pistola

El 9 de agosto de este año, un joven llamado Michael Brown iba camino a casa de su abuela en Ferguson, Missouri (población aproximada 21,000). Eran cerca de las dos de la tarde cuando un policía –blanco- se acercó a Brown –afroamericano- y le pidió que se subiera a la banqueta y dejara de caminar por la calle.

No se sabe con exactitud qué sucedió después, si Brown se acercó al policía –como dice la declaración oficial– o el policía lo agredió a él y a su acompañante –como dicen al menos dos testigos-. Brown huyó, el policía desenfundó el arma desde adentro del coche y disparó. Brown estaba a poco más de 10 metros de distancia, y según una testigo, recibió un par de disparos después de alzar las manos en señal de rendición. Murió en el momento, y a unos días de comenzar su primer año en la universidad.

A la tarde siguiente, las protestas comenzaron en Ferguson, una ciudad en la que, según el censo de 2010, el 67% de los habitantes son afroamericanos y 21% son blancos. 20 años antes, la proporción era inversa. Durante las protestas, en las que participaron decenas de habitantes, hubo al menos 12 saqueos a tiendas. La respuesta del gobierno local fue, por decir lo menos, excesiva. Desde el 10 de agosto hasta el día de hoy, la policía de Ferguson ha desplegado a elementos anti-motines, unidades especializadas (SWAT), así como equipo de grado militar, similar al que se utiliza en Irak. La gota que colmó el vaso en medios estadunidenses fue que el 13 de agosto dos periodistas que estaban en Ferguson para cubrir las protestas fueron detenidos; una vez más sin saber por qué. Uno grababa a un grupo de policías desde un McDonald’s –cosa que permite la ley de Missouri- cuando fue empujado, esposado y después llevado a la comisaría local, donde lo liberaron sin emitir denuncia o reporte alguno. No es la primera vez que la policía local reacciona así.

Paréntesis importante: se preguntará uno –con cierto cinismo- por qué hay tanto escándalo en Estados Unidos por algo que en países como el nuestro se ve en el día a día. Pienso, por ejemplo, en las quejas de los medios estadunidenses sobre el maltrato a los periodistas, a unas horas de que aquí se dio a conocer que un periodista local fue asesinado en Oaxaca. O en el primero de diciembre de 2012, cuando rindió protesta Enrique Peña Nieto y la policía del Distrito Federal utilizó balas de goma para dispersar a los manifestantes y uno de ellos fue sentenciado a 8 años de cárcel por supuestamente aventar una bomba molotov cuando lo que llevaba era un megáfono en la mano. O el niño que murió en circunstancias extrañas durante una protesta en Puebla, o… decenas de casos que podría enumerar.

En Estados Unidos esto es noticia porque lo que sucede en Ferguson se sale de un guión establecido de que los problemas raciales han quedado atrás. Como en el caso de Trayvon Martin a finales del año pasado, un joven afroamericano –aquí a plena luz del día- murió en circunstancias poco claras, en las que si acaso se logra divisar algo es la impunidad y el exceso con el que las autoridades –o en el caso de Martin un miembro de la asociación local de vecinos- tratan a las personas afroamericanas. A diferencia del problema de las armas automáticas y los tiroteos masivos en Estados Unidos, que son noticia por no ser noticia (ha habido 74 tiroteos en los últimos 18 meses), la idea de que un hombre negro muera sin motivo alguno, y de que la gente sea reprimida por manifestarse, contradice el discurso que los estadunidenses comenzaron a labrar en 2008 con la elección de Barack Obama (salvo Fox News, claro está). El país pasó a ser “post-racial” con Obama como presidente. Nada más lejos de la verdad. Para un botón de muestra, vale la pena leer este ensayo de Ta-Nehisi Coates sobre los pagos que tendrían que hacer los blancos a los negros por la esclavitud. No sólo no hay unidad en el país del norte. Hay una deuda de un pueblo a otro que lleva sin pagarse más de siglo y medio.

Esteban Illades es editor de Nexos en línea.

Te recomendamos: