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Los partidos políticos de izquierda pasan por uno de los peores periodos de su historia reciente. 2013 les dejó secuelas terribles y, en medio de este negro panorama, comienzan el año inmediatamente previo al de las elecciones intermedias. A esto habría que sumar nuevas amenazas de fragmentación que se observan en el horizonte, específicamente la inminente creación de MORENA. La izquierda está derrotada, golpeada, descoyuntada, y en un laberinto: confundida, desnortada, obligada a decidir hacia dónde ir.

El Pacto por México fue un pésimo negocio para el PRD. El gobierno federal se impuso al definir el contenido de casi todas las reformas aprobadas, capitalizó prácticamente la totalidad del mérito y aquellas reformas que incorporaron propuestas de la izquierda –educativa, telecomunicaciones y sobre todo fiscal– fueron tímidas si se les compara con los problemas que pretenden enfrentar. Llegado el momento de discutir la reforma energética, el PRD –en un arrebato de supuesta dignidad– rompió con el Pacto. En realidad, antes de que el PRD rompiera con el Pacto, el Pacto había roto con él: estaban aprobadas las reformas que precisaban de sus votos y la energética –la madre de todas, casi un Satanás para la izquierda– saldría adelante con los votos del PAN.

Quizá la izquierda no haya terminado de dimensionar el golpe que fue la reforma energética. En términos simbólicos, terminó uno de los grandes mitos que fundaban a la izquierda mexicana: las utilidades de la industria petrolera como patrimonio nacional. De tajo, se le puso punto final al discurso clásico de que los beneficios del petróleo eran solo del “pueblo de México”. La renuencia de los principales líderes progresistas para hacer un solo frente opositor y su incapacidad para convocar a protestas que verdaderamente pusieran en jaque la aprobación de la reforma, evidenció un grado preocupante de fragmentación política y lo poco creíble de sus amenazas de amplia e intensa movilización social.

Así, además del fracaso político, ideológico e identitario que les significó la reforma energética como tal, quedó desnudada su escasa fuerza de resistencia popular. Tal parece que, en la batalla ideológica, el neoliberalismo vence con creces al nacionalismo: hace veinte o treinta años habrían sido cientos de miles de mexicanos protestando airadamente contra la reforma energética; ahora, fueron solo unos pocos en manifestaciones apacibles, aisladas y esporádicas.

Coincidentemente, todos sus posibles candidatos presidenciales pasan por momentos amargos. López Obrador se recupera de un infarto masivo, sin que quede claro si podrá o no continuar con el extenuante activismo que lo ha caracterizado los últimos ocho años; Ebrard corre el riesgo de perder la dirigencia nacional del PRD, con lo que sería evidente su debilidad al interior del partido y quedaría privado de una posición política que le permita propulsar una eventual precampaña presidencial; la aprobación de Mancera como Jefe de Gobierno ha caído estrepitosamente –tras su torpe manejo de casos como el Heaven y las marchas de la CNTE, por citar dos ejemplos–, cuenta con un equipo que le genera más problemas que resultados, y es blanco de dardos envenenados de los sectores afines a López Obrador y Ebrard.

Si los resultados del gobierno capitalino son malos, el panorama no es mucho mejor en las demás entidades con gobiernos emanados de la izquierda o de coaliciones de esta con el PAN. Además de la Ciudad de México, la izquierda gobierna, en solitario, Tabasco, Morelos y Guerrero. Mientras Núñez en Tabasco y Ramírez en Morelos han mostrado, respectivamente, solidez para combatir al crimen y determinación contra la corrupción, Guerrero es un auténtico polvorín, azotado por desastres naturales, narcotráfico y grupos armados de distinto tipo –guerrillas y autodefensas.

Los gobiernos desprendidos de alianzas electorales entre la izquierda y el PAN –Baja California, Oaxaca, Puebla y Sinaloa– presentan resultados variopintos, pero el saldo para la izquierda, en general, está en números rojos. En Baja California, para efectos prácticos, gobierna el PAN, y las demás administraciones son encabezadas por personajes que se acercaron al PRD y compañía por mera conveniencia, con programas de gobierno contradictorios, en tanto tratan de mediar entre las agendas de partidos tan disímbolos.

Por si esto fuera poco, todo apunta a que la izquierda partidista enfrentará este año una fragmentación sin precedentes. No se trataría solo del eterno choque entre tribus –su signo característico desde hace décadas y que arrastra hasta la fecha– y tampoco de que sigan siendo tres partidos los que se busquen el mismo electorado. La fragmentación que se avecina es diferente: el surgimiento de MORENA, por darse bajo el carisma de López Obrador y sobre las estructuras electorales que este ha desarrollado durante años, es una auténtica afrenta electoral al PRD, con una gran probabilidad de dividir sustantivamente el voto por la izquierda, más aún si MORENA se fusiona con PT y MC.

Germán Petersen Cortés es politólogo.

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