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En este texto quiero exponer un conjunto de problemáticas sobre la violencia en Michoacán, a través de un recorrido realizado al interior de algunos territorios hace un par de semanas, previo a los últimos acontecimientos suscitados en la Ruana, Ostula y Apatzingán en donde perdieron la vida varias personas. 

Comenzamos el viaje desde el norte del estado rumbo a la Meseta Purépecha; de ahí avanzamos hacia el puerto de Lázaro Cárdenas, recorrimos toda la costa por varios días y, desde Coahuayana, ascendimos hacia la Sierra por los balcones de la frontera con Jalisco, rumbo a Chinicuila, Coalcomán y posteriormente Tepalcatepec, Buenavista y Apatzingán terminando en Morelia. Los signos encontrados en el camino representan las heridas que ha dejado la violencia, pero sin duda la que más impacta es la violencia hacia las mujeres y los niños. Esa violencia parece ya no hallar lugar para expresarse aunque sea en el silencio y la soledad; está tan llena de angustias que a veces ya no se prefiere seguir contando las desgracias.

Conforme en los territorios más “calientes”, desde la Meseta Purépecha a la Costa, infinidad de signos en medio de paisajes agrestes o de plácidas playas. El ingreso a esos territorios viene acompañado de muchas precauciones, pues si uno mira con detenimiento el movimiento rutinario de puntos de cruce estratégicos, se pueden observar motos en forma de “halcones” que siguen siendo muy importantes, una que otra camioneta estacionada bajo un árbol como si estuviera descansando. Estos puntos son significativos pues son un signo de que la plaza está bien vigilada –o no- por los grupos criminales. Casi todos los territorios están plagados de estas variedades, si es que no han sido expulsados por grupos de autodefensa o conviven tensamente en una especie de pacto momentáneo.

“Ahorita sí se puede pasar”, “ahorita está bien, es la forma discreta y a veces sigilosa con que se construye el antes de la violencia abierta, pero sobre todo lo movedizo de la temporalidad. Como si concentraran en el tiempo presente la angustia del pasado o la incertidumbre del futuro, aquellas palabras son una paz entente que por experiencia la gente sabe que va a cambiar y no precisamente para bien. Con una discrecionalidad absoluta, la gente que encontramos en las tiendas, las enramadas, en las pocas plazas del pueblo a donde se puede entrar y caminar, siempre está evaluando lo que se dice y se hace. No se habla de más, a menos con un poco de confianza ganada a través de algún contacto pero no, nunca con extraños.

Cuando llegamos a unos poblados cerca de La Mira, las cosas cambian drásticamente. Los costos que ha dejado la violencia son enormes; historias de vida de gente a quien le han asesinado su marido y un hijo sin aparentemente deber nada, mientras otras siguen viviendo angustias desde que sus familiares trataron de formar grupos de autodefensa, pero fracasaron por la fuerza del crimen organizado, por lo que ahora andan por la Sierra escondiéndose. Una abuelita que vive en una choza con un nivel de miseria aberrante, quedó sola sin que nadie la vea porque su hijo se fue “al otro lado”, escondiéndose de sus victimarios. Llama la atención que varias personas, hombres y mujeres, angustiadamente buscan por todos los medios ser “asilados” políticos para escapar de la violencia; recurren a las autoridades municipales, algunas de ellas corruptas por cierto, para conseguir cartas y llevar la documentación al cruce fronterizo, pero en su lugar encuentran otras violencias como la detención la policía estadounidensede los testimonios. Así son algunas experiencias dramáticas conforme uno se adentra en territorios que, contradictoriamente, también son escenarios de riqueza y mucha ostentación; enormes casas de millonaria inversión construidas en lo alto de los cerros, algunas de ellas aseguradas, pero que pronto regresarán a su dueño, según se dice. El conjunto de estos contrastes no son simplemente retóricas de escritura, son signos de historias de poder y de violencias.

Cuando se suscitaron los enfrentamientos más fuertes en Chuquiapan entre autodefensas y el crimen organizado, dando como resultado la consignación de Mireles, la Costa quedó dividida en dos: zona norte y zona sur. En esta última zona hay algunos grupos de autodefensa sobre la carretera; se dice que éstos perdieron la guerra y el crimen imperando, a pesar de (o precisamente por) que el puerto de Lázaro Cárdenas es una fortaleza militar y policial. Hay algunos puestos de control un poco desechos de Chuquiapan a Caleta de Campos, pero no parecen ejercer un control territorial significativo como sí lo hay en la zona norte, con sede en Aquila. Cuando llegaron los autodefensas a los poblados costeños del puerto y trataron de organizar asambleas para crear grupos, varias comunidades no aceptaron, y en su lugar líderes autodefensas les pidieron listas de jóvenes, según se dice, para invitarlos a formar parte de sus filas, pero en otros casos fueron obligados a pertenecer a ellas; lo mismo hace el crimen organizado.

El reclutamiento sigue vigente por parte de los dos bandos. Es el caso de unos muchachos cuyo padre nos contó el dilema en que se encontraba hace poco cuando uno de sus hijos le dijo abiertamente que le habían propuesto ingresar al crimen organizado; le darían armas, dinero, sólo tenía que estar pendiente cuando le hablaran. El papá cuenta esto de una manera entre abierta y muy cautelosa. A su otra hija la habían localizado junto con su marido en posesión de cocaína pero su esposo logró escapar y ella fue consignada varios años, se hicieron cargo de sus hijos. Luego de que el hijo mayor pretendía ingresar al narco, un amigo suyo le propuso formar parte de las autodefensas, pero el papá volvió a prohibírselo. El hijo menor de esta familia es un joven que ha terminado la preparatoria y quiere seguir estudiando, pero no hay condiciones económicas y de infraestructura para hacerlo. O se va a Colima o Morelia, pero la familia no puede pagarle el costo de la universidad; mientras, seguirá ayudando al padre de origen ranchero que ha aprendido a ser pescador, sorteando la presión de los grupos armados. dicen algunas mujeres.

Conforme avanzamos hacia la zona norte de la Costa, los pueblos constituyen una división territorial de autodefensas y el crimen organizado. Nomás cruzar un puente que está en la Mira, de un extremo está un grupo de autodefensa del Americano, del otro un grupo ligado a un narco local, y más adelante un retén militar. Pero conforme uno se aleja de esta zona, las cosas son distintas. El centro neurálgico es sin duda el municipio de Aquila, en donde se concentra una de las policías comunitarias más importantes del estado. Lograron conquistar el territorio a costa de varios muertos, muchos de ellos ligados a la defensa del territorio indígena. Conforme avanzamos sobre la carretera se observan pintas de casas que aluden a no más muertes por los templarios y señales de tránsito rafagueadas. El protagonismo de la policía comunitaria de Ostula es muy significativa, logró crear grupos de autodefensa en el centro de Aquila a pesar de ser uno de los bastiones más fuertes del crimen organizado. Aquí hay un problema de carácter histórico muy complejo y arraigado en torno al control del territorio comunal y las minas. Pero la policía comunitaria bajo el liderazgo de Semeí, un joven con gran valentía, ha logrado momentáneamente la explotación de madera fina de sus tierras, así como parte del territorio de otras comunidades nahuas de Coire y Pómaro. El mismo día del enfrentamiento en La Ruana, casi de manera sincronizada, fue baleada la camioneta de Semeí por grupos armados desde los cerros, pero salió ileso gracias a que antes había cambiado de transporte.

La policía comunitaria es muy similar a la de Cherán, regida por Asamblea Comunal y cuya observancia de sus actividades las lleva a cabo el Consejo Comunal con sus diversas autoridades: juez de usos y costumbres, Jefe de Tenencia, Comisariado… A su regreso a la localidad formó un grupo de autodefensas cercano a Mireles y posteriormente logró institucionalizar la policía comunitaria que ya venía funcionando tiempo atrás. Cuando se lanzó el proyecto de formar Fuerza Rural, Semeí y sus fieles colaboradores cercanos, todos jóvenes, aceptaron negociar con el gobierno el modelo, pero manteniendo propias normas de usos y costumbres de la policía comunitaria indígena. No quieren formar parte de Fuerza Rural salvo que se reconozca su organización policial de usos y costumbres. El estira y afloja sigue actualmente con la promesa de reconocer el modelo comunitario, pero en tanto sólo se han liberado cerca de veinte plazas de policías rurales para el destacamento del centro de Aquila y no para ellos. Se les promete dar cerca de cien plazas para el año 2015 pero todo está en veremos.

El relativo control de la policía comunitaria de la zona norte de la Costa se extiende hasta el municipio de Coahuayana y Chinicuila. Estos municipios conforman un triángulo bastante interesante en la geografía de la desposesión criminal. Sus grupos de autodefensa nacieron con bastante fuerza, similar a la que se aplicó para extorsionar y secuestrar o desposeer de bienes a sus dueños. Muchos de sus integrantes cuentan historias que casi no se pueden creer por la crueldad de la violencia, a lo que por momentos debemos sentarnos a pensar si este tipo de reacción/falta de duelo no es una dinamita en el mediano plazo; estas regiones están impregnadas de vendettas que la mayoría de los homicidios son por esta causa. Como decía un sacerdote en un folleto para su feligresía al cual tuve acceso: tenemos muertes sin llorar, asesinatos sin enterrar, hombres armados por venganza y sin haber hecho duelo a sus familiares; todo ello compone parte del nuevo movimiento armado.

Cuando se recorre la franja norte de Aquila a Coahuayana, el paisaje cambia drásticamente, proliferando enormes planicies de plantaciones bananeras. Pero la esquina donde se ubica Coahuayana es muy significativa ya que es ahí donde se generaron numerosos desplazamientos poblacionales hacia Colima, muchos de los cuales fueron contenidos por los grupos que controlaban la frontera. Por lo mismo, los enfrentamientos armados en la frontera arrojaron infinidad de muertes, precisamente en las esquinas fronterizas donde los grupos aprovechan las delimitaciones administrativas para evadir la ley. Casi despoblada esta zona, un destacamento militar se localiza en el poblado viejo, pero su función parece no ayudar a instaurar tranquilidad.

De Coahuayana accedimos a Chinicuila por medio de una carretera desconocida. No conocíamos los códigos locales, pues cuando preguntamos por la carretera hacia Coalcomán, la gente con gentil sutileza nos recalcaba, “es mejor que regresen a Aquila” o “la carretera está bien ahorita, está tranquilo pero es mejor que regresen a Aquila y suban a Coalcomán”. Pero queríamos explorar ese territorio la frontera entre Michoacán y Jalisco, en dirección este/oeste. Tomamos providencias y nos enfilamos hacia el centro de la Sierra en dirección hacia Chinicuila, con la esperanza de llegar a Coalcomán por ruta desconocida. Pero tan pronto comenzamos a subir por las primeras estribaciones las cosas adquirieron otro significado en los caminos desechos y pueblos extraños. Preguntamos recurrentemente por las condiciones de la carretera con tono de “buen día… ¿sabe usted…?”

Nadie transitaba excepto nosotros, bajando por cañadas y subiendo por linderos construidos por algunos lugareños de quién sabe donde, pues no había ranchos a los alrededores. De pronto ya en las inmediaciones de la Sierra, el pánico nos hizo prisioneros. Cuando pasábamos por pequeños afluentes de ríos o riachuelos, corriente abajo se podía observar discretamente juegos de mangueras enredadas hacia algún lado, muy probablemente para regar pequeños sembradíos de droga. En otro momento pudimos observar un plantío de marihuana con plantas enormes, cuya observación incrementó nuestros temores y desesperaciones tan sólo interrumpidos por la vista de algunos ranchos en las inmediaciones de alguna montaña.

Al llegar a Chinicuila, un pequeño poblado con la categoría de municipio, la presidencia estaba tomada, no quisimos acercarnos considerando el susto que acabábamos de pasar, pero sí nos detuvimos a admirar una enorme casa en la punta de un cerro de cerca de tres o cinco mil metros cuadrados de construcción que anuncia la llegada al poblado. Una construcción fuera de lugar, pero que sin duda es una alegoría a la época dorada de hacerse rico con la siembra y tráfico de droga. Precisamente en este municipio las autodefensas también nacieron con bastante fuerza y hoy día tanto Chinicuilay Coahuayana como la policía comunitaria de Aquila, son los grupos de Fuerza Rural más importantes del estado, igual que Coalcomán. De hecho, parte del equipo de Comisionado realiza reuniones periódicas con ellos, tratando de conservar una corporación policiaca aceptable. Por lo mismo, han tenido varias bajas como el Comandante de Fuerza Rural de Coalcomán hace algunos meses o el asesinato de un hermano del Comandante de Coahuayana.

Después de todo, así se formaron los sistemas de propiedad típicos del deslizamiento de esas sociedades rancheras. La palabra PAZ también nos hizo pensar que algo más que simplemente un pacto sobre la violencia social se ha roto. Desde Coahuayana hasta Chinicuila y Coalcomán, de ahí hacia Tepalcatepec y Apatzingán, se generaron procesos de reconfiguración social de enorme trascendencia en la que las confrontaciones armadas sólo son una parte de lo que está cambiando en el interior de los pueblos y sus habitantes.

Mientras recorríamos estos territorios, se desencadenaron varios hechos violentos en otros puntos de la Sierra, al lado de Arteaga, donde emboscaron a policías rurales que regresaban de tomar cursos de acreditación. Tantas cosas pasan en la Sierra que no podremos ser testigos ni dar testimonio de ello, pero mucho se mueve y no precisamente hacia el bien. Unos días después de concluido el viaje apareció un video por Facebook donde Hipólito Mora habla abiertamente de la situación de la violencia como “un desmadre”, pero autoridades oficiales le corrigen señalando que dado que no sale de La Ruana es muy difícil que conozca la situación real.

Días después de concluido el viaje varios grupos autodenominados autodefensas cerraron la circulación vehicular en los municipios de Apatzingán, Uruapan, La Huacana, Zamora y otros más, argumentando combate al crimen organizado. Sin embargo, pronto se sabría que los grupos de autodefensa de estos lugares se rebelaron contra el término de la vigencia de su pertenencia al grupo de los G250, que formaban parte de un cuerpo especial en busca de miembros del crimen organizado.

Varios de ellos rechazaron el término final del plazo pactado para regularizar los grupos, quemando sus uniformes de Fuerza Rural. Tres días después de intentar negociar con el gobierno federal su situación dentro del G250, se suscitaron varios enfrentamientos armados. El primero se dio entre el grupo de Hipólito y del Americano, que dejó como saldo varios muertos y heridos; el segundo fue el atentado contra el líder de la policía comunitaria de Ostula en donde murieron cinco personas incluido un niño. Unos días después, ocurrió el desalojo de la presidencia municipal de Apatzingán, con saldo de varios muertos. Estos acontecimientos han sido justificados de una manera incorrecta, recurriendo a mitos como el que los enfrentamientos y asesinatos se deben a enconos propios de una fiesta o de fuego amigo. 

Es claro que tras estos hechos se está configurando una nueva situación crítica en la que los grupos armados vuelven a tener un central en torno a la seguridad. Por un lado, se percibe que los grupos de autodefensa, algunos de ellos convertidos en Fuerza Rural, funcionaron con muchas limitaciones, lo cual redundó en un relativo control de la seguridad territorial así como de sus filas. Después de los recientes acontecimientos es probable que la Fuerza Rural sea evaluada como un modelo viable a corto plazo, lo que va a provocar un mayor debilitamiento de las limitadas posibilidades de grupos sociales para intervenir en la construcción de la seguridad.

Por otro lado, cuando uno recorre territorios ausentes autodefensas o lugares donde no se lograron crear, los criminales siguen organizando y participando en la vida cotidiana, imponiendo la sumisión de poblaciones completas ya sea por medio del miedo o a través del control de las actividades económicas o sociales. En medio de estos territorios, las fuerzas armadas y policía federal cumplen tareas de seguridad en coordinación o no con grupos armados institucionalizados, pero su función sólo parece contener la inseguridad y no generar nuevos modelos de distención y prevención de la violencia. Estos escenarios se van a complejizar más en la medida en que los grupos armados alrededor del ahora ex G250, decidan aliarse abiertamente –o no- con los restos de la organización que probablemente todavía lidera La Tuta o sus mandos medios.

El nivel de presión aumentará en aquellas zonas donde las policías comunitarias o de Fuerza Rural tienen una función importante en la seguridad tal como Ostula, Coahuayana, Coalcomán... Sí, como se dice, las movilizaciones de los grupos del G250 están rodeadas de una reconfiguración criminal de más amplia escala, los atentados contra los grupos de Hipólito Mora y Semeí Verdía parecen ser parte de algunas ofensivas contra los movimientos. La Fuerza Ciudadana todavía no tiene la credibilidad necesaria ni la capacidad suficiente para construir nuevos entornos de seguridad; se sigue dependiendo de la policía federal y el ejército para controlar situaciones de riesgo, pero no se involucran en nuevos experimentos de organización policial.

Por tanto, la seguridad sigue pendiendo de hilos muy débiles; se han realizado acciones para contener y desmantelar estructuras criminales, pero hacen falta políticas de largo plazo para prevenir ciclos de violencia y sus expresiones cotidianas.

Salvador Maldonado Aranda es profesor-investigador en El Colegio de Michoacán. Su más reciente investigación es sobre territorios ingobernables.

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