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Del texto “Familia y Terremoto” escrito por José Fernández Santillán en el No. 95 de la revista Nexos, noviembre de 1985:

Lo que este apunte quiere indicar es la velocidad y fuerza con la que actuó una de las partes más importantes de la sociedad civil, es decir la familia: quienes se encontraban en su casa en el momento del sacudimiento instintivamente trataron de proteger a los suyos; quienes estaban fuera de su hogar trataron de comunicarse o llegar a él en el menor tiempo posible. En pocos minutos no sólo se sabía del estado en que se encontraban los cónyuges, los hijos, los padres, los hermanos sino también los tíos, primos, abuelos, etc. Los primeros apoyos materiales, económicos y morales provinieron del núcleo familiar. Quienes vieron derruidos sus domicilios por los sismos encontraron refugio en la morada de sus parientes. Otros, cuyos familiares se encontraban en los edificios colapsados, se dirigieron de inmediato a ellos para tratar de rescatarlos o al menos de encontrar sus cuerpos. Familias enteras pasaron largas y penosas jornadas frente a las construcciones caídas en espera de noticias sobre sus parientes. Muchas de las brigadas de voluntarios que operaron en el Centro Médico, multifamiliar Juárez, CONALEP, Hospital General, Hospital Juárez y tantos otros edificios colapsados, estuvieron formadas por parientes de los afectados.

Del texto “Zempaxuchitl” escrito por Emma Yanez en el No. 96 de la revista Nexos, diciembre de 1985.

Supo que estaba vivo sólo cuando una mano temblorosa le tocó el vientre y se persignó ante ella como si se tratara de una virgen y no de una muchacha cualquiera. Por un momento el azul del cielo y el sol la hicieron pensar en todo menos en la vivienda perdida. Frente a ella, en la avenida Reforma, circulaban las sirenas el ejército, los turistas aterrados, los rostros afligidos que una y otra vez detenían la mirada en el vientre de ella. Del centro seguían llegando los rumores del desastre: mujeres que habían visto arder el hotel Regis; jóvenes puncks que sin saber porqué habían rescatado de los escombros a las señoras de la Juárez. Los rumores empezaron a hacerse realidad cuando el ejército acordonó la zona. Ella se quedó ahí, sentada en una banca de la avenida mirando el cielo y sin saber qué hacer.

El -pensó todavía sentada en la banca- no se asomará por la ventana de su casa a ver la vuelta ciclista, ni los maratones, ni el desfile del primero de septiembre. No verá desde la esquina las manifestaciones, aquella última contra la farsa electoral, la otra contra la carestía de la vida. Su casa ya no existe, ni la ventana de su cuarto dará a la calle. Hoy, desde ahí, en lugar del mimo en el semáforo o el conchero tocando la flauta entre los autos, sólo se ve al ejército imponer su orden, al burócrata desamparado frente a su dependencia derruida, y a los vecinos aferrados a vivir en lo inhabitable. A unas cuantas calles de el Angel, dicen, se cayeron el hotel Continental y el Versalles. Desde ahí empiezan los muertos. Son muchos los muertos, miles.

Una par de meses después del temblor de septiembre del 85 las reflexiones no sólo eran sobra la tragedia, sino sobre la destrucción de una ciudad y su reconstrucción. En el No.96 de la revista Nexos, diciembre de 1985, se publicó un texto de Marshall Berman titulado “La vida después del urbicidio”, que incluye la siguiente reflexión:

Para mucha gente que vivió la Segunda Guerra Mundial, la visión de las ruinas que dejó, que redujo a tantas ciudades a escombros, se convirtió en una obsesión arraigada aun mucho después de que se recogieran las últimas piedras. Esta obsesión penetra muchas de las novelas y películas más impresionantes, resultado de esa guerra: Alemania, año cero y Paisa, de Rosselini; El tambor de hojalata de Günter Grass; Los malos duermen bien, de Akira Kurosawa; Loco en París, de Thompson Berger; Hiroshima mi amor, de Jorge Semprún y Alan Resnais; historia de una novela, de Elsa Morante; Reinos nativos, de Czeslaw Milosz; Matadero cinco, o la Cruzada de los inocentes, de Kurt Vonnegut; Alemania, pálida madre, de Eva Mattes; y otras más. (La presencia de las ruinas como tema del arte y arquitectura de la posguerra es una historia fascinante). En Loco en Berlín de Berger, que comienza al final de la guerra, un joven estadunidense G. I. descendiente de alemanes se detiene en Berlín, donde espera rastrear y comprender sus raíces alemanas entre las ruinas. Su búsqueda pronto lo lleva a los escombros de la cancillería de Hitler; ahí hace una pregunta que, aunque torpemente expresada (uno de los temas de Berger es la dificultad de encontrar un lenguaje y una voz para todo esto), hace eco y resuena en toda la literatura del urbicidio: ¿Por qué las cosas rotas parecen ser más grandes que cuando están completas? La respuesta implícita de Berger es que el urbicidio al que sobrevivimos redujo todo a lo esencial, y de este modo, irónicamente, deja todo lo que queda un poco más grande que la vida. Forzados a vivir entre estas gigantescas formas rotas, podemos aprender qué vale la pena reunir, para qué vale la pena vivir. Czeslaw Milosz, que vivió la destrucción de Varsovia, dijo algo similar en su conferencia “Ruinas y poesía”. “En nuestro siglo”, dice, “el fondo de la poesía es la fragilidad de esas cosas a las que llamamos civilización y cultura. Lo que nos rodea, aquí y ahora, no está garantizado. Bien podría no existir -y así el hombre construye poesía de los restos encontrados en las ruinas.”

Para mucha gente que vivió la Segunda Guerra Mundial, la visión de las ruinas que dejó, que redujo a tantas ciudades a escombros, se convirtió en una obsesión arraigada aun mucho después de que se recogieran las últimas piedras. Esta obsesión penetra muchas de las novelas y películas más impresionantes, resultado de esa guerra: Alemania, año cero y Paisa, de Rosselini; El tambor de hojalata de Günter Grass; Los malos duermen bien, de Akira Kurosawa; Loco en París, de Thompson Berger; Hiroshima mi amor, de Jorge Semprún y Alan Resnais; historia de una novela, de Elsa Morante; Reinos nativos, de Czeslaw Milosz; Matadero cinco, o la Cruzada de los inocentes, de Kurt Vonnegut; Alemania, pálida madre, de Eva Mattes; y otras más. (La presencia de las ruinas como tema del arte y arquitectura de la posguerra es una historia fascinante). En Loco en Berlín de Berger, que comienza al final de la guerra, un joven estadunidense G. I. descendiente de alemanes se detiene en Berlín, donde espera rastrear y comprender sus raíces alemanas entre las ruinas. Su búsqueda pronto lo lleva a los escombros de la cancillería de Hitler; ahí hace una pregunta que, aunque torpemente expresada (uno de los temas de Berger es la dificultad de encontrar un lenguaje y una voz para todo esto), hace eco y resuena en toda la literatura del urbicidio: ¿Por qué las cosas rotas parecen ser más grandes que cuando están completas? La respuesta implícita de Berger es que el urbicidio al que sobrevivimos redujo todo a lo esencial, y de este modo, irónicamente, deja todo lo que queda un poco más grande que la vida. Forzados a vivir entre estas gigantescas formas rotas, podemos aprender qué vale la pena reunir, para qué vale la pena vivir. Czeslaw Milosz, que vivió la destrucción de Varsovia, dijo algo similar en su conferencia “Ruinas y poesía”. “En nuestro siglo”, dice, “el fondo de la poesía es la fragilidad de esas cosas a las que llamamos civilización y cultura. Lo que nos rodea, aquí y ahora, no está garantizado. Bien podría no existir -y así el hombre construye poesía de los restos encontrados en las ruinas.”

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