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Hay que distinguir entre “la señal y el ruido”, dice Nate Silver, un analista estadunidense, refiriéndose a los momentos de la vida pública en que es difícil pensar claro, articular una opinión y un debate, porque el mensaje central de los hechos está recubierto por el escándalo.

Es lo que sucedió en el caso de Rosa Verduzco, Mamá Rosa, a partir del 15 de julio, cuando la fuerza pública entró a su casa. Para quienes no sabían nada de ella, la abrumadora mayoría, fue imposible extraerse del alud de imputaciones: fotos, reportajes, acusaciones. Todas las primeras planas, los encabezados, las cápsulas de los noticieros televisivos. Una cárcel disfrazada de albergue que pasaba de espacio protector a siniestro. Imposible discutir o intentar matizar cuando un mensaje es empujado de forma tan clara.

Al bombardeo de imágenes y juicios venidos de la autoridad y de los medios,  siguió la versión de quienes habían conocido, tratado, patrocinado incluso a Rosa Verduzco: ex presidentes, ex gobernadores, intelectuales, el capitán de la selección mexicana de futbol. En esa segunda oleada, nada de lo difundido sobre Mamá Rosa podía ser cierto, la podredumbre era fabricada. Quizá la vida dentro de la Casa de la Gran Familia se hubiera salido de control, pero la versión linchadora no decía lo fundamental de la vida y la obra de Rosa Verduzco. Era una fabricación, con el fin malévolo, nunca explicado, de desprestigiar a una mujer que por décadas había hecho el trabajo duro y solidario al que el Estado  renunciaba.

Días después del ruido y las versiones discordantes, la realidad  y su señal profunda parecen más claras. En La Gran Familia hubo cosas muy buenas, pero también muy malas. Historias de terror e historias de éxito en una casa comandada por un personaje desmesurado, en muchos sentidos extraordinario. Una casa a la mitad de una zona urbana de 200,000 habitantes, conocida por todos los locales, apoyada por muchos y censurada por otros tantos.

Es la historia de Rosa María Verduzco, madre adoptiva de miles  –tantos como cuatro mil,  dice ella misma –creadora de una casa hogar para niños y jóvenes abandonados, drogadictos o delincuentes, un internado de métodos duros,  una escuela y también un reformatorio, con  una zona admirable de  solidaridad y otra, oscura, de violencia intramuros, abuso infantil,  ilegalidad y prisión. 

Hay personas que portan el apellido Verduzco con orgullo, las más de las que han aparecido en público hasta ahora,  pero no pueden dejarse de lado los testimonios, abundantes también,  de quienes se recuerdan como víctimas. Mucho menos puede ignorarse  el autoretrato hecho por la propia Rosa Verduzco al explicar sus procedimientos y convicciones a León Krauze, en la primera entrevista que dio en cinco años.

La situación en la Gran Familia siempre fue precaria, revela la entrevista, y terminó por ser incontrolable. Golpes, castigos corporales, restricción carcelaria, privación de la libertad y retención  forzosa de los internos, dice la propia Rosa Verduzco, no sólo eran parte de la vida cotidiana de la Gran Familia, sino el método mismo de su fundadora.

“Yo era muy buena para el soplamocos, para el sopapo. . . Es parte importante de la línea afectiva. ¿Tú has oído el dicho de ‘si no pegas, no quieres’?”, dice ante la pregunta. ¿Por qué los dormitorios tenían barrotes”, revira el periodista. 

– “Teníamos hombres y mujeres. Mis chamacos no son santos. No me voy a correr el riesgo de que las embaracen a todas. Los salones de clase también tienen barrotes, para que no se metan a robarse los materiales”.

–Pero se ve como una cárcel.

– “Puede ser. No los dejábamos andar mucho en la calle”.

– ¿Y por qué no los dejaban salir con toda libertad?

– “Porque eran muy proclives a las drogas y esas cosas”.

– ¿Si usted aceptó un niño de 7 años y una madre llega nueve años después y dice : ‘Bueno, ya quiero a mi hijo’?

– “No se lo doy”.

– ¿Por qué?

– “Porque también es mi hijo y debemos esperar a cumplir el convenio (firmado cuando la entrega de los niños). Y luego muchas veces el chiquillo no se quiere ir”.

– ¿Y si el niño hubiera dicho que sí se quería ir?

– “Tampoco lo hubiera dejado porque tenemos un convenio”.

Todo tiene una lógica en la descripción de Mamá Rosa de los métodos y en la defensa que hace de ellos, pero muchos de los métodos defendidos por su lógica pertenecen a una época anterior a los valores y las leyes de la sociedad moderna en materia de derechos humanos y trato a los niños.

Menos de diez supervisores para una población de casi 600 niños, un espacio de hacinación, ratas y cucarachas, comida podrida, basura. También la enorme paradoja: los métodos torcidos no alcanzan a borrar el  mucho bien que derivó de ellos para miles de miembros de la Gran Familia. El bien alcanzado, sin embargo,  tampoco puede borrar los abusos y los delitos cometidos contra esa comunidad de niños y adolescentes abandonados, mal queridos, hijos de la calle, cuando no del crimen.

Las columnas de la Casa que construyó por décadas  Rosa Verduzco parecen haberse enchuecado no sólo por el ejercicio de sus métodos torcidos, sino también por  su decisión de mezclar cada vez más  a niños de condiciones muy distintas. La propia Verduzco apunta en la entrevista la decisión que cambió, y seguramente endureció, las reglas de convivencia de la Gran Familia. Dejó de traer a la casa sólo niños abandonados o que sus padres le entregaban en custodia, y empezó a recoger menores delincuentes  drogadictos, niños “que ya no son huerfanitos ni venden periódico o gelatina”, niños que vienen al albergue ”por problemas de conducta: mató a alguien,  cortó el brazo a  su padrastro, anda en la prostitución”. Así como tenía niños abandonados por padres desde los pocos meses o años de edad, tenía adolescentes que venían de tutelares o de situaciones en las que les era imposible convivir con los demás niños. Llegaban jóvenes con problemas más complicados y más difíciles de tratar. Pero vivían con el resto con escasa vigilancia de por medio.

Desconocemos las consecuencias puntuales de este cambio de condición de los menores admitidos  en la Gran Familia, pero podemos suponer que fueron claves.

 Rosa Verduzco  se ve lúcida en la entrevista, responde a lo que se le pregunta, niega las imputaciones más fuertes. El gobierno la ha declarado inimputable por su “estado mental y físico”.  Pero ante acusaciones tan graves como las que penden sobre el caso de la Gran Familia, que han llevado a la detención de seis personas en un penal de Nayarit, persiste  la urgencia de una investigación a fondo de lo sucedido en el albergue de la Gran Familia, sean imputables a su directora o no. El conocimiento cabal de lo sucedido ahí, de los excesos y  los logros del experimento único de Rosa Verduzco, pudiera ser un antes y un después  en  la atención a los niños desprotegidos de México.

Cualesquiera que sean los delitos y los abusos cometidos en la Gran Familia, su existencia tiene un responsable previo que es el propio Estado ausente, la autoridad omisa.

No sólo es notable la ausencia, también lo es la colaboración de las autoridades con la que ahora persiguen, la aceptación de su trabajo por parte de presidentes que la visitaron, gobernadores que la financiaron, instituciones como el IMSS que daban servicios médicos en la casa misma, maestros de la SEP que ahí impartían clases.

Un día, algo cambió. Por razones tan inexplicadas como la adhesión previa, el Estado decidió retirarse y volver toda su fuerza legal, policiaca y mediática contra la antigua benefactora. La sociedad merece una explicación de  este viraje.

Por lo pronto, el veredicto de Rosa Verduzco es inapelable: 

“El mundo de los desposeídos es muy duro. Naciste sin derecho a la salud, a la educación. Y te vas a morir sin él”.

Ésta es la señal profunda tras el ruido.

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