excavar la liga.)

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