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Mientras escribo estas líneas, muestran las noticias que Alex Salmond, líder del Partido Nacional Escocés (SNP por sus siglas en inglés) ha decidido dimitir con efectos a partir de noviembre, cuando su partido se reunirá para elegir a un nuevo líder.

Desde la campaña que lo llevó a liderar el gobierno escocés, había prometido un referéndum sobre la independencia, lo que consiguió negociar un año después con David Cameron. El primer ministro británico accedió cuando las encuestas le eran claramente favorables y no parecía representar ninguna amenaza. Lo más sensible y peleado durante estas negociaciones fueron las condiciones pero el gobierno del Reino Unido (RU) se mostró abierto y dispuesto a la cuestión de fondo. En el ir y venir de concesiones y demandas, Salmond tuvo que ceder en el número de preguntas a responder en la boleta, pero jóvenes desde los 16 años podrían votar. Los independentistas querían dar opciones en la boleta para que elector pudiera expresar el grado de autonomía que deseaba para Escocia. La Comisión Electoral insistió en una sola pregunta: “¿Debería Escocia ser un país independiente? Sí/No”. Así que la campaña por la unión, se convirtió en la campaña del No. Como nadie quiere hacer campañas que proponen algo en negativo, se llamaron Better together (“mejor juntos”).

El partido laborista, los liberales y los conservadores, así como todos los periódicos escoceses y británicos de mayor circulación con excepción del Sunday Herald apoyaron el No. El partido verde y el socialista apoyaron el Si. Estaba claro por las condiciones y por las encuestas, que el SNP nadaba a contracorriente.

La campaña del No apeló al miedo y obvió contradicciones profundas en su discurso. Se encontraban tan seguros de la victoria que le dejaron el campo abierto a los independentistas. La historia de la relación entre Escocia y el resto del Reino Unido es muy compleja e intricada. Tiene los suficientes recovecos como para antojar explotar uno u otro para exaltar patriotismos, pero la campaña independentista se resistió al nacionalismo retrógrada y maniqueo. En su lugar, optaron por señalar inequidades, disparidades y falta de representación en Westminster como las condiciones a superar en una futura Escocia independiente. El mensaje fue que Escocia no quería ir a donde va el resto de Gran Bretaña.

Escocia vota mayoritariamente al partido laborista. De hecho, éstos dependen de los legisladores escoceses para mantener cualquier esperanza de acceder de nuevo al gobierno. Por el otro lado, los Tories sólo tienen un legislador en Escocia. La actual política económica de Londres es ampliamente rechazada tanto por sus efectos como por su semejanza a las políticas de Thatcher que tan malos recuerdos dejó en la franja industrial de el norte de Inglaterra y Escocia. Salmond propuso en su lugar, la refundación del país basado en unos ideales más cercanos a la Europa continental, especialmente al estado de bienestar de los países escandinavos. Mientras, Better Together insistía en que Escocia independiente no tendría su propia moneda, no podría sostener su economía, no podría afrontar los gastos de un estado independiente, no continuaría compartiendo el alto status diplomático del RU, no podrá continuar dentro de la Unión Europea y no podría ser parte de la OTAN. Advertían casi un estado fallido y todo por perseguir un futuro ignoto. “Unidos estamos mejores. Derribemos fronteras, no creemos nuevas.” se les oía decir. Todo eso mientras los conservadores y Ukip, su sobrino radical y rebelde, preparan una consulta para dejar la Unión Europea.

Los independentistas no pudieron responder convincentemente a las alarmas y miedos que se crearon, pero sí evidenciaron las contradicciones de la campaña contraria. Después de todo, de seguir en el RU, ¿quién les podría garantizar que se evitarán catástrofes que ya se advierten? ¿Quién puede garantizar que los conservadores no gobernarán en coalición con el xenófobo Ukip? ¿Se tienen garantías de que en 2017 la gente no decidirá por salir de la UE? Los monstruos de los que advirtieron los unionistas podrían ser invitados a casa por ellos mismos.

En cuanto más se acercaba el referéndum, más terreno ganaban los independentistas. Los unionistas debieron entonces reafirmar su promesa de que en cuanto Escocia decidiera permanecer dentro del RU, se dedicarían activamente a descentralizar facultades. Le llaman devolution a la delegación y transferencia de facultades y han prometido avanzar con celeridad en el asunto. En su renuncia, Salmond dijo que “por ahora” Escocia ha decidido quedarse.

Con devolution comprarán tiempo, pero el proceso será complicado. Lo que se conceda a Escocia, lo demandarán Gales, Irlanda del Norte y hasta Inglaterra. Lo que se avecina es un rediseño constitucional de todo el Reino Unido. Algunos comienzan a hablar de una federación. En todo caso, también se desconoce ese futuro.

 

Ignacio Álvarez Río.

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