guerra

La conmemoración del centenario del inicio de la Primera guerra mundial (IGM) es oportunidad ideal para reflexionar en torno a la naturaleza de la violencia militar en el mundo contemporáneo. Es un gran pretexto por la novedad histórica que significó la aparición generalizada de violencia en contra de población civil. Con la Primera guerra mundial apareció la guerra total: el tipo de conflicto en el que se decreta un ganador no sólo en función de la rendición incondicional de los ejércitos derrotados, sino en la capacidad de desmoralización, destrucción de infraestructura y terror generalizado hacia la población civil.

Antes de la primera guerra mundial, las guerras competían casi exclusivamente a los soldados que se batían en el terreno de batalla: desolar a la población civil no era un objetivo primordial de los ejércitos. Podemos encontrar en las obras clásicas de la literatura inglesa del siglo XIX ejemplos de la ausencia de la interiorización de la guerra en la población civil si revisamos, por ejemplo, las obras de Jean Austen, en donde la guerra se menciona como algo distante y ajeno a la vida cotidiana de los protagonistas de las narrativas.[1] Incluso en Guerra y Paz, León Tolstoi difícilmente se sale del contexto militar decimonónico. Prefirió retratar cómo la invasión napoleónica a Rusia perturbó a las casas reales de Europa del Este: el grueso de la población pasa de largo en este monumento literario. En cambio, algunos ejemplos literarios que recrearon la Gran guerra muestran una vida cotidiana completamente capturada por los horrores de la guerra total en las comunidades en donde penetraban los ejércitos enemigos. Ernst Hemingway recreó con precisión en Adiós a las armas cómo en el contexto de una historia de amor en la Italia de la Gran guerra, coexistían problemas humanitarios como el desplazamiento generalizado y premeditado de población civil.

La Primera guerra mundial fue el proceso histórico más traumático para la civilización occidental europea desde que ésta se erigió como dominadora del orden mundial a partir de la era de los descubrimientos del siglo XV. Europa de 1914 a 1919  fue el teatro de exposición en donde se puso a prueba el potencial destructor del desarrollo científico y tecnológico al servicio de la barbarie. No fue coincidencia que el primer genocidio sistematizado -el armenio perpetrado por el Imperio Otomano- fuera simultáneo a la Gran guerra. Más aún, en la Primera guerra mundial se innovó con el uso de armas químicas. Esta práctica, aunque sancionada por el derecho internacional humanitario desde 1899, ha estado presente en muchas guerras del siglo XX. Aún en pleno tercer milenio, las armas químicas, como en el reciente caso de Siria demuestra, desempeñan un papel estratégico y desmoralizador. La violencia ya no es focalizada, como en las campañas napoleónicas. A partir de la Gran guerra la violencia militar se generalizó a todos los ámbitos de la vida humana.

¿Qué paralelismos se pueden trazar entre la IGM y las guerras del mundo contemporáneo? Sin duda que el fenómeno de la guerra ha variado sobremanera. Es preciso recordar algunos elementos del trabajo de Mary Kaldor sobre la naturaleza de las nuevas guerras de la posguerra fría: conflictos en donde la demarcación entre los combatientes y los no combatientes es poco clara, proliferación de actores no estatales, presencia de fuerzas multinacionales y de agencias humanitarias globales que asisten a la población al mismo tiempo que se libran las acciones armadas.[2] Muchos de estos elementos son novedosos, especialmente, el decline, mas no la desaparición del Estado-nación como protagonista en el teatro de guerra. Sin embargo, existe un elemento consustancial a la 1GM que ha persistido en las guerras contemporáneas: el interés estratégico de los actores en pugna por atacar sistemáticamente a la población civil para lograr sus fines políticos.

La exposición de la población civil a los horrores de la violencia generalizada con fines políticos es la constante más persistente desde que la tecnología militar hizo posible la desaparición o desplazamiento de comunidades enteras en un periodo corto de tiempo. La sistematización de la muerte de civiles inocentes, que algunos llaman terrorismo, es una estrategia que los combatientes de las guerras posteriores al primer conflicto mundial privilegiaron ampliamente. Democracias, dictaduras totalitarias y regímenes autoritarios la han usado indistintamente. En Vietnam, con la masacre de My Lai, el “democrático” ejército estadounidense privilegió esta técnica para desmoralizar al Vietcong. El régimen autoritario de Slobodan Milosevic apoyó, financió y permitió una catástrofe humanitaria en Bosnia justo para alcanzar sus fines políticos: establecer autonomía y pugnar por la extensión del Estado serbio a raíz de la desintegración de Yugoslavia. Más recientemente, grupos de inspiración fundamentalista islámica y cristiana han azolado varios países del Magreb y del Fértil Creciente, causando masacres en lugares como Sudán del Sur, República Centroafricana, Irak, Afganistán y Somalia. La masificación de la catástrofe humanitaria ha sido el legado más persistente de la Primera guerra mundial. Es tarea de las nuevas generaciones revertir esta tendencia, pues cada vez son más millones de individuos sobre los que caen los arduos flagelos del desplazamiento masivo y la aniquilación total.

Emilio González González es historiador por la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM, actualmente alumno de maestría en ciencia política en El Colegio de México.


[1] Eric Hobsbawm, The Age of Extremes, A History of the World, 1914-1949, New York, Vintage Books, 1994, p. 44.

[2] Mary Kaldor, Las nuevas guerras, la violencia organizada en la era global, trad. María Luisa Rodríguez, Barcelona, Tusquets, 2001.

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