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Una crónica

El anuncio tomó por sorpresa a las personas que viajan en la Línea 12 del Metro de la Ciudad de México. A las nueve de la noche del martes, una manta colgaba arriba de los torniquetes que dan acceso a la estación Zapata: “AVISO IMPORTANTE. Se informa a los usuarios de la Línea 12, que SE SUSPENDE el servicio en el tramos de las estaciones TLÁHUAC-CULHUACÁN por mantenimiento, hasta NUEVO AVISO. Se brindará servicio GRATUITO con RTP de Tláhuac a Atlalilco”. De las 20 estaciones, 11 cerraban sus puertas.

Por la mañana, el periódico Reforma se adelantó al aviso de las autoridades, en su primera plana informaba: “Se ‘descarrila’ Línea 12”. En esa nota, el reportero Jonás López dio a conocer un diagnóstico inquietante hecho a la Línea Dorada por la firma alemana ILF Consulting Engineers: desgaste ondulatorio en rieles, daños en las ruedas de los trenes, fisuras en los durmientes, ruptura de piezas de fijación. En resumen, de seguir funcionando en estas condiciones, los trenes podrían salirse de las vías.

La mala calidad del servicio fue evidente desde la semana anterior. Los trenes no pasaban con la misma periodicidad; el tiempo de espera en cada estación se duplicaba; hubo usuarios que se subían hasta el tercer convoy porque en los anteriores ya no cabían. Había rostros descompuestos porque llegarían tarde al trabajo. Otros sólo mostraban resignación. Sin duda, estaban decepcionados de la línea que fue inaugurada el 30 de octubre de 2012.

Ésta no es la primera ocasión en la que el Sistema de Transporte Colectivo anuncia modificaciones en el servicio de la línea, sólo que en las anteriores se hablaba de “mantenimiento preventivo”. A partir del 2 de agosto de 2013, las estaciones Culhuacán, San Andrés Tomatlán, Lomas Estrella y Calle Once no funcionaban desde las 23:00 horas entre semana y desde las 22:00 horas sábados y domingos. 50 autobuses de RTP transportaban a los afectados. Los usuarios tuvieron que adaptarse a los nuevos horarios nocturnos y anticipar la llegada a su casa si no querían complicarse la vida trasbordando hacia otra ruta o tomar un microbús.

El primer día del cierre parcial de la Línea 12, cerca de las diez de la mañana, no era complicado abordar los camiones naranja. De las estaciones Nopalera a San Lorenzo, las filas de espera no tenían más de veinte personas. Se podía escoger entre dos rutas: Constitución o Atlalilco. La mayoría prefería la segunda para que el camino de hierro los llevara a Mixcoac.

La nueva modalidad de viaje revivió costumbres abandonadas con el uso del metro. Los usuarios al formarse daban los buenos días. Subían con calma pero eso sí, sin perder la costumbre de armar triple formación en los pasillos del camión. Las dudas surgieron:

—¿Cuánto cuesta el pasaje?

—¿Va directo o hace parada donde sea?

—¿En Atlalilco ya puedo tomar el Metro?

Otra costumbre adormecida se desperezó: la conversación entre los pasajeros:

—Pensé que me iba a tardar más en subir al camión.

—No se confíe. Hoy es el primer día. Seguro que con el tráfico uno necesita madrugarle más.

—Eso sí, pero prefiero que lo arreglen a que me caiga desde allá arriba. No sólo pienso en mí, también en los que van abajo.

Afuera, personal de la Secretaría de Desarrollo Social orientaba a los usuarios y ponía orden:

—Recórranse, ahí caben todos.

—Permitan bajar antes de subir.

—Señor, suba otro escalón, la puerta le va a aplastar el pie.

—Señores, el camión sólo hace paradas en las estaciones del Metro. No toquen el timbre.

La avenida Tláhuac tenía mayor movimiento. Policías de la zona Vial 3 evitaban que los microbuses y combis se estacionaran en lugares prohibidos y agilizaban el tránsito.

Al abandonar el viaje en las alturas, marcado por las azoteas y los anuncios espectaculares, los usuarios pudieron ver cómo luce avenida Tláhuac. Nunca ha sido la arteria más bella de la ciudad, pero no estaba tan abandonada como ahora. En las orillas hay cascarones de lo que alguna vez fueron casas, ahora arrasadas por el paso del Metro, locales abandonados, comercios que parecen exhalar su último suspiro. Las paredes son un catálogo de firmas grafiteras indescifrables para el observador común. De repente, saltan a la vista entradas discretas de hoteles de paso que no llevan más de año y medio funcionando. Otro adorno oculto: tres arcos que marcan la entrada a los pueblos de Santa María Tomatlán, San Andrés Tomatlán y Los Reyes Culhuacán. Si algo se echa de menos en este camino bajo es la vista del exconvento de Culhuacán. Detrás de la pared de piedra que lo rodea no se adivina la belleza que oculta.

A las 10:38 horas, el camión RTP llegó a Atlalilco. Los usuarios se apresuraron a bajar para seguir su camino en la versión subterránea. Los andenes estaban despejados, podía verse de una punta a otra. Los trenes como nunca había sucedido, llegaron vacíos. A las 10:51 horas, la voz anónima anunciaba el arribo a la estación Mixcoac. La Línea Dorada había roto la promesa de conservar su fulgor.

Kathya Millares es editora de Nexos.

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