migrantes

Chiapas, México—Llegar a México no es difícil pero sí peligroso. Desde Guatemala se puede cruzar en balsa a Ciudad Hidalgo, Chiapas a plena luz del día y sin encontrar resistencia por parte de las autoridades mexicanas. En este cruce los dos países están divididos por el río Suchiate pero unidos por un puente con alta seguridad, cerrado de punta a punta con reja, vigilado por guardias. No obstante, a escasos 10 metros se divisan balsas que cruzan ilegalmente de Guatemala a México.

Los asaltos y distintos tipos de crimen son comunes en el trayecto. Desde Guatemala, los migrantes van gastando rápidamente el poco dinero con el que cargan: tienen otra moneda y la mayoría de sus compras son en el mercado informal, por lo que son sujetos a un tipo de cambio exponencialmente elevado. La mayoría de ellos parte hacia un camino desconocido en donde rara vez se conoce la situación económica o política de los países en donde aspiran vivir. Por ello se ven en la necesidad de confiar en las personas que se encuentran en el camino. Encuentros que la mayoría de las veces tienen un resultado desafortunado.

Sin embargo, la Casa del Migrante, a unos 30 minutos en coche de la frontera con Guatemala, junto con otros escasos lugares en Chiapas y los estados que conforman el camino hacia Estados Unidos, sirve para tomar un respiro de lo vivido y tomar fuerza para lo que falta. El albergue consta de dos pisos, en el segundo piso se encuentran los cuartos para hombres y en la planta baja se ubican los cuartos para mujeres, familias y personas que han sufrido mutilaciones.

El albergue es principalmente conocido por atender y tratar a migrantes heridos o mutilados por accidentes a bordo del techo de “La Bestia” –el tren al que suben miles de migrantes para hacer el recorrido por México– y por brindarles orientación sobre sus derechos y sobre lo que les espera en el camino. En la entrada del albergue hay un gran cartel con la descripciónn del término “refugiado”. Fue colocado por ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados), institución que trabaja junto con el albergue. También hay un mapa a gran escala de la república y junto a él se lee la distancia en kilómetros hacia distintos estados en EU:

 “Tapachula-N.Y.: 4,375

Tapachula- Los Ángeles: 4,025

Tapachula- Houston: 2,930

Tapachula- Chicago: 3,678”

ACNUR distingue a los “migrantes económicos” de los refugiados: “para un refugiado, las condiciones económicas del país de asilo son menos importantes que su seguridad”.

En el albergue nos atiende Irmi Pundt, mano derecha del padre Flor María Solalinde, quien tiene a su cargo el albergue. Ella creció en una finca cafetalera, sus padres eran alemanes y ahora está dedicada a apoyar al padre Flor María en su misión. En el albergue impera un ambiente tranquilo; está prohibido sacar fotos para respetar la privacidad de los migrantes.

“Salen sin nada, de un día para otro huyendo de los maras”, dice Pundt.

Relata que ahora hay más mujeres que antes que se aventuran a probar suerte en otro país. Muchas van huyendo de la violencia doméstica, otras deciden escapar con sus hijas adolescentes porque, por ejemplo, un pandillero se ha interesado en la hija, otras van huyendo de los pagos de “derecho de piso”. En tiempos recientes también hay menores que viajan solos; niños de 16-17 años que huyen de las pandillas porque no quieren pertenecer a ellas y no tienen elección, salvo unirse o morir.

En el albergue se escuchan historias personales sobre lo vivido en Guatemala y la frontera con México y lo que falta por sobrevivir a bordo de La Bestia, cuyo trayecto comienza en Arriaga; todavía a tres horas por carretera. La gente que pasa por Tapachula va caminando o en combi a Arriaga para tomar el tren. Son muy pocos los se arriesgan a viajar en camión porque se sabe que el camino está inundado de retenes militares dedicados a identificar a los pasajeros de procedencia centroamericana y detenerlos por no contar con visa para transitar por el país.

María Estela Díaz, de Usulután,El Salvador, salió huyendo de su país al no poder pagar la “renta” de 400 dólares a la semana que le exigía la Mara Salvatrucha por tener un local de abarrotes. Las extorsiones fueron escalando, comenzaron en 200 dólares y al alcanzar los 400, María Estela tuvo que cerrar la tienda. Ahora está en camino hacia Estados Unidos, para poder enviar dinero a sus hijos.

Algunos migrantes buscan quedarse en México. En 2013 hubo un total de 1,164 solicitantes de refugio en el país, de los cuáles, sólo el 21% obtuvo una respuesta favorable. El país de origen con mayor número de solicitantes fue Honduras, seguido de El Salvador. En ese año, 22% de los solicitantes hondureños y 30% de los solicitantes salvadoreños obtuvieron el estatus, según datos publicados por la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR), organismo dependiente de la Secretaría de Gobernación.

Recientemente, la migración centroamericana ha acaparado la atención de los medios, pues el número de menores migrantes que viajan solos y han llegado a Estados Unidos ha aumentado de forma estrepitosa. Estos niños han logrado sortear las adversidades que plantea el camino desde sus países, en su mayoría Honduras, El Salvador y Guatemala; han logrado atravesar México y ahora están en Estados Unidos. Sin embargo, no tienen derecho a refugio como se cree en muchos casos; la mayoría de las veces son deportados. La situación ha alcanzado proporciones tan elevadas que México y Guatemala, mediante el programa “Frontera Sur”, presentado este 7 de julio, han acordado brindar visas temporales a migrantes de Guatemala y Belice durante 72 horas para “mejorar el tránsito” de los migrantes en su paso hacia Estados Unidos. Esta medida no logra integrar a los países con mayor número de niños y adultos migrantes: Honduras y El Salvador, y tampoco plantea medidas para combatir la corrupción dentro de la misma autoridad.

Manuel Alas de Chalatenango, al norte de El Salvador, está de paso en el albergue. Éste es su más reciente intento por buscar un mejor futuro; anteriormente migró a Estados Unidos y a Italia, en 2001, cuando se podía llegar por medio de barco desde El Salvador. Manuel tiene 38 años y su propósito es solicitar refugio en el país para poder trabajar legalmente.

“Los amenacé y les dije que los iba a denunciar, ése fue mi error, por eso me apuñalaron”, cuenta Elizabeth Guillén, mujer salvadoreña que viaja junto con sus dos hijos menores de edad y su actual pareja. Ellos huyen de la Mara por segunda ocasión, la primera fue en 2009. En ese año fue apuñalada en el tórax y el brazo en repetidas ocasiones por miembros de la Mara después de que se negara a entregarles 20 mil dólares y de que los amenazara con acudir a la Policía.

La extorsión ocurrió porque los pandilleros se enteraron por rumores que Elizabeth estaba recibiendo dinero desde Estados Unidos. Elizabeth enseña sus cicatrices mientras los niños escuchan el relato de su madre, sentados tranquilamente junto a ella. Da la impresión de que por fin se sienten seguros

Después de ese suceso tuvo que vivir “encerrada” como parte de las medidas de seguridad tomadas por la autoridad. Se cambió varias veces de domicilio, en todos se ocultó para no ser identificada y llevar a cabo su recuperación médica.

Esta vez tomó la decisión de salir de El Salvador porque dijo que sentía que vivía como una prisionera; su primera intención era solicitar ser reconocida como refugiada en Estados Unidos, pero cuando se enteró de que también México conceden este estatus decidió no arriesgar a sus hijos a bordo de La Bestia.

Elizabeth, su familia, y Manuel, son parte de los 285 salvadoreños que solicitaron refugio en el país durante 2013 (datos de COMAR). Si tienen suerte se unirán a los 86 que ya gozan de dicho estatus y su travesía habrá terminado.

Paola Díaz Lameiras

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