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Julia Carabias es maestra de Recursos Naturales en la Facultad de Ciencias de la UNAM, mi alma mater. En mi generación éramos unas 300 cabezas estudiando Biología. En la Facultad hay muchos estudiantes y muchos profesores, todas las clases sociales, muchas ideologías, una preocupación general por temas ambientales y sociales y un activismo político sólido. También hay, o había cuando yo estudié (2004-2009), versiones distintas sobre Julia Carabias.

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La primera vez que vi a Julia en persona fue en una conferencia organizada en la Facultad en el 2006. Habló sobre cómo los desastres naturales son naturales en el sentido de que una tormenta es un fenómeno de la naturaleza, pero que la mayoría de las veces se vuelven desastres cuando los seres humanos nos ponemos donde no debemos. Hablaba en particular de cómo la mayor parte de las inundaciones que ocurren en México, esas terribles donde la gente se queda sin casa y sin sitio de trabajo, suceden porque se urbanizan zonas de desbordamiento de lagunas y manglares costeros. A nosotros se nos puede olvidar que esos ecosistemas estaban ahí, pero al agua no. Vuelve en forma de desastre natural. Natural por el agua, desastre por someter las licencias de construcción a intereses políticos y económicos sin importar las consecuencias ambientales.

Tras la conferencia en los pasillos de la Facultad se habló de dos cosas: (1) la estupidez que había sido promover la deforestación de los humedales de Tabasco (por cierto, en octubre del siguiente año ocurrió una de las peores inundaciones de la historia del estado), y (2) quién era en verdad Julia Carabias.

Hechos: ex Presidenta del Instituto Nacional de Ecología, Secretaria de Recursos Naturales y Pesca en el sexenio de Zedillo, actual profesora de Recursos Naturales en la UNAM. Temas de debate en los pasillos: ¿Traficante de fauna silvestre? ¿Coludida con el gobierno en despojar de sus tierras a indígenas de Chiapas? ¿Favorecedora de la bioprospección realizada por extranjeros? ¿Dueña de un hotel en la Selva Lacandona? Podría ser. Carabias trabajó en gobierno y en el gobierno de este país las dobles caras sobran. Además, algunos de quienes sostenían esos argumentos eran personas que yo respetaba (a algunos todavía) políticamente.

Luego hice el ejercicio de googlear Julia Carabias y leer todo lo que me encontrara. La misma historia. Dos versiones contradictorias sobre el trabajo y las motivaciones de una misma persona. Dos versiones mutuamente excluyentes. Algunas contadas por medios que habían tocado temas importantes cuando otros se quedaron callados, y de los que yo me había fiado a ciegas. Mi formación científica de la fecha ya daba para la más elemental de las conclusiones: necesitaba ver las cosas por mí misma.

El semestre siguiente (2007) me inscribí para llevar Recursos Naturales con Carabias. Fue una de las materias mejor dadas que tuve en la carrera. Como maestra Julia a veces exponía, pero casi siempre las clases se trataban de debatir y analizar críticamente los textos que dejaba leer. Hablamos mucho de la historia de los recursos naturales en México, desde las relaciones bioculturales hasta la formación de instituciones como la SEMARNAT y la CONANP, pasando por las consecuencias actuales de cómo sucedió el reparto agrario tras la Revolución Mexicana.

Como maestra Carabias deja sus opiniones en la puerta. Ella nos daba datos actuales e historia para que cada quién formulara sus conclusiones propias. Ponía nombre y apellido en cada actor, incluyendo su propia participación como Secretaria. Nos llevó a desmenuzar la historia del uso y pérdida de la biodiversidad mexicana atándola a la médula de cómo funciona nuestra economía y de cómo se mantiene la espiral de desigualdad que es nuestra sociedad. Hablamos de todos los éxitos y avances que me hacen creerme que de verdad hay futuro, pero también de lo mucho que nos hemos equivocado y del pavoroso nivel de dificultad sentado en nuestro horizonte.

Cuando el semestre terminó aceptó llevar a 20 de nosotros a la Selva Lacandona para que realizáramos nuestro servicio social. Se lo propusimos en el salón de clases y accedió consciente de que era una locura. Salió muy bien. Después, tuve la fortuna de formar parte de un grupo que se integró al equipo técnico de Natura y Ecosistemas Mexicanos. Trabajé ahí hasta finales del 2010.

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Vista aérea de la Selva Lacandona. Foto: archivo de Natura Mexicana


Dentro de la Reserva de la Biósfera de Montes Azules (REBIMA), Natura tiene proyectos de monitoreo de fauna y ayuda a la CONANP a con las labores de vigilancia. Fuera de la Reserva, Natura brinda apoyo técnico a ejidos del municipio de Marqués de Comillas con proyectos de desarrollo sustentable. El objetivo es que los dueños de la tierra puedan tener un ingreso económico por la conservación de la selva. Por ejemplo, en Flor del Marqués, el ejido donde yo me concentraba, se está llevando a cabo un campamento ecoturístico. Se llama Tamandua.

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Campamento de alta calidad dentro de la selva. Foto: Camapento Tamandúa


El campamento sostiene 15 empleos fijos, todos de ejidatarios (o sus familiares) de Flor de Marqués. Además de los empleos directos, veintiséis familias de ejidatarios están asociadas al proyecto, es decir, se reparten los ingresos. Ellos son dueños de 672 hectáreas de selva. El campamento es parte de un plan de manejo diversificado de recursos: una parte del territorio se abre a actividades agropecuarias, pero de forma ordenada, y otra se dedica a la conservación de la selva mediante proyectos productivos de bajo impacto ambiental, como el ecoturismo.

En otros ejidos hay otros proyectos que no compiten entre sí: un hotel en el área comunal de selva de Galacia, una UMA de mariposas en Playón de la Gloria y un centro de actividades ecoturísticas en El Pirú.

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Platos decorativos con alas de mariposa producidas de forma sustentable. Foto: Jesús Salcedo.


Estos ejidos están separados de la REBIMA por el río Lacantún, pero sus fragmentos de selva son claves para conectar entre sí los remanentes de la selva de Marqués de Comillas con la REBIMA y con las selvas de Guatemala. A esto se le conoce como corredor biológico, y permite que las poblaciones de flora y fauna sobrevivan aunque los ecosistemas estén fragmentados.

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La REBIMA, vista desde el otro lado del río Lacantún. Foto: Alicia Mastretta


La mayoría de los ejidos de Marqués de Comillas se formaron a finales de los ochenta, cuando se dotó de tierra a campesinos de Michoacán, Sinaloa, Oaxaca y otras zonas de Chiapas. Dotar de tierra significó literalmente transportarlos en avionetas que aterrizaban en el río Lacantún y dejarlos a su suerte. Llegué a platicar con ejidatarios fundadores que contaban lo impresionante que fue ver la selva por primera vez, pensaban que si “tanto palo alto”, que si tanta vegetación tan exuberante podía crecer así tendría que ser porque esa era la tierra más fértil del mundo.

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Caoba de más de 20 metros de altura. Foto: Alicia Mastretta


Pero no. La fertilidad de la selva no está en el suelo, sino en la biodiversidad de organismos que mantienen los nutrientes en circulación, una hoja no ha terminado de caer cuando ya comenzó a descomponerse. Los suelos de la selva son muy pobres, dan solo para un par de años de siembra agrícola y luego no sirven más que para pasturas ganaderas. Y decir que sirven es relativo. Por ejemplo, la ganadería bovina a campo abierto es insostenible económicamente y depende del apoyo de programas gubernamentales.

El gobierno mexicano pobló Marqués de Comillas porque era una manera fácil de “solucionar” problemas agrarios del centro del país. Al mismo tiempo le permitiría poblar la frontera con Guatemala, que llevaba años en guerra civil. La historia de la Selva Lacandona es más añeja y abarca más territorio que el de Marqués de Comillas, está amarrada a la historia de Chiapas y a la de México. En términos estrictos se remonta a los mayas y en términos modernos a finales del siglo XIX e inicios del XX. La extracción de maderas preciosas llegó a su auge a base de explotar en condiciones de esclavitud a indígenas de diversas zonas de Chiapas; el reparto agrario no ocurrió después de la revolución y muchos pueblos fueron agraviados por expropiaciones para la construcción de grandes presas hidroeléctricas. Fueron décadas de que familias choles, tzeltales, tzotziles, tojolabales, zoques y lacandonas sobrevivieran en condiciones de miseria y exclusión. Oprobio y hartazgo de esa historia formaron las bases del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en la zona de las Cañadas. A esta historia chiapaneca hay que sumar también la complejidad cultural generada por la migración y confluencia de distintos grupos indígenas y mestizos y las disputas religiosas causadas por las iglesias católica y protestante peleándose creyentes.

El otro gran perdedor de la historia es la selva alta perennifolia: el ecosistema más diverso de México, el origen del agua de las cuencas más importantes del país, la fuente de los nutrientes que llegan hasta las pesquerías del sur del Golfo de México y uno de los patrimonios biológicos más importantes de la Tierra.

La Selva Lacandona contenía 1.8 millones de hectáreas. En los últimos cuarenta años se redujo a menos de una cuarta parte. Alrededor de 400,000 hectáreas sobreviven dentro de Áreas Naturales Protegidas, la REBIMA es la más grande. Los biólogos sabemos algo a ciencia cierta: la selva no puede subsistir en áreas pequeñas o en fragmentos aislados, se necesitan grandes extensiones y conectividad entre ellas. La historia nos ha enseñado algo: la apertura de este ecosistema a asentamientos humanos y actividades agropecuarias no ha traído riqueza a sus pobladores, sólo círculos viciosos de pobreza y pérdida de recursos naturales.

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Imágenes satelitales de Google Timelapse de 1984 y 2012 de la REBIMA, al oeste del río Lacantún, y del municipio Marqués de Comillas, al este.


El proyecto de Natura Mexicana en la Lacandona, como vimos y vivimos quienes nos hemos involucrado en él, es muy complejo y ha tenido muchos obstáculos. Es una de esas historias que no pueden resumirse y que una logra entender sólo con la digestión lenta de estar ahí.

A Julia Carabias la secuestraron en la Selva Lacandona por dos días el pasado abril. ¿Por qué? Ella misma escribió sobre ello preguntándoselo. En sus palabras: “calumnias, imperio de la ilegalidad, miseria y desesperanza conforman el caldo de cultivo de ese inaceptable episodio”.

Necesitamos libertad de prensa y diversidad de opiniones en el país. Pero la difamación es una cosa muy distinta. Y peligrosa. No se trata del daño moral a la persona en cuestión, sino del efecto que causa agregar confusión, desconfianza y miedo a una problemática social de por sí compleja. El actor intelectual de grandes tragedias de la historia nuestra son la miseria, la desinformación y el que se haya sembrado odio contra chivos expiatorios. La calumnia lleva al malentendido y a polarizar las opiniones hasta el punto ridículo de no retorno. Yo sigo sorprendida de las cosas que personas cercanas a mí llegaron a creer factibles de López Obrador en el 2006.

Quienes promueven y realizan la difamación contra Julia Carabias, Javier de la Maza y Natura y Ecosistemas Mexicanos están generando un desastre social. Social, por las implicaciones a la vidas de quienes viven en la Selva Lacandona. Desastre, por manipular reacciones sociales para que favorezcan ciertos intereses políticos y económicos, sin que importen las consecuencias locales y el largo plazo. Es una irresponsabilidad de la cual me imagino sus autores deben ser conscientes, al menos al mismo nivel de quién hace negocio construyendo sobre humedales.

 Alicia Mastretta Yanes cursa el doctorado en Biología en la Universidad de East Anglia.

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