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Una explosión de sentimientos recorre avenidas y redes sociales de Brasil, minorías y grupos de presión previo al inicio de la Copa del mundo. Todo ocurre al mismo tiempo y pone de manifiesto una vez más, como ocurrió en las protestas del año pasado, carencias sociales y frustraciones de todo tipo.

En Sao Paulo, grupos de “Sin Techo” que han sido desalojados como resultado de las obras mundialistas reivindican su “derecho a la ciudad” y ocupan un terreno a solo unos pasos del recién inaugurado estadio Itaqueirão. Queman llantas y amenazan al gobierno con una retórica incendiaria: “o garantizan nuestros derechos y resuelven nuestra situación o no habrá mundial”.

Organizaciones sindicales y grupos “Sin Tierra” organizan junto a activistas del movimiento passe livre y militantes a favor de la despenalización de la mariguana el “Comité Popular de la Copa” para organizar partidos en las zonas populares de Brasil. La “Copa rebelde”, como le han bautizado, pretende reivindicar “el verdadero futbol” y alertar contra su transformación en un gran negocio.

A las protestas anti-mundialistas que se han convocado en 50 ciudades brasileñas, especialmente activas en las 10 capitales más importantes, se han sumado varias categorías profesionales que han decidido aprovechar esta ventana de oportunidad para montarse en el ciclo de protesta: los choferes de autobuses que van a huelga en Rio de Janeiro, los servidores públicos que deciden parar en Minas Gerais o un sector de la policía militar del estado nordestino de Pernambuco, cuya protesta terminó en saqueos y disturbios.

Brasil parece hoy “el país de las protestas”, aunque ciertamente ninguna de las marchas más recientes ha estado cerca de alcanzar los cientos de miles que salieron a las calles el año pasado. Sin embargo, con una elección presidencial en puerta (la primera vuelta en octubre, a sólo cuatro meses de la copa), las movilizaciones más recientes han adquirido un carácter mediático que las hace parecer ante al mundo más numerosas y disruptivas de lo que realmente son.

La copa más cara de la historia

Sin lugar a dudas hay razones de sobra para el descontento. Éste proviene, en gran medida, de la inmensa desconexión entre las grandes obras de la copa y las necesidades reales de una población que demanda mejores servicios públicos y derechos básicos. Como escribió la ambientalista (hoy candidata a la vicepresidencia), Marina Silva, “los brasileños se sienten engañados porque creen que su amor por el fútbol y por la selección han sido utilizados por los que ganan con otro tipo de juego”.

En efecto, se espera que para este mundial la FIFA alcance el mayor lucro de su historia: más del doble que en Alemania 2006. A diferencia del mundial de 1994 en Estados Unidos, donde la mayor parte de la inversión provenía del sector privado, en esta ocasión el gobierno del país anfitrión y sus bancos públicos han gastado en preparativos cerca del 85% de los 11 mil millones de dólares que costará el mundial.

Y aunque parte de este gasto se dirige a obras de movilidad urbana, como la ampliación de aeropuertos o algunas estaciones de metro, una porción importantísima se consumirá en la construcción o remodelación de estadios. Si se analizan las diez obras más costosas, por ejemplo, solo la mitad de ellas reporta beneficios de infraestructura y movilidad. Estudios de expertos calculan, además, que de los 12 estadios que se han construido al menos cuatro se convertirán en elefantes blancos porque las ciudades en que se localizan no cuentan con los recursos para darles mantenimiento.

Las diez grandes obras más caras del mundial 2014

(en millones de dólares)

 

Ampliación del aeropuerto de Guarulhos, Sao Paulo 958, 416, 000
Aeropuerto Barra da Tijuca, Rio de Janeiro 765, 321, 000
Tren Ligero Cuiabá, Mato Groso (15 kms) 709, 049, 000
Estadio Mané Garrincha, Brasilia 900, 103, 000
Ampliación aeropuerto Viracopos, Campinas 845, 278, 000
Ampliación aeropuerto Juscelino Kubitschek, Brasilia 497, 344, 000
Reformas al estadio de Maracaná 484, 309, 000
Estadio Itaqueirão 368, 798, 000
Reformas al estadio da Fonte Nula, Salvador 309, 881, 000
Reformas al estadio Mineirão, Belo Horizonte 304, 968, 000

 

Elaborado por el autor con información de Folha de Sao Paulo y Wall Street Journal.

 

Pero la Copa 2014 es también la del despilfarro y la corrupción, lo que ya han mostrado algunas auditorías. El mejor ejemplo es el estadio Mané Garrincha, de Brasilia, hoy el segundo más grande del país después del Maracaná y el más caro que se haya construido en la historia de Brasil. Su costo estimado se triplicó desde que inició a construirse y hoy alcanza los 900 millones de dólares. En este estadio, financiado enteramente con recursos de los contribuyentes, los auditores encontraron sobrefacturamientos hasta por 275 millones (casi un tercio del costo total) y aseguran que la mala planeación y el despilfarro incrementaron en 28 millones el costo del acero para su construcción.

No es casual que las cuatro firmas constructoras del Mané Garrincha -Andrade Gutierrez, Queiroz Galvão, OAS y Camargo Correa- han sido las cuatro principales donantes de campañas políticas en Brasil. Juntas aportaron 211 millones de reales, casi la mitad de lo que aportaron los principales 20 contribuyentes.

Grandes actos como los mundiales o las olimpiadas no suelen generar beneficios de largo plazo para un país. El gobierno brasileño había anunciado que la llegada de más de 600 mil turistas traería un beneficio de 63 mil millones de dólares y la creación de 720 mil empleos. Sin embargo, economistas de la Universidad de Campinas señalan hoy que esos cálculos fueron sobreestimados y se hicieron en un tiempo de bonanza económica que hoy ya no existe.

Un ambiente social enrarecido

La copa transcurrirá en medio de un ambiente social enrarecido, frente a una economía que hoy crece menos que en años anteriores (en una media de 2% anual frente al 4 de los años de Lula), con una inflación más elevada (que oscila entre el 5 y el 7%), un gran descontento frente a la corrupción y ante la ineficiencia y el elevado costo de los servicios públicos. A ello se suma una confianza decreciente en el gobierno actual y descensos en la intención del voto por Dilma Rousseff (hoy ha bajado al 37%).

Las voces más pesimistas anuncian que habrá problemas en la distribución de energía, en el transporte y en la seguridad. Incluso –dicen otros con malicia­– que Brasil hará el ridículo frente al mundo. A cuatro meses de las elecciones, sin embargo, es de esperar enormes exageraciones, especialmente por parte de la prensa dominante que nunca ha simpatizado con el Partido de los Trabajadores (PT), ni antes ni después de llegar al gobierno federal en 2003.

Aún así, se antoja poco probable que Rousseff vea obstaculizado su intento por reelegirse y, aún en el caso extremo de que su popularidad se fuera en picada, existe la posibilidad de que Lula entre al quite (opción que desde hace algunos meses viene impulsando un sector del PT).

En un contexto así, es un riesgo que las protestas puedan salirse de control. Naturalmente, el gobierno de Rousseff hará todo por evitar que ello ocurra. Desde la Copa Confederaciones de junio del año pasado la FIFA –que para algunos analistas ha puesto “de rodillas” al gobierno brasileño— amenazó con suspender el mundial si no cambiaban “muchas cosas”, refiriéndose entre otras a la ola de protestas alrededor de los estadios. En una difícil negociación la presidenta se comprometió a garantizar la seguridad “aún con el ejército si fuera necesario”.

Dilma no parece haber faltado a su promesa, pues desde junio el ejército brasileño reforzó considerablemente su equipo de armas “no letales”. Según reporta el semanario Carta Capital, entre junio y abril de este año se compraron 170 mil grandes proyectiles de gas lacrimógeno y pimienta, así como 263 mil cartuchos de balas de goma. Este equipo sería suficiente para hacer más de 819 lanzamientos de granadas de gas y 797 disparos por día durante once meses.

La gran parte de los manifestantes que ha venido tomado las calles de Brasil desde el año pasado ha utilizado estrategias pacíficas, aunque algunos grupos como el misterioso “Black Bloc”, utilizan estrategias de violencia leve, especialmente contra la gran propiedad e infraestructura pública. Más peligroso aún podría ser el uso de infiltrados o provocadores. Cualquier cosa puede encender la chispa.

Hernán Gómez Bruera es doctor en desarrollo por la Universidad de Sussex y profesor visitante del CIDE.

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