greenwald

Snowden. Sin un lugar donde esconderse,

Ediciones B, Ciudad de México, 2014,

Glenn Greenwald.

“La verdadera medida del valor de una persona no es aquello en que dice que cree, sino lo que hace para defender esas creencias.”

– Edward Snowden

La principal tesis de la antología de Judith y William Serrin, Muckraking: The Journalism That Changed America (New Press, 2002)es que el periodismo de investigación que expone a los poderosos es aquel que le ha hecho bien a Estados Unidos. Según los autores, este tipo de periodismo expone injusticias sociales y/o abusos de gobiernos, políticos y corporaciones ante el gran público, a través de la revelación de los sucios entretejes y corruptelas palaciegas; para lograrlo, los periodistas que hacen muckraking (periodistas que exponen los escándalos de los poderosos) no centran su interés en difusos conceptos como la objetividad, sino en el compromiso público de sus historias.

En su recorrido a través de tres siglos de un centenar de trabajos, los Serrin incluyen desde la batalla contra la esclavitud que el periodista anti-abolicionista William Lloyd Garrison libró en 1830 en las páginas del Liberator, hasta los espléndidos reportajes sobre la masacre estadounidense en la zona vietnamita de My Lai y el escándalo de Watergate, escritos en 1969 por Seymour Hersh y en 1971 por los míticos Carl Woodward y Bob Bernstein, respectivamente. Si doce años después decidieran poner al día su compilación, los Serrin incorporarían a su antología el más reciente libro del periodista norteamericano y premio Pulitzer, Glenn Greenwald.

Snowden. Sin un lugar donde esconderse es un ejemplo de este tipo de periodismo, “feroz e inflexible”, que ha practicado Greenwald a partir de 2005, cuando decidió cambiar la abogacía por el periodismo; primero, escribiendo en un blog por su cuenta y luego, en Salon y hasta octubre de 2013 en The Guardian. La fascinante historia que narra en el libro, se alimenta de su experiencia como uno de los principales receptores de las filtraciones hecha hace poco más de un año Edward Snowden, contratista de la poderosa Agencia Nacional de Seguridad (NSA por sus siglas en inglés), en donde se reveló la forma como esta recolecta millones de datos y metadatos (incluidas llamadas telefónicas) tanto de ciudadanos estadounidenses, como de líderes y ciudadanos del mundo.

La fascinante historia, como el mismo Greenwald reconoce en el libro, constituye “una convergencia perfecta entre mis pasiones y mis conocimientos”[1]. De hecho, fue esa pasión y profundo entendimiento del tema, típico del periodismo muckraking, lo que llevó al mismo Snowden a filtrarle a él (y a la documentalista Laura Poitras) la pieza periodística más grande del último año: “[Snowden me] dijo que yo entendería los peligros de la vigilancia masiva y los secretos de Estado extremos, y que no me volvería atrás ante las presiones del gobierno y sus numerosos aliados en los medios y otros sectores”[2].

Lo anterior no es poca cosa cuando se ventila una maquinaria tremendamente poderosa –que opera a la sombra de la rendición de cuentas y bajo el manto totalizador de la lucha contra el terrorismo internacional–, a través de la cual se pretende que la “NSA controle todas las partes de internet y de cualquier otro medio de comunicación para que nada escape al control del gobierno de Estados Unidos […] lo cual amenaza con crear al arma más extrema y opresora de la intrusión estatal que haya visto la historia de la humanidad”[3]. Precisamente ahí nace el argumento del libro, que también se condensa en el título, y que Greenwald expone en el capítulo cuatro, al afirmar que el “poder controlador de la vigilancia generalizada y la autocensura derivada de ella”[4] alteran completamente la naturaleza del hombre pues atentan contra la privacidad, que “es indispensable para un amplio abanico de actividades humanas”[5].

Desde el principio del libro, Greenwald se sitúa no solo como revelador de la historia sino también como protagonista. En los capítulos dos y tres, el periodista narra en primera persona sus impresiones sobre Snowden (“había dado por sentado que Snowden era mayor”[6]) y nos lleva de la mano en el complejo, laborioso, opaco e ilegal laberinto de programas secretos que controla el gobierno de Estados Unidos. El periodista de investigación, que vive en Río de Janeiro, detalla cómo sus tácticas inquisitoriales propias de la abogacía (“tomar declaración era una de las cosas que me gustaba realmente de ser abogado”[7]) fueron clave para escudriñar cuán real era la fuente y cuán “sinceros” sus motivos. De lo que nos cuenta al respecto, lo más revelador no es el perfil biográfico Snowden –que ya el periodista británico Luke Harding describió con precisión en su libro sobre el tema– sino el Snowden valiente y profundamente moral que el también colaborador de The Intercept nos presenta: “No quiero vivir en un mundo sin privacidad ni libertad, donde se suprima el extraordinario valor de internet”[8], dijo el joven de entonces 29 años.

Aunque el libro ofrece información de 50 documentos no publicados hasta entonces sobre las actividades de la NSA, la información presentada no es del todo sorprendente para un seguidor asiduo desde el inicio de las revelaciones. En cambio, un valor agregado del libro es un camino pormenorizado, con señalamientos claros y detallados, sobre ambiciosos programas de espionaje, por una parte, y complejos enredos institucionales inmersos en el marasmo organizacional que es la burocracia secreta estadounidense, por el otro.

En el último capítulo, Greenwald hace un ajuste de cuentas con el establishment mediático estadounidense, desde medios de corte tabloide que ofrecen info-entretenimiento, como New York Daily News y Fox News,hasta periódicos como The New York Times y The Washington Post, este último también galardonado con el premio Pulitzer por las revelaciones del caso Snowden. Aquí, el periodista critica sin reparo a los medios norteamericanos que se han “supeditado a los intereses del gobierno, amplificando incluso, más que examinando sus mensajes y llevando a cabo su trabajo sucio”[9]. Así, el excolaborador de The Guardian pasó revista no solo a las rancias prácticas que ostentan ciertos medios, que entorpecen y comúnmente obstruyen la publicación de material sensible (como lo es compartir información de inteligencia con el gobierno antes de ser publicada), sino también al sinfín de acusaciones que la prensa patriotera estadounidense le propició tras la publicación del escándalo, tildándolo no de “periodista” sino de “polemista” y desacreditando su labor informativa al presentarla como acción criminal. “Glenn Greenwald [...] ¿hasta qué punto estaba implicado en el complot? [...] ¿Tenía algún papel aparte de simple receptor de esta información?”[10], le espetó Chuck Todd de la NBC.

Entre otras cosas, los Serrin argumentan que el periodismo muckraking es importante porque transforma para bien a Estados Unidos, fortalece sus instituciones democráticas y a su sociedad civil. Como lo muestra la historia que cuenta Greenwald en su último libro, este proceso es riesgoso, complicado y despierta una gran cantidad de resistencias. Sin embargo, sus frutos, al paso del tiempo, como lo evidenció el mítico Watergate, dejan una huella imborrable.

José Antonio Brambila es estudiante de doctorado en la Universidad de Sheffield.


[1] Posición 42 en Kindle.

[2] Posición 51 en Kindle.

[3] Posición 2696 en Kindle.

[4] Posición 2868 en Kindle.

[5] Posición 2926 en Kindle.

[6] Posición 709 en Kindle.

[7] Posición 765 en Kindle.

[8] Posición 912 en Kindle.

[9] Posición 3414 en Kindle.

[10] Posición 3578 en Kindle.

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