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Si los que están en las cimas del Estado tocan,
¿qué cosa más natural sino que los que están abajo bailen?
Karl Marx

El lamentable atentado terrorista del 7 de enero pasado en París –en el que murieron 12 franceses, entre ellos dos policías musulmanes– comienza a traer de vuelta a la discusión pública internacional un tema espinoso y añejo: los derechos humanos liberales, occidentales, europeos, sus contradicciones y las relaciones de poder entre las culturas.[1]

Un tuit de @Aboujahjah sintetiza la paradoja: I am not Charlie, I am Ahmed, the dead cop. Charlie ridiculed my faith and culture and I died defending his right to do so (Yo no soy Charlie, soy Ahmed, el policía muerto. Charlie ridiculizó mi fe y mi cultura y yo morí defendiendo su derecho a hacerlo).[2] A esto cabe agregar una declaración de Stéphan Charbonnier, Charb, editor en jefe de Charlie Hebdo, muerto en el ataque: “Yo no culpo a los musulmanes por no reírse de nuestros dibujos. Yo vivo bajo la ley francesa, no bajo la ley del Corán”.[3]

Por su parte, la respuesta del gobierno francés, presidido por François Hollande, ha sido enérgica: sustancioso apoyo económico para Charlie Hebdo, encabezar la reunión de jefes de gobierno de todo el mundo contra el terrorismo y distinguir éste claramente de los musulmanes. Mi intención aquí es compartir algunas reflexiones, poner de relieve ciertos aspectos del debate e iniciar una conversación. Hablemos de derechos liberales y sus contradicciones, de culturas y de etnocentrismo, de las diversas y poderosas herencias revolucionarias de Francia. Como veremos, el viejo conocido central de esta historia es la República francesa en diferentes facetas políticas, las cuales procedemos a contrastar.

En primer lugar, además de la libertad de expresión (esencial siempre), tenemos que hablar del contenido de las caricaturas de Charlie Hebdo. Admito que recién las conocí, pero destacan por su claridad, su rudeza y su mensaje político explícito; entre las muchas que encontré, me llamaron especialmente la atención aquellas que retratan al Profeta Mahoma, las cuales muestran clara confrontación con el mundo árabe y musulmán, si bien el semanario francés también ha criticado duramente a otros líderes religiosos y políticos.  “Charlie Hebdo es heroico y racista; debemos abrazarlo y condenarlo”, dijo Jordan Weissmann.[4] Las caricaturas referidas muestran, a mi parecer, mucha intolerancia, nula sensibilidad y un etnocentrismo rancio. Las encontré muy cercanas a George W. Bush y el clima islamofóbico de la “guerra contra el terrorismo” y muy lejos de la potente defensa de la libertad de Marjane Satrapi en su célebre Persépolis.

Las caricaturas de Charlie Hebdo, particularmente las que ilustran el mundo árabe y musulmán, me recuerdan a la oh ilustre Europa cosmopolita y humanista, siempre un paso más cerca del futuro y La Verdad, marcando enfáticamente el camino civilizatorio. Sin embargo, como denuncia a viva voz Frantz Fanon, “El bienestar y el progreso de Europa han sido construidos con el sudor y los cadáveres de los negros, los árabes, los indios y los amarillos… Europa es, literalmente, la creación del Tercer Mundo”.[5] De guerras de religión y  campesinas y de barricadas y con millones de muertos no hace falta hablar.

Me interesa recordar que en mayo próximo se cumplen 144 años de la semaine sanglante de 1871, cuando el gobierno francés de la naciente Tercera República, comandado por Adolphe Thiers, suprimió sangrientamente la Comuna de París –con la anuencia y cooperación de Bismarck– al masacrar a alrededor de 30 mil parisinos derrotados y hacer prisioneros a varias decenas de miles más. La Comuna de París de 1871 fue producto más de las circunstancias –la profunda derrota de la guerra francoprusiana– que de los actores políticos.[6] El 18 de marzo de 1871, el ejército francés fracasó en retirar artillería de Montmartre, la Guardia Nacional tomó el Hôtel de Ville y Thiers ordenó la evacuación del gobierno hacia Versalles. Fueron dos meses de autogobierno republicano comunero, municipal, con varios influjos revolucionarios: mayoritariamente, la herencia jacobina de los seguidores de Blanqui, la corriente mutualista francesa inspirada en Proudhon y la más acotada influencia de la Primera Internacional comandada por Marx y que poco después rompería con la vertiente anarquista de Bakunin.

Cabe mencionar que durante 1870, organizaciones obreras francesas y alemanas (y la propia Internacional) se declararon contrarias a la guerra, ajena a sus intereses, y publicaron manifiestos de amistad –como sabemos, terminó por prevalecer el nacionalismo, enemigo de la conciencia de clase. Sin duda, la Comuna se trató de un régimen democrático –más legislativo que ejecutivo– de corte distinto al liberal de su época: era muy incluyente, con grandes promesas de bienestar para todo aquel que lo apoyara, incluidas las mujeres.[7] La Comuna siempre estuvo en guerra contra el gobierno nacional instalado en Versalles y París quedó nuevamente aislado del resto de Francia y de Europa; la derrota fue total.

Durante la semaine sanglante, las tropas francesas entraron a París con ánimo aniquilador y enfrentaron la heroica e inútil resistencia de las barricadas comuneras. Fue una semana de fuego y sangre. Como escribió Marx en La guerra civil en Francia, iracundo con la sangrienta burguesía europea: “¡Gloriosa civilización ésta, cuyo gran problema estriba en saber cómo desprenderse de los montones de cadáveres hechos por ella después de haber cesado la batalla!”. La Tercera República tuvo problemas de parto, pero tras la adversidad parisina creció fuerte, con vientos de restauración monárquica y con la oposición de izquierdas destrozada. Murieron miles de parisinos insurrectos que propusieron otra República, con nuevos derechos y con un entendimiento alternativo de la Nación francesa. Me gustaría resaltar que el gobierno de la Comuna quemó públicamente la guillotina del terror jacobino y derribó la Columna Vendôme, fundida con el acero de los cañones del ejército imperial napoleónico.[8] Es decir, los comuneros de París se desligaron simbólicamente del autoritarismo revolucionario y de la ambición colonialista que históricamente lo ha seguido en Francia. Mucho podemos rescatar de esta República fugaz.

Ahora bien, la gran Revolución francesa (1789-1799) fue larga, compleja y complicada. Quisiera retomar solamente uno de los primeros textos jurídicos revolucionarios, paradigma, según yo, de la mejor tradición liberal ilustrada: la Déclaration des Droits de l’Homme et du Citoyen (Declaración de derechos del hombre y del ciudadano, 1789). Regresando a Charlie, el artículo décimo establece: “Ningún hombre debe ser molestado por razón de sus opiniones, ni aun por sus ideas religiosas, siempre que al manifestarlas no se causen trastornos del orden público establecido por la ley”. No obstante, ¿cuál es el “orden público” establecido por la ley, esto es, por el Estado? Tenemos derecho a la libertad de expresión y también a la libertad religiosa. ¿Es legítimo denostar agresivamente la fe de millones de personas, valiéndose de la jerarquía y con vulgaridad? Quizá sí, pero lo encuentro desagradable y poco ilustrado; no sé. Desconfío profundamente de las teorías apocalípticas y rígidas del fin de la historia de Francis Fukuyama o sobre el “choque de civilizaciones” como la de Samuel Huntington,[9] pero sí pienso que existen enfrentamientos culturales, políticos, entre distintos modos de ver el mundo y de expresarse, a cuyo alrededor se cometen agresiones injustificables con diversos recursos y con múltiples víctimas inocentes. En estas disputas violentas, el Estado no es mero espectador que sanciona ciertas conductas, sino que moldea las interacciones entre los actores políticos y favorece ciertos grupos “nacionales” sobre otros.

Antes de terminar, hagamos una aclaración sobre los sujetos de la historia. La humanidad, Occidente, el Islam, Europa no existen en el mundo concreto: no son actores unitarios, no toman decisiones, no se conciben como tal, sino que son construcciones aglutinadoras, abreviantes, atajos cognitivos, primogénitos de la falta de información y cómplices de la pereza mental. Edward Said advierte atinadamente la trampa de emplear fórmulas del lenguaje ligadas a la visión dominante; términos como “el Islam” (entendido como fundamentalismo antidemocrático) remiten a estereotipos vagos. Dominación política, nacionalismo y religión se combinan, manipulan el lenguaje y justifican la opresión al débil.[10] Son muchísimas las identidades europeas y musulmanas que dan pie a híbridos transnacionales; es muy amplio su legado, también contradictorio. No es el mismo francés ni musulmán el proveniente de Argelia que el nacido en Irán.  Aprovechemos la diversidad política y cultural para resolver el conflicto: llamemos a las personas por su nombre y deslindemos responsabilidades. Los musulmanes no atentaron contra la libertad de expresión al asesinar a caricaturistas franceses. El crimen fue perpetrado por cuatro individuos fuertemente armados, nacidos y educados en Francia, que al parecer tenían conexiones con la famosa red terrorista de origen árabe Al-Qaeda. Se trata de una acción radical de muy pocos que obstaculiza gravemente el diálogo entre muchos: el gobierno, los ciudadanos, las religiones, las culturas… El odio se alimenta con más odio; recordemos que la violencia, como el poder, no se trata de un atributo, sino de una relación.[11] El 7 de enero de 2015 ocurrió un crimen horrendo por el que no deben pagar los aproximadamente cinco millones de ciudadanos franceses (y del mundo) que practican la religión musulmana.[12]

Los musulmanes radicados en Francia son ciudadanos y migrantes, aunque se les (re)presenta comúnmente como extranjeros: los otros, los intrusos. Tengamos claro que un pilar básico de origen francés de los regímenes liberales, la igualdad ante la ley, además de no cumplirse cabalmente, no implica directamente igualdad política ni económica. Los musulmanes en Europa viven en un contexto de pobreza estructural y exclusión política; por ejemplo, se calcula que sólo 45% de los musulmanes en Francia cuenta con empleo,[13] mientras que casi 50% de la población encarcelada en Francia es musulmana.[14] Por último, de acuerdo con una encuesta internacional de Gallup, “los musulmanes [en Occidente] son más patrióticos, más tolerantes y más propensos a rechazar la violencia que lo que el resto de la sociedad occidental considera que son (…). Sugiere que la mayoría de los musulmanes europeos, por ejemplo, están igualmente felices que otros europeos de vivir junto personas con otras fes y orígenes étnicos, y comparten a grandes rasgos opiniones similares con sus vecinos”.[15] Claro que no todos los franceses piensan como Marine Le Pen ni apoyan a Nicolás Sarkozy; al contrario, como quedó demostrado en la potente movilización del #MariagePourTous de hace un par de años y se puede leer entrelíneas en el célebre libro de Thomas Piketty, existe en Francia una firme y alegre vocación por la libertad, la igualdad y la fraternidad. “Todos somos hijos de la Revolución”, escuché alguna vez decir a Christiane Taubira. No obstante, parece que hace falta más comunicación y deliberación entre la ciudadanía multicultural en democracias consolidadas como es la Quinta República francesa.

Concluyo: Europa por siglos ha presentado sus valores como la moral universal, como garantía de civilización, y ha empleado la coerción para imponerlos al resto del mundo. El ejemplo europeo vaya que puede ser desastroso. Esto no justifica el terrorismo, por supuesto, pero contribuye a aprehenderlo intelectual, cultural y políticamente como sociedad. Considero preciso defender las libertades y poner al “Occidente” liberal en el lugar que le corresponde, en su justa dimensión. El liberalismo es una ideología poderosa, originalmente revolucionaria, que entra en tensión con ella misma, con el sistema económico desigualitario al que da pie y con las demás ideologías y cosmovisiones que la conviven. No se trata de culpar a “Europa” ni al gobierno francés de la masacre –si bien son los anfitriones, tienen la voz cantante y demostraron muy poca inteligencia policiaca antiterrorista–, sino de imaginar cómo gobernar democráticamente un país con ciudadanos de religiones poco amigables entre sí, en donde los conflictos étnicos, (des)coloniales y los dramas de pertenencia a la nación francesa se atraviesan. ¿Estamos frente una anomalía desastrosa o se trata acaso de una consecuencia lógica del régimen francés actual y su laicismo riguroso? ¿Será más bien que la sociedad francesa deba repensar los fundamentos civilizatorios, ilustrados, de su contrato social? Hablemos de inclusión, de derechos y de gobierno: ¿qué República francesa nos gusta más?

Santiago Álvarez Campero estudió Política y Administración Pública en El Colegio de México.


[1] Quiero agradecer a Fernanda Ordaz, Mónica Cerda, Jerónimo Sainz, Eduardo López Cafaggi y Esteban Illades por sus comentarios y sugerencias a versiones anteriores de este texto. Los errores siempre fueron míos. Con respecto al número de muertos, prefiero referirme exclusivamente a las víctimas del atentado en las instalaciones de Charlie Hebdo en París.

[2] Véase “Ahmed Merabet, Slain Muslim Police Officer, Honoured With #JeSuisAhmed”, The Huffington Post Canada, 8 de enero de 2015.

[3] La cita proviene de “Charb, el desafiante editor de Charlie Hebdo que murió en el ataque a la revista”, BBC Mundo, 7 de enero de 2015.

[4] Jordan Weissmann, “e,%208 de enero de 2015, disponible en: Charlie Hebdo is heroic and racist. We should embrace it and condemn it”, Slate, 8 de enero de 2015.

[5] Frantz Fanon, Los condenados de la tierra, 1961, en cuyo polémico prefacio Jean-Paul Sartre afirma: “Ustedes [los europeos], tan liberales, tan humanos, que llevan al preciosismo el amor por la cultura, parecen olvidar que tienen colonias y que allí se asesina en su nombre (…) Este libro no necesitaba un prefacio. Sobre todo, porque no se dirige a nosotros. Lo escribí, sin embargo, para llevar la dialéctica a sus últimas consecuencias: también a nosotros, los europeos, nos están descolonizado; es decir, están extirpando en una sangrienta operación al colono que vive en cada uno de nosotros. Debemos volver la mirada hacia nosotros mismos, si tenemos el valor de hacerlo, para ver qué hay en nosotros”.

[6]  La guerra francoprusiana fue devastadora para el Segundo Imperio; en septiembre de 1870, Napoleón III fue hecho prisionero y se proclamó, no sin agitación parisina, el regreso del gobierno republicano. La guerra, sin embargo, continuó. París resistió durante cuatro meses (invierno incluido) el sitio prusiano; por tanto, los parisinos estaban armados y muy bien organizados torno la Guardia Nacional. Hacia febrero y marzo de 1871, las tropas alemanas desfilaron en unos Champs-Élysées desiertos; la Asamblea Nacional, dominada por monarquistas, decidió trasladarse a Burdeos y luego a Versalles, al tiempo que Thiers negociaba con Bismarck un armisticio y la liberación de tropas francesas hechas prisioneras durante la guerra francoprusiana. “La Comuna no nació de un plan; se produjo, y entonces cada grupo se formó una idea de lo que era y lo que debía ser, en una situación en la que la preocupación principal era necesariamente la de sobrevivir frente a los enemigos” (G.D.H. Cole, Historia del pensamiento socialista, México, Fondo de Cultura Económica, vol. 2, 1962, p. 164).

[7] David A. Shafer, The Paris Commune. French Politics, Culture and Society at the Crossroads of Revolutionary Tradition and Revolutionary Socialism, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2005, p. 153.

[8] Vaya ¿premonición? la de Marx: “Acosado por las exigencias contradictorias de su situación y al mismo tiempo obligado como un prestidigitador a atraer hacia sí, mediante sorpresas constantes, las miradas del público, como hacía el sustituto de Napoleón, y por tanto a ejecutar todos los días un golpe de Estado en miniatura, Bonaparte lleva el caos a toda la economía burguesa, atenta contra todo lo que a la revolución de 1848 había parecido intangible, hace a unos pacientes para la revolución y a otros ansiosos de ella, y engendra una verdadera anarquía en el nombre del orden, despojando al mismo tiempo a toda la máquina del Estado del halo de santidad, profanándola, haciéndola a la par asquerosa y ridícula. Copia en París, bajo la forma de culto del manto imperial de Napoleón, el culto a la sagrada túnica de Tréveris. Pero si por último el manto imperial cae sobre los hombros de Luis Bonaparte, la estatua de bronce de Napoleón se vendrá a tierra desde lo alto de la Columna de Vendôme” (Karl Marx, El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, 1869, último párrafo. Las cursivas son mías).

[9] Véanse Francis Fukuyama, El fin de la historia, versión comentada en español y Samuel P. Huntington, “The clash of civilizations?”, Foreign Affairs, 1993.

[10] Edward Said, Representaciones del intelectual, Barcelona, Paidós, 1996.

[11] Con respecto al poder –y la libertad– como fenómeno relacional, véase Michael Crozier y Erhard Friedberg, El actor y el sistema, México, Fondo de Cultura Económica, 1990.

[12] Después del atentado a Charlie Hebdo, hasta el lunes pasado se registraron 54 ataques antimusulmanes en Francia. “Les actes anti-musulmans se multiplient depuis l’attaque de Charlie Hebdo”, Le Figaro, 12 de enero de 2015.

[13] David Stringer, “Poverty Fueling Muslim Anti-West Tendencies: study”, The Huffington Post, 25 de mayo de 2011.

[14] Graeme Hamilton, “France’s problem: up to half its prisoners are Muslim and the jails are hotbed for radicalization”, National Post, 9 de enero de 2015.

[15] David Stringer, op. cit.

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